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sábado, 24 de enero de 2015

TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA/ y 8 - VOLTAIRE



CAPÍTULO XXIV

Post scriptum

    Mientras trabajábamos en esta obra con el único objeto de hacer a los hombres más compasivos y más dulces, otro hombre escribía con un objeto contrario: porque cada cual tiene su opi­nión. Ese hombre hacía imprimir un pequeño código de perse­cución, titulado Acuerdo de la religión y de la humanidad1 (es una falta del impresor: léase de la inhumanidad).
    El autor del santo libelo se apoya en san Agustín, quien, después de haber predicado la dulzura, predicó finalmente la persecución, habida cuenta que era entonces el más fuerte y que cambiaba a menudo de opinión. Cita también al obispo de Meaux, Bossuet, que persiguió al célebre Fénelon, arzobispo de Cambrai, culpable de haber impreso que Dios vale bien la pena de que se le ame por sí mismo.
    Bossuet era elocuente, lo confieso; el obispo de Hipona, a veces inconsecuente, era más diserto de lo que lo son los demás africanos, también lo reconozco; pero me tomaré la libertad de decir al autor de ese santo libelo, con Armande, en Las mujeres sabias: Quand sur une personne on pretend se régler, / C'est par les beaux cotés qu'il faut ressembler (acto I, escena I) (Cuando a una persona pretendemos imitar, / es a sus facetas buenas a las que debemos parecernos). [...]
    El autor del santo libelo sobre la inhumanidad no es un Bossuet ni un Agustín; me parece muy propio para hacer un excelente inquisidor; quisiera que estuviese en Goa al frente de ese hermoso tribunal. Es, además, hombre de Estado y expone grandes principios de política. "Si hay en vuestro país, dice, muchos heterodoxos, respetadlos, persuadidlos; si sólo hay un pequeño número, utilizad el patíbulo y las galeras y os irá muy bien"; esto es lo que aconseja en las páginas 89 y 90.
    A Dios gracias, soy buen católico, no tengo por qué temer lo que los hugonotes llaman el martirio; pero si ese hombre llega alguna vez a ser primer ministro, de lo que parece presumir en su libelo, le advierto que salgo para Inglaterra el día que obten­ga su cédula de nombramiento.
    Mientras tanto no puedo por menos que dar las gracias a la Providencia por permitir que las personas de su especie sean siempre malos razonadores. Llega al extremo de citar a Bayle entre los partidarios de la intolerancia: la cosa es sabia y hábil; y del hecho de que Bayle reconozca que hay que castigar a los fac­ciosos y a los pillos, nuestro hombre saca la consecuencia de que hay que perseguir a sangre y fuego a las gentes de buena fe que son pacíficas.
    Casi todo su libro es una imitación de la Apología de la jor­nada de San Bartolomé2. Es este apologista o su eco. En uno u otro caso hay que esperar que ni el maestro ni el discípulo lle­guen a gobernar el Estado.
    Pero si sucede que sean los amos, les presento desde lejos esta demanda, referente a dos líneas de la página 93 del santo libelo:
    "¿Hay que sacrificar a la felicidad de la vigésima parte de la nación la felicidad de la nación entera?"
    Suponiendo que, en efecto, haya veinte católicos romanos en Francia contra un hugonote, no pretendo que el hugonote se coma a los veinte católicos; pero también ¿por qué esos veinte católicos se comerían a aquel hugonote, y por qué impedir casarse al mismo? ¿No hay obispos, curas, frailes, que poseen tierras en el Delfinado, hacia Agde, en el Gevaudan, por Carca­sona? Esos obispos, esos curas, esos monjes ¿no tienen granjeros que tienen la desgracia de no creer en la transustanciación? ¿No interesa a los obispos, a los curas, a los monjes y al público que esos granjeros tengan una abundante familia? ¿Sólo a aquellos que comulguen en una sola especie les será permitido engen­drar hijos? En verdad tal cosa no es ni justa ni honrada. [...]
    El santo autor termina finalmente concluyendo que la into­lerancia es una cosa excelente, "porque no ha sido -dice- con­denada expresamente por Jesucristo". Pero Jesucristo tampoco ha condenado a los que prendiesen fuego a París por los cuatro costados; ¿es ésta una razón para canonizar a los incendiarios?
    Así pues, cuando la naturaleza deja oír por un lado su voz dulce y bienhechora, el fanatismo, ese enemigo de la naturaleza, pone el grito en el cielo; y cuando la paz se presenta a los hom­bres, la intolerancia forja sus armas. ¡Oh vos, árbitro de las naciones, que habéis dado la paz a Europa, decidid entre el espí­ritu pacífico y el espíritu homicida!

