Joss Stone - Mind, Body & Soul (2004)

lunes, 26 de enero de 2015

¿POR QUÉ NO SOY CRISTIANO?/ 1 - BERTRAND RUSSELL

    [...] La religión se basa, principalmente, a mi entender, en el miedo. Es en parte el miedo a lo desconocido, y en parte, como dije, el deseo de pensar que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno en todas sus cuitas y disputas. El miedo es la base de todo: el miedo de lo misterioso, el miedo de la derrota, el miedo de la muerte. El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano. Se debe a que el miedo es la base de estas dos cosas.
    La ciencia puede ayudarnos a librarnos de ese miedo cobarde en el cual la humanidad ha vivido durante tantas generaciones. La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable, en lugar de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos. [...]
    Todo el concepto de Dios es un concepto derivado del antiguo despotismo oriental. Es un concepto indigno de los hombres libres. Cuando se oye en la iglesia a la gente humillarse y proclamarse miserables pecadores, etc., parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respetan. Debemos mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara. Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible, y si no es tan bueno como deseamos, después de todo será mejor que lo que esos otros han hecho de él en todos estos siglos. Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. [...]
    Mi opinión acerca de la religión es la de Lucrecio. La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la raza humana. No puedo, sin embargo, negar que ha contribuido en parte a la civilización. Primitivamente ayudó a fijar el calendario, e hizo que los sacerdotes egipcios escribieran la crónica de los eclipses con tal cuidado que con el tiempo pudieron predecirlos. Estoy dispuesto a reconocer estos dos servicios, pero no conozco otros. [...]
    Lo que se aplica al cristianismo es igualmente cierto en el budismo. Buda era bondadoso y esclarecido; en su lecho de muerte se reía de sus discípulos porque creían que era inmortal. Pero los sacerdotes budistas —como existen en el Tibet, por ejemplo—, han sido obscurantistas, tiranos y crueles en el más alto grado. No hay nada accidental en esta diferencia entre la Iglesia y su Fundador. En cuanto la absoluta verdad se supone contenida en los dichos de un cierto hombre, hay un cuerpo de expertos que interpretan lo que dice, y estos expertos infaliblemente adquieren poder, ya que tienen la clave de la verdad. Como cualquier otra casta privilegiada, emplean el poder en beneficio propio. Sin embargo, son, en un respecto, peores que cualquier otra casta privilegiada, ya que su misión es difundir una verdad invariable, revelada de una vez para siempre en toda su perfección, de forma que se hacen necesariamente contrarios a todo progreso intelectual y moral. La Iglesia combatió a Galileo y a Darwin; en nuestra época combate a Freud. [...]
  El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acompañase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria. [...]
   Las objeciones a la religión son de dos clases, intelectuales y morales. La objeción intelectual consiste en que no hay razón para suponer que hay alguna religión verdadera; la objeción moral es que los preceptos religiosos datan de una época en que los hombres eran más crueles de lo que son ahora y, por lo tanto, tienden a perpetuar inhumanidades que la conciencia moral de la época habría superado de no ser por la religión. [...]
   La Iglesia ha destacado la persecución de los cristianos por el Estado Romano antes de Constantino. Sin embargo, esta persecución fue ligera, intermitente y totalmente política. En toda época, desde la de Constantino a fines del siglo XVII, los cristianos fueron mucho más perseguidos por otros cristianos de lo que lo fueron por los emperadores romanos. Antes del cristianismo, esta actitud de persecución era desconocida en el viejo mundo, excepto entre los judíos. Si se lee, por ejemplo, a Heródoto, se halla un relato tolerante de las costumbres de las naciones extranjeras que visitó.
    Es cierto que el cristiano moderno es menos severo, pero ello no se debe al cristianismo; se debe a las generaciones de librepensadores que, desde el Renacimiento hasta el día de hoy, han avergonzado a los cristianos de muchas de sus creencias tradicionales. Es divertido oír al moderno cristiano decir lo suave y racionalista que es realmente el cristianismo, ignorando el hecho de que toda su suavidad y racionalismo se debe a las enseñanzas de los hombres que en su tiempo fueron perseguidos por los cristianos ortodoxos. Hoy nadie cree que el mundo fue creado en el año 4004 a. de J. C-, pero no hace mucho el escepticismo acerca de ese punto se consideraba un crimen abominable. Mi tatarabuelo, después de observar la profundidad de la lava de las laderas del Etna, llegó a la conclusión de que el mundo tenía que ser más viejo de lo que suponían los ortodoxos, y publicó su opinión en un libro. Por este crimen fue lanzado al ostracismo. Si se hubiera tratado de un hombre de posición más humilde, su castigo habría sido indudablemente más severo. No es ningún mérito de los ortodoxos que no crean ahora en los absurdos en que se creía hace 150 años. La mutilación gradual de la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar de su vigorosísima resistencia, y sólo como resultado de los ataques de los librepensadores. [...]
    Indudablemente, la fuente más importante de la religión es el miedo; esto se puede ver hasta el día de hoy, ya que cualquier cosa que despierta alarma suele volver hacia Dios los pensamientos de la gente. La guerra, la peste y el naufragio tienden a hacer religiosa a la gente. Sin embargo, la religión tiene otras motivaciones aparte del terror; apela especialmente a la propia estimación humana. Si el cristianismo es verdadero, la humanidad no está compuesta de lamentables gusanos como parece; el hombre interesa al Creador del universo, que se molesta en complacerse cuando el hombre se porta bien y en enojarse cuando se porta mal. Esto es un cumplido importante. [...]
BERTRAND RUSSELL

Continuará...

