David Bowie - Blackstar (2016)

viernes, 12 de febrero de 2016

EL CALLEJERO

Fieles a su obsesión por reescribir la Historia a su conveniencia, sectarios irredentos, los "adanitas" de la corporación municipal de Madrid, lejos de trabajar por el bien de sus conciudadanos, se dedican últimamente en cuerpo y alma a intentar borrar toda huella del pasado, mientras tienen absolutamente abandonadas sus tareas de gobierno. Pretenden ahora eliminar del callejero madrileño toda referencia a personajes de nuestro pasado  ya no tan reciente. Bien está, pero es que incluyen entre estos personajes a insignes escritores, artistas y pensadores, que, si en su momento fueron proclives al franquismo, su trayectoria intelectual y artística no deja ninguna duda sobre su valía. Lo triste, lo patético, es que no se dan cuenta que esta actitud va en contra de sus intereses, porque con ella la gente perdería esa famosa "memoria histórica" (histérica) de la que se hacen lenguas. Ya saben, el tiro por la culata.

La famosa "lista negra" que Ahora Madrid -agrupación hermana (o hija) de Podemos y de la que es integrante Manuela Carmena- ha encargado a la cátedra de Memoria Histórica de la Universidad Complutense, contiene argumentos como estos:

Agustín de Foxá, escritor. "Formó parte de la llamada corte literaria de José Antonio junto con Rafael Sánchez Mazas, Dionidio Ridruejo, José María Alfaro, Jacinto Miquelarena o Pedro Mourlane".

Alfonso Paso, escritor. "Fue profundamente joseantoniano, llegando a esa convicción al estudiar los escritos del Fundador".

Concha Espina, escritora. "Saludó la llegada de la República, aunque pronto abrazó la causa falangista".

Eugenio D'Ors, escritor y filósofo. "Comenzó a colaborar en la reorganización de las instituciones culturales del bando franquista, en cuyo ejército combatían sus tres hijos".

Josep Pla, escritor y periodista. "Adi Enberg [su pareja] trabajaba para el Servicio de Información de la Frontera Noreste, un servicio de espionaje del ejército franquista".

Pedro Muñoz Seca, escritor. "Centra sus sátiras contra la República. Estrena La oca, caricatura del comunismo y el igualitarismo". Fue fusilado.

Salvador Dalí, pintor. "El 16 de junio de 1956 es recibido por Francisco Franco en el palacio de El Pardo".

Enrique Jardiel Poncela, escritor. "Regresó a España, estableciéndose en zona franquista".

José María Pemán, escritor. "Se significó por su conservadurismo católico [...] y por su apoyo a la sublevación contra la República".

Miguel Mihura, escritor. "Fue director de La Codorniz, plagada de escritores y dibujantes falangistas".

Gerardo Diego, poeta. "Escribió artículos en el diario La Nueva España, periódico de FET y de las JONS".

Manuel Machado, escritor. "Miembro de la comisión que cambió el callejero de Madrid tras la ocupación".

Álvaro Cunqueiro, novelista, poeta. "Colaboró con diversas publicaciones falangistas, como Vértice o Destino".

Joaquín Turina, compositor. "Impulsó la recuperación del folclore español llevado a cabo por la Sección Femenina de la Falange.
(Información extraída del diario El País)

Todo un catálogo inquisitorial.
Estos son unos pocos, pero hay más. Entre los más sorprendentes figuran el torero Manolete y el  que fuera presidente del Real Madrid Santiago Bernabéu (¡!)
Menos mal que la inefable alcaldesa Carmena acaba calificar esta movida como "disparate", y asegura que no se cambiarán los nombres de las calles en las que figuren intelectuales y artistas. Cómo será el despropósito que la propia Universidad Complutense está estudiando la posibilidad de elimar la cátedra de Memoria Histórica. Ya está tardando.
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El potaje madrileño
La noche del pasado 20 de diciembre, tras conocerse los resultados electorales, Pablo Iglesias compareció enardecido ante la opinión pública. La formación que lidera había ganado las elecciones generales y, más importante aún, la Guerra Civil. Empezó a desgranar una letanía abrumadora, melodramática, furiosa, en su línea. Se oyen, entre otras, proclamó, "las voces de Margarita Nelken, Clara Campoamor y Dolores Ibarruri (…), las voces de Durruti, de Largo Caballero, de Azaña, de Pepe Díaz y de Andreu Nin". Un "Pepe" que le salió con el mismo arrobo con el que los camaradas españoles hablaban de "Pepe Stalin". No llamaba tanto la atención que la mayor parte de "las voces" que se oyeran esa noche fueran de la Guerra Civil, ni la exaltación y el convencimiento de estar escribiendo y reescribiendo de paso la Historia, sino el potaje.