CAPITULO XXV

Continuación y conclusión

    [...] La naturaleza dice a todos los hombres:
    "Os he hecho nacer a todos débiles e ignorantes, para vegetar unos minutos sobre la tierra y abonarla con vuestros cadáveres. Puesto que sois débi­les, socorreos mutuamente; puesto que sois ignorantes, ilustraos y ayudaos mutuamente. Aunque fueseis todos de la misma opi­nión, lo que seguramente jamás sucederá, aunque no hubiese más que un solo hombre de distinta opinión, deberíais perdonarle: porque soy yo la que le hace pensar como piensa. Os he dado brazos para cultivar la tierra y un pequeño resplandor de razón para guiaros; he puesto en vuestros corazones un germen de compasión para que os ayudéis los unos a los otros a sopor­tar la vida. No ahoguéis ese germen, no lo corrompáis, sabed que es divino, y no sustituyáis la voz de la naturaleza por los miserables furores de escuela.
    Soy yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas necesidades, incluso en medio de vuestras crueles gue­rras con tanta ligereza emprendidas, eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias. Soy yo sola la que, en una nación, detiene las consecuencias funestas de la división inter­minable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos esta­mentos y el clero, incluso entre los burgueses y los campesinos. Ignoran todos los límites de sus derechos; pero todos escuchan a pesar suyo, a la larga, mi voz que habla a su corazón. Yo sola conservo la equidad en los tribunales, en donde todo sería entregado sin mí a la indecisión y al capricho, en medio de un montón confuso de leyes hechas a menudo al azar y para unas necesidades pasajeras, diferentes entre ellas de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, y casi siempre contradictorias entre sí en el mismo lugar. Yo sola puedo inspirar la justicia, mientras que las leyes sólo inspiran los embrollos. El que me escucha juzga siempre bien; y el que sólo busca conciliar opi­niones que se contradicen es el que se extravía.
    Hay un edificio inmenso cuyos cimientos he puesto con mis manos: era sólido y sencillo, todos los hombres podían entrar en él con seguridad; han querido añadirle los ornamentos más extraños, más toscos, más inútiles; el edificio cae en ruinas por los cuatro costados; los hombres recogen las piedras y se las tiran a la cabeza; les grito: Deteneos, apartad esos escombros funestos que son obra vuestra y habitad conmigo en paz en mi edificio inconmovible."
VOLTAIRE

 1 La obra en cuestión lleva por título Acuer­do entre la humanidad y la religión sobre la into­lerancia, data de 1762 y fue publicada por el abate de Malvaux.
 2 El personaje al que alude aquí Voltaire no podía ser sino un clérigo. Se trata del abate de Caveyrac, autor de una Apología de Luis XIV sobre la revocación del Edicto de Nantes, con una disertación sobre la jornada de San Bartolomé (1758).

9 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Qué sensibilidad la de Voltaire...

Por alguna razón no puedo entrar a leer a Rilke en Salvo el crepúsculo.

Juan Nadie dijo...

Lo de Rilke ha sido una metedura de pata mía. Saldrá más adelante. Ahora lo que hay en "Salvo el crepúsculo" es un poema de Rimbaud.

carlos perrotti dijo...

Se agradece.

marian dijo...

Este fragmento me ha gustado más que el anterior. Valiente Voltaire para su época.

Juan Nadie dijo...

Atentos a Bertrand Russell.

Gatopardo dijo...

Gracias a Dios, soy un buen católico, me quedo al Buñuel de gracias a dios soy ateo.
Los tiempos son los tiempos, avec le temps...

Gatopardo dijo...

Gracias a Dios, soy un buen católico, me quedo al Buñuel de gracias a dios soy ateo.
Los tiempos son los tiempos, avec le temps...

Juan Nadie dijo...

Yo también lo soy, pero no gracias dios.

Juan Nadie dijo...

Siempre me hizo gracia esa frase de Buñuel, aunque no es del todo suya, la ha dicho cantidad de gente. Y me hace gracia porque es la típica frase del creyente que no quiere serlo, y está enfadado con el dios en el que dice no creer y en el que en el fondo cree a pies juntillas. ¿Cómo se puede estar enfadado con algo que no existe?