PRINCIPIOS DE RECONSTRUCCIÓN SOCIAL (Fragmentos) - BERTRAND RUSSELL

Los hombres temen al pensamiento más de lo que temen a cualquier otra cosa del mundo; más que a la ruina, incluso más que a la muerte.
El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.
Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al hombre, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto.
¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos?
¿Van a pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar?
¡Fuera el pensamiento!
¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!
Es mejor que los hombres sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.
Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades.
De Principles of Social Reconstruction - Londres, 1916
BERTRAND RUSSELL

sábado, 24 de enero de 2015

TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA/ y 8 - VOLTAIRE



CAPÍTULO XXIV

Post scriptum

    Mientras trabajábamos en esta obra con el único objeto de hacer a los hombres más compasivos y más dulces, otro hombre escribía con un objeto contrario: porque cada cual tiene su opi­nión. Ese hombre hacía imprimir un pequeño código de perse­cución, titulado Acuerdo de la religión y de la humanidad1 (es una falta del impresor: léase de la inhumanidad).
    El autor del santo libelo se apoya en san Agustín, quien, después de haber predicado la dulzura, predicó finalmente la persecución, habida cuenta que era entonces el más fuerte y que cambiaba a menudo de opinión. Cita también al obispo de Meaux, Bossuet, que persiguió al célebre Fénelon, arzobispo de Cambrai, culpable de haber impreso que Dios vale bien la pena de que se le ame por sí mismo.
    Bossuet era elocuente, lo confieso; el obispo de Hipona, a veces inconsecuente, era más diserto de lo que lo son los demás africanos, también lo reconozco; pero me tomaré la libertad de decir al autor de ese santo libelo, con Armande, en Las mujeres sabias: Quand sur une personne on pretend se régler, / C'est par les beaux cotés qu'il faut ressembler (acto I, escena I) (Cuando a una persona pretendemos imitar, / es a sus facetas buenas a las que debemos parecernos). [...]
    El autor del santo libelo sobre la inhumanidad no es un Bossuet ni un Agustín; me parece muy propio para hacer un excelente inquisidor; quisiera que estuviese en Goa al frente de ese hermoso tribunal. Es, además, hombre de Estado y expone grandes principios de política. "Si hay en vuestro país, dice, muchos heterodoxos, respetadlos, persuadidlos; si sólo hay un pequeño número, utilizad el patíbulo y las galeras y os irá muy bien"; esto es lo que aconseja en las páginas 89 y 90.
    A Dios gracias, soy buen católico, no tengo por qué temer lo que los hugonotes llaman el martirio; pero si ese hombre llega alguna vez a ser primer ministro, de lo que parece presumir en su libelo, le advierto que salgo para Inglaterra el día que obten­ga su cédula de nombramiento.
    Mientras tanto no puedo por menos que dar las gracias a la Providencia por permitir que las personas de su especie sean siempre malos razonadores. Llega al extremo de citar a Bayle entre los partidarios de la intolerancia: la cosa es sabia y hábil; y del hecho de que Bayle reconozca que hay que castigar a los fac­ciosos y a los pillos, nuestro hombre saca la consecuencia de que hay que perseguir a sangre y fuego a las gentes de buena fe que son pacíficas.
    Casi todo su libro es una imitación de la Apología de la jor­nada de San Bartolomé2. Es este apologista o su eco. En uno u otro caso hay que esperar que ni el maestro ni el discípulo lle­guen a gobernar el Estado.
    Pero si sucede que sean los amos, les presento desde lejos esta demanda, referente a dos líneas de la página 93 del santo libelo:
    "¿Hay que sacrificar a la felicidad de la vigésima parte de la nación la felicidad de la nación entera?"
    Suponiendo que, en efecto, haya veinte católicos romanos en Francia contra un hugonote, no pretendo que el hugonote se coma a los veinte católicos; pero también ¿por qué esos veinte católicos se comerían a aquel hugonote, y por qué impedir casarse al mismo? ¿No hay obispos, curas, frailes, que poseen tierras en el Delfinado, hacia Agde, en el Gevaudan, por Carca­sona? Esos obispos, esos curas, esos monjes ¿no tienen granjeros que tienen la desgracia de no creer en la transustanciación? ¿No interesa a los obispos, a los curas, a los monjes y al público que esos granjeros tengan una abundante familia? ¿Sólo a aquellos que comulguen en una sola especie les será permitido engen­drar hijos? En verdad tal cosa no es ni justa ni honrada. [...]
    El santo autor termina finalmente concluyendo que la into­lerancia es una cosa excelente, "porque no ha sido -dice- con­denada expresamente por Jesucristo". Pero Jesucristo tampoco ha condenado a los que prendiesen fuego a París por los cuatro costados; ¿es ésta una razón para canonizar a los incendiarios?
    Así pues, cuando la naturaleza deja oír por un lado su voz dulce y bienhechora, el fanatismo, ese enemigo de la naturaleza, pone el grito en el cielo; y cuando la paz se presenta a los hom­bres, la intolerancia forja sus armas. ¡Oh vos, árbitro de las naciones, que habéis dado la paz a Europa, decidid entre el espí­ritu pacífico y el espíritu homicida!