Pablo Iglesias debería leer, en el tiempo que le dejen libre el Juan de Mairena de Machado y La ética de la razón pura, La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor. Es un libro extraordinario. Hay edición reciente. Comprendería las razones por las cuales Clara Campoamor tuvo que salir por pies de España apenas estalló la guerra (como Chaves Nogales, don José Castillejo o Juan Ramón Jiménez): sus vidas corrían peligro, el de verdad; por ejemplo, Margarita Nelken, una escritora mediocre, no parece que hubiera tenido reparo en "pasear" personalmente a Campoamor, o alguno de los partidarios de Pasionaria, Durruti o Largo Caballero, quienes hicieron, por cierto, todo lo posible por acabar con Azaña y lo que él representaba. En cuanto a Andreu Nin… Fue a "Pepe" Díaz a quien debieron pedirse responsabilidades directas por su asesinato, ejecutado por comunistas españoles.

Queda por dilucidar si toda esta confusión de obras, tiempos, ideas es fruto de la precipitación, la ignorancia o el oportunismo, con el fin de "envolver la mercancía", como suele decirse, para pasar el género averiado. Por esa razón tal vez no sea abusivo parafrasear aquel célebre "quita tus sucias manos de Clara Campoamor; quita tus sucias manos de Andreu Nin".

El debate sobre los símbolos y monumentos del franquismo es antiguo, y no está en absoluto resuelto (por ejemplo, los restos de José Antonio y de Franco deberían salir del Valle de los Caídos, pero sería un disparate volarlo con dinamita) ni es el objeto de estas líneas.

Lo ridículo de la lista confeccionada por una comisión de la Memoria Histórica de la Universidad Complutense, según este periódico a petición de la alcaldesa (ella lo niega), no es tanto la satanización de tales o cuales escritores y artistas, sino conocer las razones por las que, "sin salirnos de sus propósitos", como decía Hannah Arendt de Hitler y sus pogromos, no han incluido en ella a Ramón Gómez de la Serna, Azorín, Dionisio Ridruejo, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Julio Camba, Tomás Borrás, José Gutiérrez Solana, Edgar Neville, Emilio Carrere, Ricardo León, Antonio Díaz Cañabate, Jacinto Benavente (o Marañón, con hospital, o Maeztu, con instituto) y muchos otros con tantos méritos como ellos. Seguramente solo haya habido, en uno y otro caso, en el de las inclusiones y en el de las exclusiones, la ignorancia, una ignorancia que al mismo tiempo que se origina en el fanatismo, conduce irremediablemente a él.

Es absurdo, y una pérdida de tiempo, hablar de literatura con quienes han confeccionado esa lista en la que figuran Manuel Machado, Cunqueiro o Pla, ni tratar de convencerles de que merecen no una calle en Madrid, sino en todas las ciudades españolas, ni que, como decía Nietzsche, el exceso de memoria mata la vida, ni recordarles que en aquella guerra no fue infrecuente que la víctima acabara en victimario, y a la inversa, ni porfiar enumerándoles a quienes escribieron odas a Stalin o secundaron sus políticas genocidas, con calles hoy en España… pero quizá sí valga la pena este último apunte. En la lista, incumpliendo a todas luces la Ley de Memoria Histórica, figura Muñoz Seca. El mismo 18 de julio de 1936 salió al escenario del teatro Poliorama de Barcelona, donde se representaba su obra La tonta del rizo, y anunció a los espectadores, al grito de "¡Viva España!", la sublevación de los militares en África. Lo detuvieron y lo metieron en la cárcel de San Antón, de Madrid, de donde salió tres meses después para ser asesinado en Paracuellos, a manos de verdugos que jamás pagaron por ese crimen. Participó en la Guerra Civil tanto como Rodríguez Zapatero, Iglesias o yo mismo.
ANDRÉS TRAPIELLO - El País, 11/02/2016

martes, 9 de febrero de 2016

LA INVISIBILIDAD DEL VOTANTE

¿Están hablando de nosotros? ¿Nos ven siquiera?
Espectáculo bochornoso el que están dando los políticos de este país últimamente.
Políticos de la Transición: aunque estén mayores y alguno ya ni siquiera esté, vuelvan, por todos los dioses, ¿qué les cuesta?

