Van Morrison - Too Long In Exile (1993)

domingo, 19 de febrero de 2017

EL POPULISMO: MANUAL PARA USUARIOS


El populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder. Siempre ha existido, pero en los últimos tiempos ha reaparecido con fuerza, potenciada por Internet y por las frustraciones de sociedades abrumadas por el cambio, la precariedad económica y una amenazante inseguridad ante lo que deparará el futuro.

Una de las sorpresas del populismo es cuán comunes son sus ingredientes, a pesar de que los líderes que lo ejercen y los países donde lo imponen son muy diferentes. El populismo hoy reina en la Rusia de Vladímir Putin y en la América de Donald Trump, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y la Hungría de Viktor Orbán, entre muchos otros. En todos vemos cuatro tácticas principales:

Divide y vencerás. El líder y su gobierno se presentan como los defensores del noble pueblo -el populus- maltratado y atropellado. Los populistas se nutren del "nosotros contra ellos": el pueblo contra la casta, la élite, la oligarquía, el 1% o, en Europa, contra "Bruselas" y en Estados Unidos contra "Washington".

Los populistas más exitosos son virtuosos del arte de exacerbar las divisiones y el conflicto social: entre clases, razas, religiones, regiones, nacionalidades y cualquier otra brecha que pueda ser ensanchada y convertida en indignación y furia política. Los populistas no temen jugar con fuego y avivar el conflicto social; por el contrario, lo necesitan.

Deslegitimar y criminalizar a la oposición. Exagerar la mala situación del país y magnificar los problemas es indispensable. El mensaje central del populista es que todo lo que hicieron los gobiernos anteriores es malo, corrupto e inaceptable. El país necesita urgentemente cambios drásticos y el líder populista promete hacerlos. Y quienes se oponen a sus cambios no son tratados como compatriotas con ideas diferentes, sino como apátridas a quienes hay que borrar del mapa político.

La criminalización de los rivales es una táctica común de populistas y autócratas. Uno de los lemas más populares en los mítines de la campaña de Donald Trump fue "enciérrenla", refiriéndose a la amenaza de encarcelar a Hillary Clinton. En Rusia, Turquía, Egipto o Venezuela estas amenazas contra líderes de la oposición no se quedan en eslóganes.

Denunciar la conspiración internacional. El populismo requiere de enemigos externos. Este es un viejo truco que, tristemente, suele dar dividendos políticos a corto plazo aunque luego acabe en tragedias. El enemigo externo puede ser un país -para el presidente Trump son China o México, por ejemplo- o un grupo. Víktor Orbán, el primer ministro húngaro, ha dicho que "los inmigrantes son violadores, ladrones de empleos y un veneno para la nación" y construyó un muro para mantenerlos fuera. Para Vladímir Putin, Estados Unidos estuvo detrás de las "revoluciones coloradas" que sacudieron a Europa oriental y llegaron a las calles de Moscú en 2011. Putin también denuncia regularmente a la OTAN.

Con frecuencia estos enemigos extranjeros suelen ser presentados como aliados de la oposición doméstica. Por ejemplo, el presidente de Turquía ha explicado que el fallido golpe de Estado en su contra el año pasado fue una conspiración orquestada por Fetulá Gülen, un clérigo musulmán radicado en Estados Unidos que tiene una amplia base de seguidores en Turquía. Según Erdogan, el golpe también contó con el apoyo de militares estadounidenses. Cuando a los populistas las cosas en casa les comienzan a ir mal suelen provocar conflictos internacionales que sirvan de distracción. Este es el gran peligro que significa tener a Donald Trump como jefe supremo de las fuerzas armadas más poderosas que ha conocido la humanidad.

Desprestigiar a periodistas y expertos. "¡Este país está harto de expertos!". Así reaccionó Michael Gove, uno de los líderes del Brexit, ante un informe de varios economistas que documentaron los costos que tendría para Reino Unido la salida de la Unión Europea. Para Donald Trump no importa que el calentamiento global haya sido confirmado por miles de científicos. Él sostiene que es una conspiración de China. El presidente de EE UU también piensa que el autismo es causado por las vacunas y no le importa que esa sea una teoría completamente falsa.

Pero el desdén que tienen los populistas por la ciencia, los datos y los expertos no es nada comparado con el desprecio que sienten por los periodistas. Desprecio que en algunos países conduce a la cárcel, a las palizas y, en ciertos casos, al asesinato. El hecho es que tanto los científicos como los periodistas obtienen datos y documentan situaciones que suelen chocar con la narrativa que les conviene a los populistas. Y cuando eso pasa, nada es mejor que descalificar -o eliminar- al mensajero.