CAPITULO XXV

Continuación y conclusión

    [...] La naturaleza dice a todos los hombres:
    "Os he hecho nacer a todos débiles e ignorantes, para vegetar unos minutos sobre la tierra y abonarla con vuestros cadáveres. Puesto que sois débi­les, socorreos mutuamente; puesto que sois ignorantes, ilustraos y ayudaos mutuamente. Aunque fueseis todos de la misma opi­nión, lo que seguramente jamás sucederá, aunque no hubiese más que un solo hombre de distinta opinión, deberíais perdonarle: porque soy yo la que le hace pensar como piensa. Os he dado brazos para cultivar la tierra y un pequeño resplandor de razón para guiaros; he puesto en vuestros corazones un germen de compasión para que os ayudéis los unos a los otros a sopor­tar la vida. No ahoguéis ese germen, no lo corrompáis, sabed que es divino, y no sustituyáis la voz de la naturaleza por los miserables furores de escuela.
    Soy yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas necesidades, incluso en medio de vuestras crueles gue­rras con tanta ligereza emprendidas, eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias. Soy yo sola la que, en una nación, detiene las consecuencias funestas de la división inter­minable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos esta­mentos y el clero, incluso entre los burgueses y los campesinos. Ignoran todos los límites de sus derechos; pero todos escuchan a pesar suyo, a la larga, mi voz que habla a su corazón. Yo sola conservo la equidad en los tribunales, en donde todo sería entregado sin mí a la indecisión y al capricho, en medio de un montón confuso de leyes hechas a menudo al azar y para unas necesidades pasajeras, diferentes entre ellas de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, y casi siempre contradictorias entre sí en el mismo lugar. Yo sola puedo inspirar la justicia, mientras que las leyes sólo inspiran los embrollos. El que me escucha juzga siempre bien; y el que sólo busca conciliar opi­niones que se contradicen es el que se extravía.
    Hay un edificio inmenso cuyos cimientos he puesto con mis manos: era sólido y sencillo, todos los hombres podían entrar en él con seguridad; han querido añadirle los ornamentos más extraños, más toscos, más inútiles; el edificio cae en ruinas por los cuatro costados; los hombres recogen las piedras y se las tiran a la cabeza; les grito: Deteneos, apartad esos escombros funestos que son obra vuestra y habitad conmigo en paz en mi edificio inconmovible."
VOLTAIRE

 1 La obra en cuestión lleva por título Acuer­do entre la humanidad y la religión sobre la into­lerancia, data de 1762 y fue publicada por el abate de Malvaux.
 2 El personaje al que alude aquí Voltaire no podía ser sino un clérigo. Se trata del abate de Caveyrac, autor de una Apología de Luis XIV sobre la revocación del Edicto de Nantes, con una disertación sobre la jornada de San Bartolomé (1758).

jueves, 22 de enero de 2015

TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA/ 7 - VOLTAIRE


CAPÍTULO XXII

De la tolerancia universal

    No se necesita mucho arte, ni una elocuencia muy rebus­cada para demostrar que los cristianos deben tolerarse unos a otros. Voy más lejos: os digo que hay que mirar a todos los hom­bres como hermanos nuestros. ¡Cómo! ¿El turco hermano mío? ¿El chino mi hermano? ¿El judío? ¿El siamés? Sí, sin duda; ¿no somos todos hijos del mismo Padre, criaturas del mismo Dios?
    ¡Pero esos pueblos nos desprecian; nos tratan de idólatras! ¡Pues bien! Les diré que hacen mal. Me parece que podría hacer vacilar por lo menos la orgullosa testarudez de un imán o de un sacerdote budista si les hablase poco más o menos así:
    "Este pequeño globo, que no lo es, rueda en el espacio, lo mismo que tantos otros globos; estamos perdidos en esa inmen­sidad. El hombre, de una estatura aproximada de cinco pies, es seguramente poca cosa en la creación. Uno de esos seres imper­ceptibles dice a algunos de sus vecinos, en Arabia o en Cafrería: 'Escuchadme, porque el Dios de todos esos mundos me ha ilu­minado: hay novecientos millones de pequeñas hormigas como nosotros en la tierra, pero sólo mi hormiguero es grato a Dios; todos los otros le son odiosos desde la eternidad; únicamente mi hormiguero será feliz, todos los demás serán eternamente des­graciados.'
    Entonces me interrumpirían y me preguntarían quién es el loco que ha dicho semejante tontería. Me vería obligado a res­ponderles: 'Vosotros mismos.' Luego trataría de aplacarlos; pero sería muy difícil.
    Hablaría ahora a los cristianos y osaría decir, por ejemplo, a un dominico inquisidor de la fe: 'Hermano mío, sabéis que cada provincia de Italia tiene su propio dialecto y que no se habla en Venecia o en Bérgamo como en Florencia. La Academia de la Crusca ha fijado la lengua; su diccionario es una regla de la que no hay que apartarse y la Gramática de Buonmattei es un guía infalible que hay que seguir; ¿pero creéis que el cónsul de la Aca­demia, y en su ausencia Buonmattei, habrían podido en concien­cia hacer cortar la lengua a todos los venecianos y a todos los ber­gamascos que hubiesen persistido en hablar su jerga?'
    El inquisidor me responde: 'Hay mucha diferencia; se trata aquí de la salvación de vuestra alma; es por vuestro bien por lo que el directorio de la Inquisición ordena que se os deten­ga por la declaración de una sola persona, aunque sea infame y reincidente de la justicia; que no tengáis abogado que os defien­da; que el nombre de vuestro acusador ni siquiera os sea cono­cido; que el inquisidor os prometa gracia y luego os condene; que os aplique cinco torturas diferentes y que luego seáis azota­do, condenado a galeras o quemado solemnemente1. El padre Ivonet, el doctor Cuchalon, Zanchinus, Campegius, Roias, Fely­nus, Gomarus, Diabarus, Gemelinus son terminantes y esta pia­dosa práctica no tolera contradicción.'
    Yo me tomaría la libertad de contestarle: 'Hermano mío, tal vez tengáis razón; estoy convencido del bien que queréis hacerme; ¿pero no podría ser salvado sin todo esto?'
    Es cierto que esos absurdos horrores no manchan todos los días la faz de la tierra; pero han sido frecuentes y se formaría fácilmente con ellos un volumen mucho más grueso que los Evangelios que los reprueban. [...]
    Veo a todos los muertos de los siglos pasados y del nues­tro comparecer ante su presencia. ¿Estáis seguros de que nues­tro Creador y nuestro Padre dirá al sabio y virtuoso Confucio, al legislador Solón, a Pitágoras2, a Zaleuco, a Sócrates, a Platón, a los divinos Antoninos, al buen Trajano, a Tito, las delicias del género humano, a Epicteto3, a tantos otros hombres, modelos de los hombres: ¡id, monstruos, id a sufrir unos castigos infini­tos en intensidad y duración; que vuestro suplicio sea eterno como yo! Y vosotros, mis bien amados Jean Chátel, Ravaillac, Damiens, Cartouche4, etc., que habéis muerto dentro de las fór­mulas prescritas, compartid para siempre a mi derecha mi imperio y mi felicidad?"
    Retrocedéis horrorizados ante estas palabras; y, después de habérseme escapado, no tengo nada más que deciros.
VOLTAIRE