Diálogos
"Yo, sin duda, voy a hablar con todo el mundo", dice el célebre lector de prensa deportiva, también conocido como Número Uno, pero no aclara de qué quiere hablar y luego resulta que nadie quiere hablar con él. "No hablaré nunca con el Número Uno porque quiero formar un Gobierno de progreso", dice el Número Dos, y acto seguido regala dos sillones a los separatistas catalanes que son lo más reaccionario del país. "Yo no hablaré con el Número Uno, pero sí lo haré con el Número Dos, siempre que éste no hable con el Número Cuatro", dice el Número Tres, sin explicar de qué va a hablar, aunque de inmediato se divide por cinco: la parte gallega, la parte vasca, la parte catalana, la parte aragonesa y la parte valenciana. El Número Cuatro, perfectamente vestido, asegura que puede hablar con todo el mundo menos con el Número Tres porque es separatista catalán, vasco, gallego, aragonés y valenciano.

Los votantes, mientras tanto, observamos turulatos el espectáculo y nos palpamos los unos a los otros para acreditar que existimos, pero no existimos. He tratado de palpar a un votante del Número Uno y se ha disuelto en el aire como un gas. El del Número Dos, desesperado, trató de agarrarse a mi mano, pero se deshilachó como una telaraña. El del Número Tres quiso darme un tortazo, pero comenzó a girar como una peonza hasta desplomarse. El del Número Cuatro me felicitó el santo y luego se convirtió en un celaje de color azafrán y ascendió a las alturas.

No existimos, queridos compatriotas, somos contingentes. Sólo existen los separatistas catalanes que, mientras tanto, ya han legislado para que todos los españoles cojan la lepra en cuanto pongan un pie en tierra sagrada.
FÉLIX DE AZÚA - El País, 09/02/2016

Nota prescindible:
Seguro que no hace falta aclarar quiénes son el Número Uno, el Número Dos, el Número Tres y el Número Cuatro. Números.

jueves, 4 de febrero de 2016

VENDER LA SEDE

El país del 'qué hay de lo mío'

Un dirigente del PP me dijo hace algún tiempo que la sede del partido en Génova había quedado tan marcada por la corrupción que era partidario de "venderla y empezar de nuevo en otro lugar". Entre las paredes de las oficinas del partido que gobierna este país se han repartido sobres con sobresueldos, satisfecho mordidas de empresarios, pagado reformas con 'dinero negro' y destruido pruebas de presuntos delitos, según la investigación de jueces y periodistas. Y, aun así, la lista de fechorías supuestamente cometidas desde la sede madrileña parece una obra caritativa comparada con las actividades de su sucursal en Valencia, donde los 'populares' se han comportado como los dueños del Casino de Scorsese, sin que faltase el hombre que contaba el dinero.

Alfonso Rus era ese capo protagonizado por Robert De Niro que explica cómo en sus dominios hay tres formas de hacer las cosas: "Bien, mal y como yo las hago". 

El dinero de la trama destapada por la delegación valenciana de este periódico no se lavaba en las ruletas de Las Vegas, sino en negocios como esa peluquería a la que habían puesto el nombre de 'Qué hay de lo mío'. Nuestros corruptos no dan más de sí. Es precisamente esa falta de disimulo, el burdo exhibicionismo de sus 'pelotazos', lo que hace más negligente la pasividad con la que el Partido Popular permitió que la putrefacción se extendiera durante dos décadas en uno de sus grandes feudos. Pero claro: era en Valencia donde los líderes nacionales podían jugarse su futuro y no era cuestión de incordiar a los conseguidores de una comunidad donde, además, se ganaban elecciones sin despeinarse

La respuesta a cada escándalo ha sido siempre la misma. El otro partido roba igual o más. Son unas pocas manzanas podridas. Estamos siendo muy, pero que muy contundentes contra la corrupción. Ni una dimisión o asunción de responsabilidades. Ninguna disculpa a los ciudadanos, los militantes que trabajan honradamente o los votantes que han creído las promesas incumplidas de regeneración. Ninguna intención, por supuesto, de cambiar las estructuras gangrenadas. 