Ninguna de estas tácticas es nueva. Lo sorprendente es su actual renacimiento en un mundo donde se esperaba que la democracia, la educación, la tecnología, las comunicaciones y el progreso social hicieran más difícil su éxito.
MOISÉS NAÍM
El País, 05/02/2017

sábado, 4 de febrero de 2017

DEL PODER JUDICIAL EN LOS ESTADOS UNIDOS (LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA)


"El mundo está en problemas -dice el flamante presidente de los Estados Unidos-, pero lo arreglaré". No, no se moleste, no haga nada, por favor, córtese. El mundo lleva "en problemas" toda su historia, Mr. Trump, pero desde que está usted, el mundo además se ha puesto de los nervios y empieza a estar desquiciado. Claro, usted no conoce la historia (¿qué conoce usted?), y estoy seguro que ni siquiera sabe cómo funciona su país, pero si le queda alguna neurona sana en su menguado cerebro estará empezando a darse cuenta de que esto no es el salvaje Oeste. 
No sé si se ha enterado que un juez federal del Estado de Washington le ha bloqueado (temporalmente, eso sí) el decreto que impide la entrada de refugiados e inmigrantes de siete países musulmanes. Sí, si se ha enterado, porque, con esa inteligencia que le caracteriza, ha calificado la sentencia como ridícula y dice que se impondrá a la justicia. Lo tiene claro. Si sabe usted leer otra cosa que no sean comics infantiles o playboys, le recomiendo que eche un vistazo a lo que escribía Alexis de Tocqueville hace casi doscientos años. Ha pasado mucho tiempo y el mundo ha cambiado mucho, pero creo que todavía sirve.

6. Del poder judicial en los Estados Unidos 
y de su acción sobre la sociedad política

[...] Lo que más trabajo le cuesta comprender a un extranjero en los Estados Unidos es la organización judicial. No hay, por así decirlo, acontecimiento político en la que no oiga invocar la autoridad del juez, deduciendo de ello, naturalmente, que en los Estados Unidos el juez es una de la primeras fuerzas políticas. Cuando pasa luego a examinar la constitución de los tribunales, no descubre en ellos, a primera vista, más que atribuciones y formas judiciales. A sus ojos sólo de forma casual el magistrado parece intervenir en los asuntos públicos; pero esta misma casualidad se repite a diario. [...]

La primera característica del poder judicial en todos los pueblos es su función de árbitro. Para que tenga lugar una acción por parte de los tribunales, es preciso que se produzca una protesta. [...] En tanto que una ley no origine oposición, el poder judicial no se ocupa de ella. Existe, pero no la contempla. [...]

La segunda característica del poder judicial es la de pronunciarse sobre casos particulares, y no sobre principios generales. [...]

La tercera característica del poder judicial es la de no poder actuar más que cuando es requerido o, según la expresión legal, cuando se apela a él. [...] Por naturaleza, el poder judicial carece de movimiento propio; hay que impulsarlo para que se mueva. [...] El poder judicial violaría en cierto modo su naturaleza pasiva si tomara por sí mismo la iniciativa y se convirtiera en censor de las leyes.

Los norteamericanos han conservado estos tres rasgos distintivos del poder judicial. El juez norteamericano sólo puede pronunciar sentencia cuando hay litigio; no interviene sino en casos particulares, y para actuar debe siempre esperar a que se le someta una causa.
El juez americano se parece en todo, pues, a los magistrados de otras naciones. Pero está revestido de un inmenso poder político.
¿Cuál es la razón? El juez se mueve en el mismo círculo y se vale de los mismos medios que los otros jueces. ¿Por qué, pues, posee un poder de que éstos carecen?
Este solo hecho es la caussa: los americanos han reconocido a los jueces el derecho de fundamentar sus decisiones en la Constitución más que en las leyes. En otros términos, se les permite la no aplicación de las leyes que les parezcan inconstitucionales. [...]

Una Constitución americana no se considera inmutable, como en Francia [...] Conforma una obra aparte que, representando la voluntad de todo el pueblo, obliga lo mismo a los legisladores que a los simples ciudadanos, pero que puede ser alterada por voluntad del pueblo, según las formas ya establecidas y en los casos previstos.
Así pues, en América la Constitución puede variar, pero es el origen de todos los poderes tal como existe. La fuerza predominante sólo en ella radica. [...]

En los Estados Unidos la Constitución está por encima tanto de los legisladores como de los simples ciudadanos. Es, pues, la primera de las leyes, por lo que ninguna ley puede modificarla. [...]

Cuando ante los tribunales de los Estados Unidos se invoca una ley que el juez estima contraria a la Constitución, puede, por tanto, negarse a aplicarla. Éste es el único poder privativo del magistrado norteamericano, pero de él dimana una gran influencia política.
En efecto, existen pocas leyes de naturaleza tal que escapen largo tiempo al análisis judicial, ya que son escasísimas las que no lesionan algún interés particular que los litigantes no puedan o no deban invocar ante los tribunales.
Ahora bien, en el momento en que el juez rehúse aplicar una ley en un proceso, esta ley pierde automáticamente parte de su fuerza moral. Aquellos a quienes ha lesionado quedan advertidos de que existe un medio de sustraerse a la obligación de acatarla: los procesos se multiplican y la ley cae en desuso.. Sucede entonces una de estas dos cosas: o el pueblo cambia su Constitución, o la legislatura anula su ley.
Los americanos han conferido, pues, a sus tribunales un inmenso poder político, pero al obligarles a no atacar a las leyes sino por medios judiciales han reducido grandemente los peligros de ese poder. [...]