 1 Para ilustrar todo esto, Voltaire mismo recomienda una obra del abad André More­llet (1727-1819): El manual para inquisidores utilizado por las Inquisiciones de España y Por­tugal (1762).
 2 Pitágoras, filósofo y místico griego del siglo vi a.C. Aunque, al igual que Sócrates, no escribió libro alguno, sus doctrinas ejercieron un enorme influjo al ser propaladas por innumerables discípulos, hasta el punto de convertir al maestro en una figura legendaria y algo misteriosa. Con arreglo a su teoría de la metempsicosis o transmigración de las almas, las opciones de la conducta presente sentenciarían cuál será nuestra próxima reen­carnación. Su interés por las matemáticas queda testimoniado por el teorema que lleva su nombre. Para la escuela pitagórica los números encierran todas las claves del uni­verso y el estudio de las proporciones musi­cales, astronómicas o numéricas es lo único que puede arrojar alguna luz sobre los enig­mas planteados por la naturaleza.
 3 Epicteto (50-120), filósofo estoico que nació esclavo y fue libertado por el secretario de Nerón. Sus reflexiones tuvieron una gran influencia en el emperador Marco Aurelio. Quiso vulgarizar el estoicismo y demostrar que todos los hombres han de ser tratados como hermanos e iguales.
 4 Tras haber enumerado a filósofos, legisla­dores y gobernantes de pro, Voltaire nos da una nómina de malhechores. El denominador común de casi todos ellos es haber atentado contra un rey, a excepción de Cartouche, un célebre bandido de la época. Jean Châtel intentó asesinar a Enrique IV en 1594, empe­ño que cumpliría con éxito Ravaillac algunos años más tarde; por su parte, Louis Domini­que atentó contra la vida de Luis XV en 1757.

Continuará...