Sólo bajo ese sistema partitocrático y decadente puede haber llegado Rita Barberá hasta aquí asegurando que "en Valencia nunca se ha amañado un contrato", mientras sus colaboradores más estrechos pasaban la noche en el calabozo y la Guardia Civil daba credibilidad a los testigos que aseguran que la ex alcaldesa de Valencia estaba al tanto del lavado de dinero. Sólo alguien que sabe que cuenta con la protección del partido, tras haber sido convertida en senadora por la gracia del Qué hay de lo mío, puede mofarse así de sus ciudadanos y esperar que no pase nada. 

¿Cuántos escándalos hacen falta para que el Partido Popular reconozca que tiene un problema endémico de corrupción? ¿Cuántos imputados más hasta que lleve a cabo la regeneración que le pidieron sus votantes al retirarle la mayoría en las últimas elecciones? ¿Cuántos Alfonso Rus tienen que salir contando billetes en grabaciones policiales para que alguien dé un puñetazo en la mesa y diga basta? 

España necesita un Partido Popular con legitimidad moral para consensuar una coalición que defienda los principios constitucionales, la unidad de España y las reformas económicas y sociales que deben llevar el país adelante. Pero la gran coalición que defiende este periódico debe ir acompañada de la gran limpieza de la vida pública. Es lo que vuelve a pedir Albert Rivera en la entrevista que publicamos hoy y lo que Mariano Rajoy ha sido incapaz de ofrecer hasta ahora. 

Los españoles no tienen un gen que les predisponga a la corrupción más que los noruegos. Nuestro problema es precisamente lo que no tenemos: democracia interna en los partidos, un sistema transparente de supervisión de la vida pública, instituciones despolitizadas, un sistema educativo que penalice la cultura de la trampa -e instaure la del mérito- y, ya puesto a pedir, un electorado que haga a sus políticos responsables de los saqueos. Porque los casinos de Valencia o Andalucía, donde las oligarquías políticas de PP y PSOE montaron sus grandes sistemas clientelares, no habrían sobrevivido sin suficientes clientes dispuestos a seguir jugando a pesar de que sabían que las ruletas estaban amañadas.
DAVID JIMÉNEZ - El Mundo, 30/01/2016

miércoles, 27 de enero de 2016

DE ZORROS Y GALLINAS

Pablo Iglesias se ha agarrado una rabieta porque la mesa del Congreso ha enviado a su grupo a las filas altas del hemiciclo: al "gallinero", dicen él y el inefable Íñigo Errejón.

Gallinero: la montaña
Cuando éramos chicotes boqueras, los indios y los coreanos aún eran los malos y veíamos las películas desde el gallinero. En los teatros, a esas mismas localidades se les llamaba paraíso, y allí íbamos los de la claque. Ahora los de abajo no quieren ir a la cazuela, sino a las primeras butacas, cerca del banco azul del gran teatro de San Jerónimo. Cuando Miguel de Cervantes emprendió la batalla en el Parnaso, y llegó al Olimpo, tuvo que sentarse en su propia capa. 'El príncipe de los ingenios' carecía de sitio y dijo: "Quedéme en pie; no hay asiento bueno, si el favor no lo labra o la riqueza". Pablo Iglesias no ha reaccionado con tanta humildad y estoicismo. Ha protestado fuerte y luego, ha tuiteado: "Cinco millones de votos al gallinero". Enseguida ardió la red en un festival de agravios y moralismo. Fue un motín del género chico: mi reino por un asiento. No sé cuál será el futuro político de Pablo Iglesias, pero de momento, nos da días de gloria y nos deja las columnas hechas. Pedir un asiento en el hemiciclo donde Tejero dijo "siéntense, coño" no deja de ser una broma macabra y un contrasentido. El dirigente de Podemos culpa del desaguisado a Ciudadanos y a la 'vice' del PSOE (se refiere a Micaela Navarro). 