Además, se comprende sin dificultad que al hacer que sea el interés particular el que provoque la censura de las leyes uniendo íntimamente el proceso hecho a la ley con el proceso hecho a un hombre, se garantiza que la legislación no será atacada a la ligera. Con este sistema no queda expuesta a las continuas agresiones de los partidos. Al señalar las faltas del legislador, se responde a una necesidad real; se parte de un hecho positivo y tangible, ya que sirve de base a un proceso.
Pienso si esta manera de obrar de los tribunales norteamericanos, a la vez que la más favorable para el orden público, no será también la más favorable para la libertad. [...]

Pero el juez americano ha sido arrastrado a la fuerza al terreno político. No juzga la ley más que por estar obligado a juzgar un proceso, y no puede abstenerse de enjuiciar en el proceso. La cuestión política que debe resolver está ligada al interés de los litigantes, y no podría negarse a zanjarla sin cometer una injusticia. [...]

Encerrado en sus límites, el poder concedido a los tribunales americanos para pronunciarse sobre la inconstitucionalidad de las leyes constituye todavía una de las más poderosas barreras jamás levantadas contra la tiranía de las asambleas políticas.
Traducción de Dolores Sánchez de Aleu
ALEXIS DE TOCQUEVILLE
('La democracia en América', 1835-1840)

domingo, 22 de enero de 2017

DONALD TRUMP: LA QUE NOS HA CAÍDO


Con el iletrado, fascista, xenófobo y zafio hasta el delirio Donald Trump, nuevo inquilino de la Casa Blanca -o viejo inquilino de la torre Trump, la construcción más pretenciosa y hortera del mundo-, todo está tan fuera de la razón y del sentido común, que uno no sabe qué decir. En realidad, sí sabe, pero hará gracia al lector de los exabruptos e improperios que le vienen a la cabeza cada minuto, por lo que dejará el análisis a Francisco G. Basterra, que lo hace infinitamente mejor.


El populismo airado ocupa la Casa Blanca

La ola provocada por la rebelión contra las élites políticas, potenciada por los nacionalismos y el populismo, y la rabia y la ansiedad sentidas por los perdedores de la Gran Recesión, que ya inundó Europa en primavera con el Brexit, alcanzó este viernes a mediodía a los Estados Unidos. Su energía ha descolocado a medio mundo provocando miedo e incertidumbre. La marea llegó hasta la colina del Capitolio, donde Donald Trump tomaba posesión como el 45º presidente de la nación más poderosa de la tierra. ¿De verdad que este tipo va a ser presidente?, se preguntaba Maureen Dowd en el New York Times. Sí, y Trump es el impulsor del tsunami que afronta la democracia a comienzos de 2017.

En su primer discurso a la nación y al mundo, un ejercicio de nacionalismo y populismo airado, el nuevo presidente declaró que ayer la gente volvió a recuperar el gobierno del país, de las manos de la casta de Washington, y que con su nueva visión de América primero, la gente nunca volverá a ser olvidada. Asumamos que hay que vivir con Trump, al menos conllevarnos con este presidente que ha roto los moldes.

Este multimillonario narcisista e impetuoso, regido por la imprevisibilidad, creyente en la intuición como valor supremo, ya tiene a su alcance el botón nuclear. Concluido el juramento de Trump, un militar que portaba un maletín de aluminio y cuero, de 20 kilos de peso, con las claves necesarias y un menú de objetivos, para desatar un ataque nuclear estratégico, abandonó la proximidad de Obama, para situarse discretamente junto al nuevo presidente, del que será su sombra.

Para muchos comienza un camino ignoto: la desaparición del orden liberal occidental tal como lo hemos conocido en los últimos 70 años. Para Trump y sus ideólogos, un gabinete de coalición de plutócratas y militares ideologizados, es la oportunidad de construir una nueva arquitectura internacional, quizás usando a Rusia para confrontar a China; con el repliegue de EE UU, el interés del país lo primero, todo es negociable y objeto de transacción; la globalización congelada o dejada en manos de China, regreso al viejo proteccionismo. La fantasía de construir el mundo desconectándonos de él.

Desprecio hacia la Unión Europea y el deseo de su desmembración; la obsolescencia de la OTAN, y la insoportable equiparación, como aliados, de Putin y Merkel. Liderazgos de políticos fuertes, Putin, Xi Jingping, Erdogan, Trump, cierre de fronteras.

Nos equivocaríamos si pensamos que Trump vacilará, será paciente y reflexivo y se someterá a los controles y equilibrios del sistema. Prometió un gran cambio y hacerlo todo al revés, a su manera. El problema de Trump es que no sabe lo que no sabe. Su arranque presidencial será rápido y furioso, con el objetivo de demoler la obra de Obama. La deplorable transición que ha protagonizado no presagia una presidencia razonable.