martes, 20 de enero de 2015

TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA/ 6 - VOLTAIRE



CAPÍTULO XX

De si es útil mantener al pueblo en la superstición

    La superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía: la hija muy loca de una madre muy cuerda. Estas dos hijas han subyugado mucho tiempo toda la tierra.
    Cuando, en nuestros siglos de barbarie, había apenas dos señores feudales que tuviesen en sus castillos un Nuevo Testa­mento, podía ser disculpable ofrecer fábulas al vulgo, es decir a esos señores feudales, a sus estúpidas mujeres y a los brutos de sus vasallos: se les hacía creer que san Cristóbal había trans­portado al Niño Jesús de una a otra orilla de un río; se les ati­borraba de historias de brujas y posesos; imaginaban sin difi­cultad que san Genol curaba la gota y santa Clara las enfermedades de la vista. Los niños creían en los fantasmas y los padres en el cordón de san Francisco. La cantidad de reli­quias era innumerable.
    La herrumbre de tantas supersticiones ha subsistido toda­vía algún tiempo en los pueblos, incluso después de que la reli­gión se depuró. Sabido es que cuando el Señor de Noailles, obis­po de Chálons, mandó quitar y arrojar al fuego la pretendida reliquia del santo ombligo de Jesucristo, la ciudad entera de Châlons le hizo un proceso; pero el obispo tuvo tanto valor como piedad y no tardó en convencer a los habitantes de la Champaña que se podía adorar a Jesucristo en espíritu y en ver­dad sin tener su ombligo en una iglesia.
    Los llamados jansenistas contribuyeron no poco a desa­rraigar insensiblemente en el alma de la nación la mayor parte de las falsas ideas que deshonraban a la religión cristiana. [...]
    Los frailes se han asombrado de que sus santos ya no hagan milagros; y si los autores de la Vida de san Francisco Javier volviesen al mundo, no se atreverían a escribir que este santo resucitó a nueve muertos, que estuvo al mismo tiempo en la tierra y en el mar y que, habiendo caído al mar su crucifijo, un cangrejo se lo devolvió.
    Lo mismo ha sucedido con las excomuniones. Nuestros historiadores nos cuentan que cuando el rey Roberto fue exco­mulgado por el papa Gregorio V por haberse casado con la prin­cesa Berta, su comadre, sus criados arrojaban por las ventanas los manjares que se habían servido al rey, y que la reina Berta dio a luz una oca en castigo de aquel matrimonio incestuoso. Se duda hoy día que los maestresalas de un rey de Francia exco­mulgado arrojasen su cena por la ventana y que la reina trajese al mundo un ansarón en semejante oportunidad. [...]
    La razón penetra día a día en Francia, tanto en las tiendas de los comerciantes como en las mansiones de los seño­res. Hay pues que cultivar los frutos de esta razón, tanto más cuanto que es imposible impedirles que nazcan. No se puede gobernar a Francia, después de haber recibido las luces de los Pascal1, los Nicole, los Arnaud, los Bossuet, los Descartes2, los Gassendi, los Bayle3, los Fontenelle, etc., como se la gobernaba en tiempos de los Garasse y los Menot.
    Si los maestros de los errores, quiero decir los grandes maestros, tanto tiempo pagados y cubiertos de honores por embrutecer al género humano, ordenasen hoy día creer que el grano debe pudrirse para germinar; que la tierra está inmóvil en sus cimientos, que no gira alrededor del sol; que las mareas no son un efecto natural de la gravitación, que el arco iris no está formado por la refracción y la reflexión de los rayos de la luz, etc., y si se basasen para ello en pasajes mal comprendi­dos de las Sagradas Escrituras para justificar sus órdenes, ¿cómo serían mirados por todos los hombres instruidos? ¿La palabra bestias sería demasiado fuerte? ¿Y si esos sabios maes­tros empleasen la fuerza y la persecución para hacer reinar su insolente ignorancia, el término de bestias feroces sería inade­cuado? [...]
VOLTAIRE

1 Blaise Pascal (1632-1662), filósofo, teólogo y matemático francés, conocido sobre todo por sus Pensamientos, publicados póstuma­mente en el año 1670. En el ámbito de las matemáticas alumbró los rudimentos del cálculo de probabilidades. Este razonamien­to probabilístico sustenta su célebre «apues­ta». Según Pascal, debemos apostar a favor de la existencia de Dios para ganar nada menos que una felicidad eterna; el juego en cuestión, que tampoco podemos eludir al hallarnos embarcados en él, difícilmente podría resultarnos más ventajoso en térmi­nos probabilísticos, por cuanto sólo arriesga­mos un bien finito (los placeres propios de un libertino) en aras de uno infinito (una dicha escatológica e ilimitada). Mostrándose cohe­rente con sus ideas, en 1654 se retiró a Port­Royal y adoptó un modo de vida totalmente ascético. Sus Cartas provinciales defendieron las doctrinas jansenistas en la polémica soste­nida contra los jesuitas y su cuidado estilo constituye un modelo para la prosa francesa. Voltaire dedica la última de sus Cartas filosó­ficas a los Pensamientos de Pascal, citando algunos de sus pasajes para comentarlos a renglón seguido. Desde un primer momento anuncia que se "atreve a tomar el partido de la humanidad contra este misántropo subli­me, para demostrar que no somos tan malos ni tan desdichados como él dice. Mirar el uni­verso como una celda y todos los hombres como criminales a los que se va a ejecutar es la idea de un fanático".
 2 René Descartes (1595-1690), el padre de la filosofía moderna y del racionalismo, famoso por escribir sus Meditaciones metafisicas al calor de una estufa, moriría por un enfria­miento al aceptar la invitación de la reina Cristina de Suecia. Sus teorías físicas, domi­nadas por una perspectiva geométrica y con­dicionadas a las propiedades racionales de la materia entendida como sustancia extensa, fueron satirizadas por Voltaire, quien siem­pre que puede ridiculiza la teoría cartesiana de los "torbellinos". En su Diccionario filosófi­co, Descartes no aparece sino junto a Newton, para mostrar mejor con ese contraste la supremacía de los descubrimientos newto­nianos y, de paso, las excelencias de Ingla­terra como tierra que propicia tanto los avances científicos como la libertad de pen­samiento. Y en su obra El filósofo ignorante, Voltaire dice lo siguiente: "Descartes ha cons­truido un mundo tan imaginario, sus torbe­llinos y sus tres elementos son tan prodigio­samente ridículos, que debo desconfiar de todo lo que me dice sobre el alma, después de haberme engañado tanto sobre los cuer­pos. Santo y bueno que se haga su elogio, con tal de que no se haga el de sus novelas filosó­ficas, despreciadas hoy día para siempre en Europa".
 3 El nombre de Pierre Bayle (1647-1706) se halla indisolublemente asociado al de su Dic­cionario histórico y crítico, tan venerado por nuestro autor. Pero quizá sea citado aquí por un opúsculo menor mucho menos conocido: su Comentario filosófico en torno a estas palabras de Jesucristo: "Oblígales a entrar" (fechado en 1686), un aserto evangélico del que Voltaire se ha hecho eco en el capítulo XIV del tratado que nos ocupa. En este pequeño escrito Bayle proponía realizar un experimento imagina­rio; si en una ciudad donde coexistiesen cris­tianos y musulmanes, se intercambiasen los recién nacidos entre ambas comunidades religiosas, a buen seguro que el nacido musulmán sería cristiano y a la inversa. Vol­taire planteará la misma idea en una de sus tragedias, para poner de manifiesto que las creencias dependen sobremanera del medio ambiente y la educación. Todo ello en pro de la tolerancia y la coexistencia pacífica de los diferentes credos o convicciones.