El Congreso, ahora, tiene extensiones y edificios adyacentes en las redes sociales y enseguida se ha difundido el gran 'encabronamiento' de Podemos. Lo paradójico es que los indignados rechazan la montaña, donde se sentaban los del Club de los Jacobinos, los que querían cortar el cuello al rey. Pablo Iglesias ya no quiere ser jacobino, sino plurinacional, se ha moderado y les ha dicho a los suyos lo que aquella abadesa ordenaba a las monjas: "No digáis 'Domine meo' que es un término muy feo; decid 'Domine orino', que es un término mas fino". 

La batalla política del Congreso se ha trasladado a Twitter donde los anti-Podemos han iniciado las ráfagas de insultos. "Es por el olor". "Hay que protegerse de los piojos". "Las gallinas al gallinero". Desde el profundo sur el alcalde de Cádiz cree "que el ritmo de Falla lo marca el gallinero". Teresa Rodríguez dice: "Pronto tendrán mayoría las gallinas frente a los zorros que ahora guardan el Congreso".

De los paseos en las redes no se salva ni Dios ni el Rey. Un juez de la Audiencia Nacional ha embolado a la concejala de Guanyar (Alicante) Marisol Moreno. Le ha metido un paquete de 6.000 euros por llamar hijo de puta al Rey Juan Carlos I y calificar a la Familia Real de vagos, estafadores, borrachos y asesinos. Otros injuriados adoptan posturas más ingeniosas. Cuando un tuitero les dijo a los de Ahora Madrid: "Que os den por el culo", los de Ahora Madrid contestaron: "Gracias por los buenos deseos, nos gusta el sexo anal, pero no entendemos a qué viene ese tema ahora". Los de Podemos en el Congreso no han reaccionado con tanto humor ante su desplazamiento a la montaña, como sus compañeros, olvidando que en la últimas filas del hemiciclo estuvieron Pasionaria y Rafael Alberti.
RAÚL DEL POZO - El Mundo, 27/01/2016

domingo, 17 de enero de 2016

CON USTEDES, EL GRAN CIRCO DE ESPAÑA

El otro día me acerqué al Gran Circo Mundial, que ha instalado su carpa en Madrid, y comprendí que la saturación política estaba empezando a afectarme. Allí estaban los trapecistas venidos desde Corea del Norte, pero cuando el anunciador presentó el nunca visto cuádruple salto mortal, yo creía ver a Pedro Sánchez tratando de ser presidente con 90 escaños y el apoyo de partidos que buscan que España se rompa la crisma. Salió un mago y me recordó a Pablo Iglesias, capaz de convertir a un leninista convencido en socialdemócrata en un abracadabra. Un malabarista lanzaba a izquierda y derecha sus diábolos, cual Albert Rivera, y pensé si no sería un mal presagio que se le cayera uno, quizá en un momento de indecisión. Salieron las fieras y me fijé en un león venido a menos que, como Mariano Rajoy, parecía resistirse a la idea de que sus mejores días habían terminado.

Si la democracia es el arte de "dirigir el circo desde la jaula de los monos", como decía Mencken, en España nos quedan meses de incertidumbre hasta saber quién dirigirá el que se ha montado tras las elecciones. Ha bastado una sesión parlamentaria para tener la certeza, al menos, de que no nos va a faltar el espectáculo. La predicción era que, una vez tuvieran los votos, los nuevos políticos sustituirían el plató de televisión por el Parlamento. Parece que será al revés. Lástima que el país no se lo pueda permitir, con lo divertido que podría ser todo. 