Ojalá Trump nos defraude y no confirme la extendida idea de que no está preparado, ni intelectual ni temperamentalmente, para ocupar la Casa Blanca. Bastaría con que Trump siguiera el precepto de Hipócrates, Primum non nocere, sobre todo, no hacer daño.
FRANCISCO G. BASTERRA
El País, 20/01/2016

domingo, 11 de diciembre de 2016

RIMBOB

"El mercader de la muerte ha muerto" Un título de obituario en las páginas necrológicas de un diario francés dinamitó en 1888 la conciencia de Alfred Bernhard Nobel. Era un error, moriría ocho años más tarde. Nobel, que había labrado su fortuna amaestrando la nitroglicerina y con rentables bramidos de cañón, impresionado por el titular, reflexionó, desconcertado, sobre cómo quería que se le recordase en el futuro. Un año antes de su fallecimiento real, cambió por última vez su testamento y en él dejaba escrito definitivamente que su colosal fortuna se emplease en crear unos premios que distinguieran a "personas o instituciones que hayan llevado a cabo investigaciones, descubrimientos o contribuciones notables a la humanidad" en los campos de la Química, la Física, la Medicina, la Literatura y la Paz

Robert Allen Zimmerman eligió como nombre artístico Bob Dylan en homenaje a Dylan Thomas, poeta y escritor de cuentos galés que, perfumado de bourbon Jack Daniel's, delirando amor, se tiró del mundo a las vías de un tren en New York, después de regalarle uno de sus poemarios a una joven que esperaba a su lado en el andén. Relámpago en una botella... Simbolismos... Rimbaud... "You're gonna make me lonesome when you go"... "Blood on the tracks"... Bob Dylan: "Es como si un fantasma me hubiera elegido a mí para escribir sus canciones". 

La poética ha dejado de ser un patrimonio exclusivo de escritores, a los augustos santones la propiedad de la etiqueta "literatura" se les escapa de entre los dedos, como escurridizos hilos de agua, por los que huye el monopolio de su coto cerrado en busca de artísticos nuevos meandros con seis afinadas cuerdas de alambre. Woody Guthrie, Robert Johnson, Hank Williams, Bob Dylan, Pete Seeger, Johnny Cash, Springsteen, Tom Waits... folk, gospel, blues, country, rock and roll... 

Cuántos mares debe surcar una blanca paloma, antes de dormir en la arena/ Cuántas veces deben volar las balas de cañón, antes de ser prohibidas para siempre. "Blowin in the wind": Pura lírica en re mayor lanzada al viento, contribuciones notables a la humanidad, salvas de poesía que los cañones de Alfred Bernhard Nobel siempre habían anhelado disparar, soplando una armónica.

P.S. Señor Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, ¿hay algo más frívolo que una portada de Hola?
JULIO REY, El Mundo, 11/12/2016

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Ayer se celebró en el Palacio de Conciertos de Estocolmo el acto de entrega de los Premios Nobel, entre ellos el de Literatura, al que como sabemos Bob Dylan no acudió. Pero sí envió un discurso, en el que entre otras cosas dice: ni una sola vez he tenido tiempo de preguntarme: '¿son mis canciones literatura?', agradeciendo a la Academia Sueca por tomarse el tiempo de considerar esa cuestión tan concreta y, en última instancia, por dar una respuesta tan maravillosa. En el discurso, Dylan se acuerda de William Shakespeare y de las cosas que pensaría al escribir y poner en pie una obra, no sólo desde el punto de vista de la escritura sino de detalles cotidianos: Apuesto a que la última cosa que Shakespeare tenía en mente era la pregunta de si esto es literatura.

Dylan estuvo representado por su amiga Patti Smith, que se atrevió a cantar A Hard Rain's A-Gonna Fall, pero... ay, se atrancó con la letra en la segunda estrofa y tuvo que pedir disculpas (lo siento, estoy muy nerviosa) y volver a empezar. Todos tenemos las letras de Dylan en la cabeza, pero ¿quién es capaz de recitarlas en su totalidad? Solamente el propio Dylan, que tiene una memoria prodigiosa. No importa, como decimos Patti Smith pidió disculpas, volvió a empezar y se ganó al público con una interpretación emocionante.

A Hard Rain's A-Gonna Fall - Patti Smith

lunes, 28 de noviembre de 2016

LA ESPAÑA DE FIDEL


A los cubanos se les ha muerto Fidel, el hombre, pero los españoles no tendremos tanta suerte: aquí sigue vivo Fidel, el símbolo. Y no sólo pervive en la roja devoción de sus beatas: numerosos medios liberales han optado por ilustrar su muerte con el arrogante barbudo de fusil al hombro, como si ese tipo no hubiera muerto hace décadas, en lugar de escoger al decrépito rehén de su propio chándal, gran pérdida para Adidas. Cuando se trata de embalsamar a un mito, el primer borrador de la historia que es el periodismo a veces no resiste la tentación de comportarse como un maquillador forense

Se ha escrito que Castro fue el último revolucionario de una época, pero quizá fue el primero de otra, la nuestra, que llamamos posmoderna a falta de mayor precisión y que ha confirmado la sospecha nietzscheana: ya no hay hechos sino interpretaciones. Los hechos: Castro dio un golpe de Estado contra una dictadura de derechas para devolver la soberanía y la prosperidad al pueblo, pero se perpetuó al mando absoluto de una isla penitenciaria a la que, después de quitárselo todo, le arrebató también el orgullo de mandar en su hambre, pues malvivía de las limosnas de la URSS y luego de la petrocracia chavista. Las viudas del chivo que cacarean no sé qué sobre educación universal quizá olvidan que Franco aprobó la Ley de Bases de la Seguridad Social.