Continuará...

domingo, 18 de enero de 2015

TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA/ 5 - VOLTAIRE



CAPÍTULO XVIII

Únicos casos en que la intolerancia es de derecho humano

    Para que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los hombres, es necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes cuando perturban la sociedad: perturban la sociedad si inspiran fanatismo; es preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia. [...]
    Uno de los más asombrosos ejemplos de fanatismo lo ha dado una pequeña secta de Dinamarca, cuyo principio era el mejor del mundo. Aquellas gentes querían procurar la salvación eterna a sus hermanos; pero las consecuencias de ese principio eran singu­lares. Sabían que todos los niños que mueren sin bautismo se con­denan y que los que tienen la suerte de morir inmediatamente des­pués de haber recibido el bautismo gozan de la gloria eterna: iban degollando a todos los niños y niñas recién bautizados que podían encontrar; era indudablemente hacerles el mayor bien que se les podía proporcionar; se les preservaba a la vez del pecado, de las miserias de esta vida y del infierno; se les enviaba infaliblemente al cielo. Pero aquellas gentes caritativas no consideraban que no está permitido hacer un pequeño mal por un gran bien; que no tenían ningún derecho sobre la vida de aquellos niños; que la mayor parte de los padres y las madres son lo bastante carnales para preferir tener a su lado a sus hijos e hijas que verlos degollar para ir al paraíso y que, en una palabra, el magistrado debe casti­gar el homicidio, aunque se haga con buena intención.
    Los judíos parecerían tener más derecho que nadie a robar­nos y matarnos: porque aunque haya cien ejemplos de toleran­cia en el Antiguo Testamento, hay sin embargo algunos ejemplos y algunas leyes rigurosas. Dios les ordenó a veces que matasen a los idólatras, exceptuando únicamente a las jóvenes núbiles: nos consideran idólatras y, aunque los toleramos hoy día, podrían muy bien, si ellos fuesen los amos, no dejar en el mundo más que a nuestras hijas.
    Tendrían sobre todo la obligación indispensable de asesi­nar a todos los turcos; la cosa no se presta a discusión: porque los turcos poseen el país de los etheos, de los jebuseos, de los amorreos, de los jersenios, de los hevenios, de los araceos, de los cineos, de los hamatenios, de los samarios: sobre todos estos pueblos se lanzó el anatema: su país, que tenía más de veinti­cinco leguas de largo, fue dado a los judíos por varios pactos consecutivos; deben recuperar sus pertenencias; los mahometa­nos son sus usurpadores desde hace más de mil años.
    Si los judíos razonasen así hoy día, es evidente que no habría otra respuesta que condenarlos a todos a galeras. [...]

CAPÍTULO XIX

Relato de una disputa de controversia en China

    En los primeros años del reinado del gran emperador Kang-hi, un mandarín de la ciudad de Cantón oyó en su casa un gran ruido que hacían en la casa vecina: preguntó si estaban matando a alguien; se le dijo que eran el capellán de la compa­ñía danesa, un sacerdote de Batavia, y un jesuita que disputa­ban; los mandó llamar, hizo que les sirvieran té y confituras, y les preguntó por qué se peleaban.
    El jesuita le respondió que era muy penoso para él, que siempre tenía razón, tener que habérselas con personas que siempre estaban equivocadas; que al principio había argumen­tado con la mayor circunspección, pero que, finalmente, se le había acabado la paciencia.
    El mandarín les hizo observar, con toda la discreción posible, lo necesaria que es la buena educación en las discusiones, les dijo que en China jamás se discute y les preguntó de qué se trataba.
    El jesuita le respondió: "Monseñor, juzgad vos mismo: estos dos caballeros se niegan a someterse a las decisiones del concilio de Trento."
    "Eso me extraña", dijo el mandarín. Luego, volviéndose hacia los dos refractarios: "Me parece -les dijo-, señores, que deberíais respetar las opiniones de una gran asamblea; no sé lo que es el concilio de Trento; pero varias personas saben siempre más que una sola. Nadie debe creer que sabe más que los demás y que la razón sólo habita en su cabeza; esto es lo que enseña nuestro gran Confucio1; y si queréis creerme, haréis muy bien en ateneros al concilio de Trento."
    El danés tomó entonces la palabra y dijo:
    "Monseñor habla con la mayor cordura; nosotros respeta­mos las grandes asambleas como es debido; por eso somos com­pletamente de la misma opinión que varias asambleas que se han celebrado con anterioridad a la de Trento."
    "¡Ah! Si es así -dijo el mandarín-, os pido perdón, bien podríais tener razón. ¿Así que sois los dos de la misma opinión, ese holandés y vos, contra ese pobre jesuita?"
    "De ningún modo -dijo el holandés-; este hombre tiene opiniones casi tan extravagantes como las del jesuita que se hace el melifluo con vos; no hay manera de aguantar esto."
    "No os comprendo -dijo el mandarín-; ¿no sois los tres cristianos? ¿No venís los tres a enseñar el cristianismo en nues­tro imperio? ¿Y no debéis, por consiguiente, tener los mismos dogmas?"
    "Ya lo veis, Monseñor -dijo el jesuita-; estas dos personas son enemigos mortales entre sí y discuten ambas contra mí: es por lo tanto evidente que los dos están equivocados y que la razón está de mi lado."
    "La cosa no es tan evidente -dijo el mandarín-; podría ser, a pesar de todo, que estuvieseis equivocados los tres; tengo curiosidad de oíros a cada uno por turno."
    El jesuita pronunció entonces un discurso bastante largo, durante el cual el danés y el holandés se encogían de hombros; el mandarín no comprendió nada. El danés habló luego; sus dos adversarios le miraron con conmiseración y el mandarín siguió sin comprender nada. El holandés tuvo la misma suerte. Final­mente hablaron los tres a la vez y se dijeron grandes insultos. Al buen mandarín le costó mucho trabajo calmarlos, y les dijo: "Si queréis que se tolere aquí vuestra doctrina, empezad por no ser vosotros ni intolerantes ni intolerables."
    A la salida de la audiencia el jesuita encontró a un misio­nero dominico; le dijo que había ganado su causa, afirmándole que la verdad siempre triunfa. El dominico le dijo: "Si yo hubie­se estado allí, no la habríais ganado; os habría dejado convicto de mentira e idolatría." La discusión se acaloró, el dominico y el jesuita se agarraron de los pelos. El mandarín, informado del escándalo, mandó a los dos a la cárcel. Un submandarín dijo al juez: "¿Cuánto tiempo quiere Vuestra Excelencia que perma­nezcan encerrados?" "Hasta que se pongan de acuerdo", dijo el juez. "¡Ah!", dijo el submandarín, "entonces se quedarán en la cárcel toda la vida". "Pues bien", dijo el juez, "hasta que se per­donen". "No se perdonarán jamás", le replicó el submandarín; "los conozco bien". "¡Bueno!", dijo el mandarín, "entonces, hasta que finjan perdonarse".
VOLTAIRE