Ocurre que tenemos un 21% de paro, que la crisis nos ha dejado un país con desigualdades inaceptables, que la confianza de los empresarios se deteriora, que los inversores extranjeros están empezando a dejar de llamar, que nuestra economía se enfrenta a desafíos que podrían volver a tumbarla -el Ibex vive el peor arranque del año de su historia-, que el terrorismo islámico golpea ciudades de todo el mundo a su antojo, desde París a Yakarta, y que el Gobierno de Cataluña ha anunciado que piensa hacer todo lo posible por romper España, por citar algunos desafíos que nos esperan en los próximos meses. Pero sigamos hablando de la melena del nuevo diputado Rodríguez, como si nuestros intereses fueran a estar mejor "defendidos por un diputado con rastas que por uno con terno y gomina Patrico", que escribía el otro día Jorge Bustos. Como si la conciliación familiar fuera a mejorar llevando a tu bebé a un Parlamento que tiene guardería, privilegio que gustosamente habrían aprovechado miles de madres. O como si un puño en alto y cuatro lemas fáciles fueran a pagar nuestra deuda o mejorar la educación.

Aquí de lo que se trata es de aprovechar la mejor oportunidad que ha tenido España en mucho tiempo para que sus políticos se pongan de acuerdo y empujar una verdadera agenda de reformas que enderece el país para una generación. Se trata de priorizar el interés de los ciudadanos por encima de carreras políticas perfectamente reemplazables. Y se trata de hacer política en lugar de montar el show y buscar el aplauso de la militancia en las redes sociales

Lo del otro día fue la prueba de que Pablo Iglesias ya está en campaña -si es que alguna vez dejó de estarlo-, en previsión de unas nuevas elecciones en las que espera merendarse lo que queda del PSOE. Mientras, Pedro Sánchez, desde la plataforma del trapecio, se lo piensa. ¿Debería ir a por el cuádruple salto mortal, poniéndose en manos de un partido que quiere destruir al suyo y otros que buscan romper España? Un salto sin red. Todo o nada. Moncloa o INEM. Que Sánchez no parece tener vértigo lo demuestra su decisión de esta semana de prestar sus escaños a partidos separatistas en el Senado, un absurdo que, entre otras cosas, pone más fondos del Estado en manos de quienes lo quieren dilapidar. 

La alternativa razonable es ese pacto con Partido Popular y Ciudadanos en el que se incorporarían propuestas del programa socialista, se daría estabilidad al país y los populares serían empujados a llevar a cabo su regeneración pendiente. Puestos a elegir entre piruetas arriesgadas, al líder socialista le quedaría el consuelo de haber escogido lo mejor para España y haber impedido el cierre del circo.
DAVID JIMÉNEZ, El Mundo, 17/01/2016

El subrayado lo he puesto yo porque, modestamente, es lo que vengo diciendo desde hace días.

domingo, 10 de enero de 2016

EL DISCURSO SOBRE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA o EL CONTRA UNO (Fragmento)

El Discurso sobre la servidumbre voluntaria o El Contra Uno es una requisitoria de apenas dieciocho páginas contra el Absolutismo que Étienne de La Boétie escribió cuando tenía 18 años. 
El manuscrito pasó de mano en mano por ciertos círculos de escritores  y filósofos hasta que cayó en las de Montaigne, que inmediatamente quiso conocer al autor, y de ese encuentro nació una amistad que sólo acabó con la muerte de La Boétie. 
La obra no fue publicada hasta 1572, gracias al propio Michel de Montaigne, quien además le dedicó sus famosos Essais.