Las revoluciones posmodernas son el dominio de la ficción, y por eso Castro fue el primer dictador televisivo. Su ejecutoria -nunca mejor dicho- coincidió con el desarrollo de los medios audiovisuales de masas, que usó para construir su relato épico sin correlato fáctico. Traicionó minuciosamente todo aquello por lo que decía luchar: libertad, paz, redistribución, derechos, independencia. Que Arias Navarro, perdón, Raúl Castro, anunciara la noticia por la televisión estatal fue un acto de justicia poética. La única que se le ha aplicado.

El castrismo es una trola sádica y el filocastrismo de iPhone 7 es una religión de no practicantes. Pero a los ídolos no les afecta la biología. Es preciso ejecutarlos.
JORGE BUSTOS -  El Mundo, 28-11-2016

miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA CONTRARREVOLUCIÓN DE DONALD TRUMP

Todo está por hacer y todo es posible. Estamos ante un nuevo comienzo. Empieza una época nueva. ¿Una revolución? No exactamente.

El primer trazo que define la política exterior de Donald Trump y la nueva geometría de las relaciones internacionales que empezará a surgir de su victoria es la incertidumbre. Nos adentramos en territorio desconocido. El presidente electo de los Estados Unidos se ha manifestado como un proteccionista y un revisionista radical en políticas comercial y emigratoria y en alianzas de seguridad, y como un ignorante en materia tan peligrosa como la proliferación nuclear y el uso del arma nuclear. Eso tiene remedio: las opiniones se cambian y de lo que no se sabe se aprende. Pero mientras no suceda la incertidumbre permanece y hace su trabajo de erosión, que alimenta la espiral de la desconfianza: sobre el futuro de la Alianza Atlántica, de los tratados comerciales como el NAFTA y TTP, las organizaciones internacionales, desde la OMC hasta la propia ONU, o los acuerdos de reanudación de relaciones con Cuba y de control nuclear con Irán.

Nos quedaremos cortos si pensamos que Trump puede cambiar. En su primer discurso como presidente electo ya ha demostrado que puede hacerlo. Primero, ha contado que Clinton le ha felicitado, sin llamarla crooked (corrupta) ni pedir la cárcel para ella, ha elogiado su campaña y le ha agradecido "los servicios prestados a este país". Luego se ha cobrado los elogios quitándole el eslogan de campaña, together (juntos), para propugnar la unión después de sembrar la división. El mensaje es nítido: en la campaña se pueden decir unas cosas y luego desde la Casa Blanca convendrá hacer otras. Esto no significa que el cambio sea a mejor o que se vaya a hacer bien las cosas; significa que serán otras, distintas. De cara al mundo, al papel que tiene EEUU en el orden internacional y en la gobernanza global y al conjunto de alianzas y acuerdos internacionales, se supone que también puede cambiar. Si ya ha empezado a hacerlo en su noche electoral, podrá hacerlo luego cuantas veces le convenga. Sus posiciones son volátiles. Incertidumbre sobre incertidumbre, por tanto.

Trump no cambiará porque tenga un programa oculto más moderado. No lo tiene. Por no tener no se le conocen ni ideas ni asesores que las tengan, más allá de las cuatro ideas esquemáticas y eficaces, casi todas ellas radicales e inquietantes, con las que ha armado la retórica de su campaña: expulsar inmigrantes, construir vallas en las fronteras, poner fronteras a la industria y el comercio estadounidense, cuestionar las alianzas y compromisos internacionales, procurar más por los intereses propios y menos por los de los aliados y regresar a un pasado idealizado en el que los Estados Unidos eran grandes y ricos.

Trump cambiará. En primer lugar, porque está en su naturaleza profundamente adaptativa. Y en segundo lugar, porque a pesar de que tenga 70 años y una carrera entera de multimillonario a sus espaldas, su falta de experiencia en gestión política y pública le obligará a aprender en el Despacho Oval; pero mientras aprenda, la ecuación que suma sus ideas escasas, nulas o perversas y su oportunismo desbordante arroja un resultado de mayor incertidumbre todavía sobre su presidencia. Además de desconocido, el camino que emprende se adentra en la oscuridad más absoluta.

Hay algo en lo que no cambiará, que no puede cambiar: su carácter, su capacidad para despreciar, acosar e insultar, ampliamente demostrada durante la campaña, tanto por los medios propios, exhibiéndola en sus mítines y en sus tuits, como por medio de las denuncias de sus adversarios. Podrá reprimirlo o encauzarlo. Pero estará allí, agazapado bajo su tupe teñido de rubio y dispuesto a salir en cualquier momento, cuando sea necesario, como el escorpión con el aguijón de su cola. Un carácter así da mucho juego, como se ha visto en la campaña porque suscita las simpatías de muchos votantes. De quienes comparten parecidas características de su personalidad o de quienes consideran que todo vale para el buen fin de ganar las elecciones, como es el caso de muchos y respetables dirigentes republicanos.