  1 Confucio (551-479), filósofo y político chino que reformó tanto las costumbres como la administración de su patria. Su ética hace hincapié en la fidelidad hacia los valo­res tradicionales, sin necesitar fundamentar­los en especulaciones religiosas o metafísicas. Cuando Voltaire habla de Confucio en El filó­sofo ignorante, nos dice que "se limitó a reunir en un epítome las antiguas leyes de la moral".

La resurreción de Voltaire - Álex Vicente (El País)

Continuará...

viernes, 16 de enero de 2015

TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA/ 4 - VOLTAIRE

    CAPÍTULO VIII
  
De si los romanos han sido tolerantes

    Entre los antiguos romanos, desde Rómulo hasta los tiem­pos en que los cristianos se disputaron con los sacerdotes del imperio, no veréis un solo hombre perseguido por sus sentí­mientos. Cicerón1 dudó de todo, Lucrecio2 lo negó todo; y no se les hizo el más ligero reproche. La licencia llegó tan lejos que Plinio3 el naturalista empieza su libro negando a Dios y dicien­do que hay uno, que es el sol. Cicerón dice, hablando de los infiernos: "Non est anus tam excors quae credat: no hay ni una vieja imbécil que crea en ellos." Juvenal dice: "Nec pueri credunt (sáti­ra II, verso 152); los niños no creen en tal cosa." Se cantaba en el teatro de Roma: "Post mortem nihil est, ipsaque mors nihil: no hay nada después de la muerte, la misma muerte no es nada." (Séne­ca4, Tróade; coro al final del segundo acto.) [...]
    El gran principio del senado y del pueblo romanos era: "Deorum offensae düs curae: sólo a los dioses corresponde ocu­parse de las ofensas hechas a los dioses." Aquel pueblo rey sólo pensaba en conquistar, en gobernar y civilizar al universo. Han sido nuestros legisladores y nuestros vencedores; y César, que nos dio cadenas, leyes y juegos, jamás quiso obligarnos a trocar nuestros druidas por él, por muy gran pontífice que fuese de una nación que nos dominaba.
    Los romanos no profesaban todos los cultos, no daban a todos la sanción pública; pero los permitieron todos. No tuvieron ningún objeto material de culto bajo el reinado de Numa, ni simu­lacros, ni estatuas; no tardaron en erigirlas a los dioses majorum gentium, que les dieron a conocer los griegos. La ley de las doce tablas, Deos peregrinos ne colunto, se reducía a no conceder culto público más que a las divinidades superiores aprobadas por el senado. Isis tuvo un templo en Roma, hasta que Tiberio lo mandó derribar cuando los sacerdotes del mismo, corrompidos por el dinero de Mundo, le hicieron acostarse en el templo, bajo el nom­bre del dios Anubis, con una mujer llamada Paulina. Bien es ver­dad que Josefo es el único que relata esta historia; no era contem­poráneo, pero sí crédulo y propenso a la exageración. Parece poco probable que en una época tan ilustrada como la de Tiberio, una mujer de la más elevada condición hubiese sido lo bastante estú­pida para creer que recibía los favores del dios Anubis.
    Pero sea verdadera o falsa esta anécdota, lo que hay de cierto es que la superstición egipcia había erigido un templo en Roma con el consentimiento público. Los judíos comerciaban en ella desde los tiempos de las guerras púnicas; tenían en la ciu­dad sinagogas desde los tiempos de Augusto y las conservaron casi siempre, lo mismo que en la Roma moderna. ¿Existe un mayor ejemplo de que la tolerancia estaba considerada por los romanos como la ley más sagrada de todo el derecho de gentes?
    Se nos dice que tan pronto como aparecieron los cristianos fueron perseguidos por aquellos mismos romanos que a nadie perseguían. Me parece evidente que este hecho es completa­mente falso; no quiero otra prueba que la del propio san Pablo. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que al ser acusado san Pablo por los judíos de querer destruir la ley mosaica por Jesu­cristo, Santiago propuso a san Pablo que se hiciera afeitar la cabeza y fuera a hacerse purificar en el templo con cuatro judíos "para que todo el mundo sepa que todo lo que dicen de voso­tros es falso y seguís observando la ley de Moisés".
    Pablo, cristiano, fue pues a cumplir todas las ceremonias judaicas durante siete días; pero aún no habían transcurrido éstos cuando los judíos de Asia le reconocieron; y, al ver que había entrado en el templo, no sólo con judíos, sino con gentiles, gritaron que había habido profanación: fue apresado y conduci­do ante el gobernador Félix, y más tarde se apeló al tribunal de Festo. Los judíos en masa pidieron su muerte; Festo les respon­dió: "No es costumbre de los romanos condenar a un hombre hasta que el acusado tenga a sus acusadores delante y se le haya dado la libertad de defenderse" [Hechos, XXV, 1161].