¡Pobres y miserables gentes, pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro propio mal y ciegas a vuestro bien! Dejáis que os arrebaten, ante vuestras mismas narices, la mejor y más clara de vuestras rentas, que saqueen vuestros campos, que invadan vuestras casas, que las despojen de los viejos muebles de vuestros antepasados. Vivís de tal suerte que ya no podéis vanagloriaros de que lo vuestro os pertenece. Es como si considerárais ya una gran suerte el que os dejen tan sólo la mitad de vuestros bienes, de vuestras familias y de vuestras vidas. Y tanto desastre, tanta desgracia, tanta ruina no proviene de muchos enemigos, sino de un único enemigo, aquel a quien vosotros mismos habéis convertido en lo que es, por quien hacéis con tanto valor la guerra y por cuya grandeza os jugáis constantemente la vida en ella. No obstante, ese amo no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que no tenga el último de los hombres que habitan el infinito número de nuestras ciudades. De lo único que dispone además de los otros seres humanos es de un corazón desleal y de los medios que vosotros mismos le brindáis para destruiros. ¿De dónde ha sacado tantos ojos para espiaros si no es de vosotros mismos? Los pies con los que recorre vuestras ciudades, ¿acaso no son también los vuestros? ¿Cómo se atrevería a imponerse a vosotros si no gracias a vosotros? ¿Qué mal podría causaros si no contara con vuestro acuerdo? ¿Qué daño podría haceros si vosotros mismos no encubriérais al ladrón que os roba, cómplices del asesino que os extermina y traidores de vuestra condición? Sembráis vuestros campos para que él los arrase, amuebláis y llenáis vuestras casas de adornos para abastecer sus saqueos, educáis a vuestras hijas para que él tenga con quien saciar su lujuria, alimentáis a vuestros hijos para que él los convierta en soldados (y aún deberán alegrarse de ello) destinados a la carnicería de la guerra, o bien para convertirlos en ministros de su codicia o en ejecutores de sus venganzas. Os matáis de fatiga para que él pueda remilgarse en sus riquezas y arrellanarse en sus sucios y viles placeres. Os debilitáis para que él sea más fuerte y más duro, así como para que os mantenga a raya más fácilmente. Podríais liberaros de semejantes humillaciones –que ni los animales soportarían– sin siquiera intentar hacerlo, únicamente queriendo hacerlo. Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres. No pretendo que os enfrentéis a él, o que lo tambaleéis, sino simplemente que dejéis de sostenerlo. Entonces veréis cómo, cual un gran coloso privado de la base que lo sostiene, se desplomará y se romperá por sí solo.
Los médicos dicen que es inútil intentar curar llagas incurables, y quizá por eso no actúe yo con sensatez al intentar hacer reflexionar a aquellos que han perdido desde hace mucho tiempo todo conocimiento y ya no sienten el mal que los aflige, pues eso confirma que su enfermedad es mortal [...]
ÉTIENNE DE LA BOÉTIE, 1548

viernes, 8 de enero de 2016

NI PODEMOS NI DEBEMOS

Como están de actualidad las listas, comenzaré con la de quienes pueden saltarse este artículo con tranquilidad, porque la cosa no va con ellos... o como si no fuera. En primer término, los que forman el partido mayoritario del país según las últimas elecciones, dos millones de votos por delante del siguiente. Me refiero, claro está, a quienes no votan, sea porque están en la inopia ("¡y yo qué sé!") o porque creen pertenecer a la élite ("a mí no me engañan, yo no entro en el juego"). En los comicios con mayor oferta política de nuestra historia reciente no han encontrado motivo para salir de casa (excluyo, por supuesto, a los miles que quisieron votar desde el extranjero y no pudieron hacerlo por una infecta burocracia). La verdad es que no merecen vivir en un país democrático, sino en un establo con televisión y ADSL. Ahí seguirán, hasta que el voto obligatorio les recuerde que son ciudadanos mal que les pese.

Tampoco aspiro a dirigirme a la secta de los cambistas, los adictos en cuerpo y alma al cambio. No a mejorar, a perfeccionar o a corregir, sino a cambiar. Sea adelante, atrás, a derecha o izquierda, eso va en gustos. Odo Marquard, genial pensador minimalista lleno de humor, no un chistoso barato como Zizek, que murió a mediados de pasado año ignorado por nuestros medios, dice: "El prejuicio más fácil de cultivar, el más impermeable, el más apabullante, el prejuicio de uso múltiple, la suma de todos los prejuicios, es el que afirma que todo cambio lleva, con certeza, a la Salvación, y mientras más cambio haya, mejor". Como voy a intentar exponer razones para evitar el cambio en un punto importante de nuestro ordenamiento político, cuyos adversarios invocan precisamente la necesidad de cambio para liquidarlo, sólo encontraré oídos impermeables a la argumentación en los fascinados por la palabreja de marras.

Y por supuesto nada tengo que decir a los enclaustrados en lo que llaman "pragmatismo", o sea, los que más allá del Ibex, la prima de riesgo, la tasa de crecimiento o de afiliados a la seguridad social —todo ello muy respetable, desde luego— se contentan con las más obvias letanías: la ley está para cumplirla, la unidad de España no está en venta, queremos muchísimo a los catalanes, y a los vascos es que los adoramos, ay, ¡la gula del Norte! El lema de esta buena gente, porque suele serlo, es: "No nos metamos en honduras". Nada de explicar con demasiadas teorías la ley, o la unidad, o lo que sea. Lo importante es que no haya jaleo y que los irredentos sepan que todas sus diferencias son bienvenidas y que la Constitución está para dar gusto a todos y que estén cómodos en ella. Si no, se cambia a tal efecto. A fin de cuentas, los nombres de las cosas son lo de menos, lo que cuenta es el business as usual. O, como canta la jota, "que me llamen como quieran, mientras sea de Zaragoza".