Puede dar juego incluso en las relaciones internacionales, donde encontrará con frecuencia creciente personajes salidos de un molde similar. Rodrigo Duterte, por ejemplo. El bocazas y faltón presidente de Filipinas seguro que se entenderá mejor con Trump que con Obama, que se ponía a tiro de sus insultos intolerables solo con pensar en su elegancia y su correctísima y culta oratoria. En este tipo de carácter reside un fallo de difícil enmienda, que su turbulenta y a veces obscena campaña ha descubierto al mundo entero. Carece de gran número de las llamadas virtudes romanas que se exigía al máximo magistrado del imperio. Solo para mencionar tres de las más imprescindibles y que adornan ostensiblemente al actual presidente Obama: la auctoritas de Trump es escasa, pero su dignitas y gravitas son nulas.

A Trump le falla un valor profundamente apreciado en un mundo tan conservador como el que vivimos y que tiene que ver también con el carácter: la previsibilidad. En su discurso de aceptación de la victoria ha dicho que Estados Unidos procurará por sus intereses en el mundo pero será una potencia benévola, que tratará honestamente a los otros países. Nada sobre el respeto a las alianzas y los compromisos internacionales. Los países socios y amigos de Estados Unidos tienen todos los motivos para la preocupación. Cuanto más socios y amigos, como es el caso de Japón o de Alemania, más preocupación.

Incluso las potencias que mayor provecho van sacar de la inhibición de Estados Unidos en el escenario internacional, como es el caso de China o Rusia, tienen motivos de preocupación en lo que concierne a la estabilidad económica y geopolítica. Pero también es una ventana de oportunidad para quienes desean avanzar sus peones en el tablero global e influir en la creación de un orden internacional en el que cuenten con más y mejores palancas de acción, y todavía más para las fuerzas o países con vocación insurgente.

Obama ha sido el presidente que más se parece al actual mundo multicultural y multipolar. Este nuevo presidente blanco, protestante, anglosajón y xenófobo es el anti-Obama, la reacción al ascenso de los países y clases medias emergentes del antiguo Tercer Mundo. Estos días ha hecho fortuna en las redes una cita famosa de Antonio Gramsci sobre las crisis revolucionarias con la que se quiere explicar el fenómeno de Trump e incluso presentarlo como el momento en que todo va peor antes de que todo vaya mejor: "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos". La frase es de la época de ascenso de los fascismos.

Respecto a la gobernanza y al orden internacionales, estamos ante una página en blanco. Es verdad que todo está por hacer y todo es posible. Es un nuevo comienzo, una época nueva. Hay una revolución que está en marcha, pero es reaccionaria, y va en sentido contrario a las revoluciones democráticas, pues mira hacia el pasado y se propone quitar libertades y derechos. Es una contrarrevolución, en definitiva.
LLUÍS BASSETS, El País, 10/11/2016

viernes, 21 de octubre de 2016

BOB DYLAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016 (y 3)


No estoy muy seguro de cuándo se me ocurrió empezar a componer mis propias canciones. Jamás se me habría ocurrido algo comparable a las letras folk que ya cantaba para expresar mis impresiones sobre el mundo. Supongo que vas entrando poco a poco. No te levantas un buen día y decides que necesitas escribir canciones, sobre todo si ya eres un cantante con un repertorio considerable y cada día aprendes otras nuevas. Siempre se puede presentar una oportunidad de convertir algo que ya existe en algo que aún no había cobrado forma. Eso es quizá el principio. A veces, sólo quieres hacer las cosas a tu manera, averiguar por ti mismo qué hay tras el telón oscuro. No es como si vieras venir las canciones y las invitaras a pasar. No resulta tan fácil. Quieres componer canciones colosales. Quieres hablar sobre las cosas extrañas que te han pasado, que has visto. Tienes que conocer bien algo, comprenderlo, y trascender entonces el lugar común. La precisión escalofriante con que los compositores de antes trataban los temas de sus letras no era una menudencia. A veces, al escuchar una canción, tu mente pegaba un brinco. Percibías cierta analogía con tu manera de ver las cosas. Yo nunca juzgaba una canción como buena o como mala, para mí sólo había distintas clases de canciones buenas. [...] La primera canción de cierta sustancia que escribí estaba inspirada en la figura de Woody Guthrie. [...]

Me había quitado el hábito de pensar en ciclos de canciones cortos y empecé a leer poemas cada vez más largos para ver si era capaz de recordar algo de lo que había leído al principio. Me estuve ejercitando para ello, abandoné costumbres poco recomendables y senté un poco la cabeza. Leí el Don Juan de Lord Byron, intensamente concentrado de principio a fin, y el Kubla Khan de Coleridge. Empecé a atiborrarme el cerebro de toda suerte de poemas profundos. Tenía la impresión de que había estado empujando un vagón vacío durante mucho tiempo y ahora empezaba a rellenarlo, lo que me obligaría a tirar de él con mayor fuerza. Era como si estuviese saliendo de un cenagal. También estaba cambiando en otros sentidos. Ya no daba importancia a cosas que me afectaban antes. No me preocupaban demasiado la gente ni sus motivos. No sentía la necesidad de observar con atención a cada extraño que se presentara. [...]