    Estas palabras resultan tanto más notables en aquel magis­trado romano cuanto que parece no haber sentido la menor con­sideración hacia san Pablo; y no haber experimentado más que desprecio hacia él: engañado por las falsas luces de su razón, le tomó por loco; le dijo a él mismo que estaba demente: Multae te litterae ad insaniam convertunt (las muchas letras te han trastor­nado el juicio). Festo, por lo tanto, no escuchó más que a la equi­dad de la ley romana al dar su protección a un sospechoso des­conocido al que no podía apreciar. [...]
    Los primeros cristianos no tenían, sin duda, nada que diri­mir con los romanos; no tenían más enemigos que los judíos, de los que empezaban a separarse. Sabido es el odio implacable que sienten todos los sectarios hacia aquellos que abandonan su secta. Hubo indudablemente tumultos en las sinagogas de Roma. Suetonio dice en la Vida de Claudio (cap. XXV): Judaeos, impulsare Christo assidue tumultuantes, Roma expulit (Roma arrojó con frecuencia a los sediciosos hebreos, siendo Cristo el instiga­dor). Se engañaba al decir que era a instigación de Cristo: no podía conocer los detalles de un pueblo tan despreciado en Roma como era el pueblo judío; pero no se equivocaba sobre el motivo de aquellas disputas. Suetonio escribía en tiempos de Adriano, en el siglo II; los cristianos no se distinguían entonces de los judíos a los ojos de los romanos. El pasaje de Suetonio hace ver que los romanos, lejos de oprimir a los primeros cris­tianos, reprimían entonces a los judíos que los perseguían. Que­rían que la sinagoga de Roma tuviese para con aquellos herma­nos separados la misma indulgencia que el Senado tenía para con ella, y los judíos expulsados no tardaron en volver; alcanza­ron incluso honores, a pesar de las leyes que los excluían de ellos; nos lo cuentan Dion Casio y Ulpiano. ¿Es posible que des­pués de la ruina de Jerusalén los emperadores prodigasen dig­nidades a los judíos y que, en cambio, persiguiesen, entregasen a los verdugos y arrojasen a las fieras a unos cristianos que esta­ban considerados como una secta de los judíos?
    Se dice que Nerón los persiguió. Tácito nos cuenta que fue­ron acusados del incendio de Roma y abandonados al furor del pueblo. ¿Se trataba de su creencia en tal acusación? No, sin duda. ¿Diríamos que los chinos, a los que los holandeses dego­llaron hace algunos años, en los suburbios de Batavia, fueron inmolados a la religión? Por mucho que deseemos equivocar­nos, es imposible atribuir a la intolerancia el desastre ocurrido en el reinado de Nerón a unos cuantos desgraciados semijudíos y semicristianos.
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 1 Marco-Tulio Cicerón (106-43 a.C.), político romano cuya elocuencia se ha hecho legen­daria. En materia filosófica se mostraba par­tidario del eclecticismo, es decir, tomaba lo que consideraba mejor de las distintas escue­las griegas. Como seguidor de la Nueva Aca­demia de Carnéades, mantenía que no era posible alcanzar ningún conocimiento abso­lutamente cierto y que debíamos contentar­nos con la convicción práctica basada en una mayor probabilidad. En su Diccionario filosófi­co, Voltaire alaba la figura de Cicerón ensal­zando un escrito suyo, el Tratado de los oficios, al que califica como "el libro más útil que se ha escrito desde un punto de vista moral".
 2 Tito Lucrecio Caro (98-55 a.C.), poeta y filósofo romano que ha pasado a la historia del pensamiento como el autor de Sobre la naturaleza de las cosas, poema didáctico donde se comenta la doctrina filosófica de Epicuro. El propósito que anima esta obra es liberar al hombre del complejo de culpa y del miedo a la muerte, demostrando que todo cuanto sucede obedece a leyes mecánicas no regidas por ninguna providencia.
 3 Plinio el Viejo (23-79 a.C.), cuya fascina­ción por estudiar la naturaleza le provocó la muerte, al acercarse demasiado a la erupción volcánica del Vesubio para observarla mejor. Se ha conservado su grandiosa Historia natu­ral, a cuyo comienzo se refiere aquí Voltaire.
 4 La obra que más nos interesa de Lucio Anneo Séneca (55 a.C - 37/41 d.C.) son las Epístolas morales dirigidas a su amigo Lucilio.