Para el resto, si es que queda todavía alguien por ahí, van las explicaciones prometidas. Porque creo que es imposible combatir racional y democráticamente contra ideologías dañinas, pero muy asentadas, si se renuncia a dejar claro el fundamento de lo que se defiende frente a ellas. O aún peor, si se maneja el mismo lenguaje que el de los antagonistas, pero con invocaciones a que toda exageración es mala o que dentro de la ley todo es posible. Se asegura que es imprescindible para la paz social del país reconocer que España es una entidad plurinacional. No hay inconveniente en asumir algo tan obvio. De hecho, todos los Estados modernos son plurinacionales, siempre —claro está— que esas naciones sean entendidas como realidades culturales.

Los ciudadanos se reconocen en una de ellas o se adscriben a la que prefieren según sus avatares biográficos, aunque lo más corriente es que bajo su opción preferente incluyan elementos significativos de las otras que forman el puzle del país. Esas "naciones" se modifican constantemente, en buena medida por la irrigación de gente de otras latitudes que se instalan a vivir en su ámbito tradicional, pese a los esfuerzos de los guardianes de las esencias por redefinir una y otra vez "lo de aquí" frente a "lo de fuera". Los nacionalistas locales quieren convertir la diversidad cultural en fundamento de separación política. Es decir, convierten las culturas —optativas, cambiantes, mestizas— en estereotipos estatalizables de nuevo cuño, que definen ciudadanías distintas a la del Estado de derecho común. Aquí comienza lo inadmisible.

Porque precisamente esa fragmentación no aumenta, sino que restringe la libertad de cada cual. Al repartir la ciudadanía por módulos culturales transformados en políticos, se priva a los individuos de su disponibilidad de administrar sus identidades personales como deseen dentro de un marco común que las trasciende y a la vez las acoge democráticamente. La ley estatal compartida, constitucional o similar, permite una igualdad que también Odo Marquard definió inmejorablemente: "Igualdad significa que todos pueden ser diferentes sin temor". Y sin que esa capacidad libre de autodefinición cultural coarte la capacidad de otros conciudadanos de decidir políticamente sobre lo que atañe a todos.

Tal es la concepción democrática contemporánea, cada vez más alejada de las determinaciones del terruño propias de siervos de la gleba, abierta a la inclusión de los inmigrantes en busca de derechos que puedan llegar de cualquier parte. Y por eso las consultas políticas parciales determinadas por territorios —como si los ciudadanos nativos de una localidad o empadronados en ella se transmutasen en miembros de un estado virtual oprimido por la realidad democrática vigente— son, cualquiera que fuese su resultado, mutiladoras de la integridad del resto de la ciudadanía. En España no hay ningún problema territorial, aunque cualquier división administrativa del Estado admite mejoras o reformas, sino un atentado separatista contra el derecho a decidir de todos y cada uno de los ciudadanos miembros del país.

Piden diálogo. No parece fácil. Oí en Espejo público a García Page contestar bien a un nacionalista que le preguntó por qué no referéndum en Cataluña: sería conceder de antemano lo que se pretende preguntar, porque la autodeterminación no consiste en irse, sino en poder elegir entre irse o quedarse sin contar con los demás. Su interlocutor comentó: "Bueno, seguiremos intentándolo". Como quien oye llover. En su ensayo L’art de conférer, uno de los mejores, Montaigne hace una encendida defensa del diálogo y la controversia, proclama que prefiere el coloquio con quien piensa distinto que él porque así aprende más, etcétera... Pero también advierte: "Me es imposible tratar de buena fe con un tonto, porque bajo su influjo no sólo se corrompe mi juicio, sino también mi conciencia". Yo, siempre con Montaigne.
FERNANDO SAVATER,  El País, 07/01/2016