A los pocos meses de estar en Nueva York yo ya había perdido el ansia de vivir todo lo que En el camino de Kerouac ilustra tan bien. Aquel libro, que había sido la Biblia para mí, ya no lo era. Todavía me encantaba la pulsión dinámica y extrema del fraseo poético estilo bop que fluía de la pluma de Jack, pero ahora Moriarty me parecía un personaje fuera de lugar, sin sentido, que inspiraba idiotez. Iba por la vida dando tumbos como un toro desatado. [...]

Yo nunca había estado en California. Parecía la morada de una clase de gente especial y sofisticada. Sabía que las películas venían de allí y que había un club de folk en Los Ángeles llamado Ash Crove. En el Folklore Center había visto pósters de actuaciones en el Ash Crove y soñaba con tocar allí. Me parecía tan lejano... Nunca pensé que llegaría, pero resultó que no sólo llegué, sino que una vez en California evité completamente el Ash Crove, cuando mis canciones y reputación ya me precedían. Columbia ya había editado mis discos, de modo que fui a tocar al auditorio de Santa Mónica, donde conocí a todos los intérpretes que habían hecho versiones de canciones mías, artistas como The Birds, que grabaron Mr. Tambourine Man; Sonny y Cher, que cantaban All 1 Really Want to Do; The Turtles, que versionaron It Ain't Me, Babe; Glen Campbell, que había sacado Don't Think Twice; y Johnny Rivers, que había grabado Positively 4th Street.
De todas las versiones de mis canciones, la de Johnny Rivers era mi favorita. Estaba claro que veníamos del mismo barrio, conocíamos las mismas citas, procedíamos de la misma familia musical y estábamos hechos de la misma pasta. Cuando escuché su interpretación de Positively 4th Street me gustó más que la mía. La escuché una y otra vez. La mayor parte de las versiones de mis canciones acababan por perder de vista su esencia, pero Rivers captó perfectamente el tono y el sentido de la melodía, incluso hasta el punto de superar el sentimiento con que yo la cantaba. No debería haberme sorprendido, pues Rivers había hecho lo mismo con Maybellene y Memphis de Chuck Berry. Cuando oí a Johnny interpretando mi canción, comprendí enseguida que la vida lo zarandeaba con tanta fuerza como a mí.

Pero todavía me faltaban unos años para llegar al estado más soleado del país. Miré en derredor y vi, por la ventana del fondo, que se avecinaba el crepúsculo. La barandilla de la escalera de incendios estaba recubierta de una espesa capa de hielo. Dirigí la mirada al callejón y luego la paseé de un tejado a otro. Empezaba a nevar otra vez, y la nieve cubría la tierra asfaltada. No parecía realmente que estuviera iniciando una vida nueva. Tampoco es que hubiese retomado una antigua. En todo caso, quería comprender las cosas antes de liberarme de ellas. Necesitaba aprender a abarcarlas, como las ideas. Todo era demasiado grande y complejo para verlo de golpe, como los libros en los estantes y los objetos esparcidos sobre las mesas. Si lograbas formarte una idea general de todo quizá podías condensarlo después en una estrofa o en un solo verso de una canción.
A veces, intuyes que las cosas tienen que cambiar, que van a cambiar, pero únicamente lo sientes -como en la canción de Sam Cooke, Change Is Gonna Come-, sin saberlo con seguridad. Algunos detalles prefiguran lo que está por venir, pero uno no siempre los reconoce. Entonces, pasa algo inmediato que te proyecta a otro mundo, a lo desconocido, y lo entiendes instintivamente. Entonces eres libre. No necesitas hacer preguntas y ya te sabes la música. Cuando eso sucede, uno tiene la impresión de que ocurre deprisa, como un truco de magia, pero no es así. Uno no oye un estampido sordo que anuncia que el momento ya está aquí; uno no abre los ojos de repente y lo ve todo con absoluta nitidez. Se trata de un proceso más lento. Es como si hubieras estado trabajando a la luz del día y de pronto te percatas de que oscurece antes, independientemente de donde estés. Es como un reflejo. Alguien sostiene el espejo en alto y descorre el cerrojo: la puerta se abre de par en par y algo te empuja hacia el interior aunque tu cabeza esté en otro sitio. A veces se necesita la intervención de alguien especial para que te des cuenta. [...]
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A Hard Rain's A-Gonna Fall - Bob Dylan  (The Frewheelin' Bob Dylan, 1963)

Una fuerte lluvia va a caer

¿Dónde estuviste, hijo mío de ojos azules?
¿Dónde estuviste, querido mío?
Tropecé con la falda de doce montañas brumosas,
Caminé y me arrastré por seis sinuosas autopistas,
Anduve en medio de siete bosques desolados,
Estuve frente a doce océanos muertos,
Me adentré diez mil millas en la boca de un cementerio.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿Qué viste, hijo mío de ojos azules?
¿Qué viste, querido mío?
Vi un recién nacido rodeado de lobos salvajes,
Vi una autopista de diamantes que nadie utilizaba,
Vi una rama negra que goteaba sangre,
Vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados,
Vi una escalera blanca cubierta de agua,
Vi diez mil oradores con las lenguas rotas,
Vi pistolas y espadas en manos de niños.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿Qué oíste, hijo mío de ojos azules?
¿Qué oíste, querido mío?
Oí el sonido del trueno que rugió como advertencia,
Oí el estruendo de una ola que pudo ahogar al mundo entero,
Oí a cien tamborileros cuyas manos llameaban,
Oí diez mil susurros que nadie escuchaba,
Oí a un hombre muriendo de hambre, oí a mucha gente riendo,
Oí la canción de un poeta que murió en el arroyo,
Oí el sollozo de un payaso que lloraba en el callejón.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿A quién encontraste, hijo mío de ojos azules?
¿A quién encontraste, querido mío?
Encontré un muchacho junto a un pony muerto,
Encontré un hombre blanco que paseaba un perro negro,
Encontré una mujer joven cuyo cuerpo ardía,
Encontré una muchacha que me dio un arco iris,
Encontré un hombre herido de amor,
Encontré otro hombre herido de odio.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿Qué harás ahora, hijo mío de ojos azules?
¿Qué harás ahora, querido mío?
Regreso antes de que la lluvia empiece a caer,
Caminaré hasta las profundidades del más hondo y sombrío bosque,
Donde la gente es mucha, toda con las manos vacías,
Donde las bolas de veneno inundan sus aguas,
Donde el hogar en el valle se confunde con la sucia y húmeda prisión,
Donde el rostro del verdugo está siempre bien oculto,
Donde el hambre es odiosa, donde las almas están olvidadas,
Donde el color es negro y el número nada,
Y lo diré y lo pensaré y lo hablaré y lo respiraré,
Y lo mostraré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo,
Y después me alzaré sobre el océano hasta que empiece a hundirme,
Pero, antes de cantarla, conoceré bien mi canción.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

(Traducción de Carlos Álvarez)
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La primera vez que me preguntaron mi nombre en Saint Paul, Mineápolis, instintiva y automáticamente solté: "Bob Dylan".
Ahora, tendría que acostumbrarme a que la gente me llamara Bob. Nunca me habían llamado así antes, y me llevó un tiempo darme por aludido cuando lo hacían. En cuanto a Bobby Zimmerman, lo explicaré una sola vez y podéis comprobarlo. Uno de los primeros presidentes de los San Bernardino Angels, un equipo de béisbol, fue Bobby Zimmerman, que se mató en la carrera de Bass Lake de 1964. Se le desprendió el silenciador de la moto, él giró en redondo para recuperarlo ante el pelotón, que lo atropelló. Murió al instante. Esa persona ya no existe. Se acabó. [...]

Cerré la puerta detrás de mí, salí al pasillo y bajé la escalera en espiral, llegué al vestíbulo con piso de mármol y atravesé el estrecho patio de entrada. Las paredes olían a cloruro. Salí a paso lento por la puerta y crucé la verja hasta la acera. Me pasé una bufanda por la cara y me encaminé hacia la calle Van Dam. En la esquina, pasé ante una carroza tirada por caballos repleta de flores envueltas en plástico, sin conductor a la vista. La ciudad estaba llena de cosas así.
Las canciones folk resonaban en mi cabeza, como siempre. Narran historias ocultas, latentes. Si alguien preguntase qué pasa, le responderían: "Al señor Garfield le han pegado un tiro, yace en el suelo. No hay nada que hacer". Eso es lo que pasa. Nadie necesita preguntar quién era el señor Garfield; todos se limitan a asentir, pues lo saben. Es de lo que habla el país. Todo en el folk es sencillo y cobra sentido de forma admirable a través de las fórmulas.
Nueva York era una ciudad fría, contenida y misteriosa, la capital del mundo. En la Séptima Avenida pasé por delante del edificio donde Walt Whitman había vivido y trabajado. Me detuve por un segundo y lo imaginé escribiendo frenéticamente y entonando la verdadera canción de su alma. También me había parado ante la casa de Poe en la calle Tres para hacer lo mismo: contemplar las ventanas con melancolía. La ciudad era como un bloque sin labrar, anónimo e informe, sin muestras de favoritismo. Todo era siempre nuevo, siempre cambiante. En la calle nunca te topabas con la misma multitud.
Crucé de Hudson a Spring, pasé ante un contenedor de basura lleno de ladrillos y entré en un café. La camarera que me atendió en el mostrador llevaba una blusa ceñida de ante que acentuaba el redondeado contorno de su cuerpo. Tenía el cabello negro azulado cubierto por un pañuelo y penetrantes ojos azules, con las cejas bien perfiladas. Deseé que me pusiera una rosa en el ojal, como decía la vieja canción. Me sirvió una taza de café humeante y me volví hacia la ventana que daba a la calle. La ciudad entera se abría ante mis narices. Tenía una idea muy clara de dónde estaba todo. No había que preocuparse por el futuro. Estaba a la vuelta de la esquina. [...]
Traducción de Miquel Izquierdo
BOB DYLAN

Una biografía