Robbie Robertson - Testimony (2016)

lunes, 28 de noviembre de 2016

LA ESPAÑA DE FIDEL


A los cubanos se les ha muerto Fidel, el hombre, pero los españoles no tendremos tanta suerte: aquí sigue vivo Fidel, el símbolo. Y no sólo pervive en la roja devoción de sus beatas: numerosos medios liberales han optado por ilustrar su muerte con el arrogante barbudo de fusil al hombro, como si ese tipo no hubiera muerto hace décadas, en lugar de escoger al decrépito rehén de su propio chándal, gran pérdida para Adidas. Cuando se trata de embalsamar a un mito, el primer borrador de la historia que es el periodismo a veces no resiste la tentación de comportarse como un maquillador forense

Se ha escrito que Castro fue el último revolucionario de una época, pero quizá fue el primero de otra, la nuestra, que llamamos posmoderna a falta de mayor precisión y que ha confirmado la sospecha nietzscheana: ya no hay hechos sino interpretaciones. Los hechos: Castro dio un golpe de Estado contra una dictadura de derechas para devolver la soberanía y la prosperidad al pueblo, pero se perpetuó al mando absoluto de una isla penitenciaria a la que, después de quitárselo todo, le arrebató también el orgullo de mandar en su hambre, pues malvivía de las limosnas de la URSS y luego de la petrocracia chavista. Las viudas del chivo que cacarean no sé qué sobre educación universal quizá olvidan que Franco aprobó la Ley de Bases de la Seguridad Social.

Las revoluciones posmodernas son el dominio de la ficción, y por eso Castro fue el primer dictador televisivo. Su ejecutoria -nunca mejor dicho- coincidió con el desarrollo de los medios audiovisuales de masas, que usó para construir su relato épico sin correlato fáctico. Traicionó minuciosamente todo aquello por lo que decía luchar: libertad, paz, redistribución, derechos, independencia. Que Arias Navarro, perdón, Raúl Castro, anunciara la noticia por la televisión estatal fue un acto de justicia poética. La única que se le ha aplicado.

El castrismo es una trola sádica y el filocastrismo de iPhone 7 es una religión de no practicantes. Pero a los ídolos no les afecta la biología. Es preciso ejecutarlos.
JORGE BUSTOS -  El Mundo, 28-11-2016

miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA CONTRARREVOLUCIÓN DE DONALD TRUMP

Todo está por hacer y todo es posible. Estamos ante un nuevo comienzo. Empieza una época nueva. ¿Una revolución? No exactamente.

El primer trazo que define la política exterior de Donald Trump y la nueva geometría de las relaciones internacionales que empezará a surgir de su victoria es la incertidumbre. Nos adentramos en territorio desconocido. El presidente electo de los Estados Unidos se ha manifestado como un proteccionista y un revisionista radical en políticas comercial y emigratoria y en alianzas de seguridad, y como un ignorante en materia tan peligrosa como la proliferación nuclear y el uso del arma nuclear. Eso tiene remedio: las opiniones se cambian y de lo que no se sabe se aprende. Pero mientras no suceda la incertidumbre permanece y hace su trabajo de erosión, que alimenta la espiral de la desconfianza: sobre el futuro de la Alianza Atlántica, de los tratados comerciales como el NAFTA y TTP, las organizaciones internacionales, desde la OMC hasta la propia ONU, o los acuerdos de reanudación de relaciones con Cuba y de control nuclear con Irán.

Nos quedaremos cortos si pensamos que Trump puede cambiar. En su primer discurso como presidente electo ya ha demostrado que puede hacerlo. Primero, ha contado que Clinton le ha felicitado, sin llamarla crooked (corrupta) ni pedir la cárcel para ella, ha elogiado su campaña y le ha agradecido "los servicios prestados a este país". Luego se ha cobrado los elogios quitándole el eslogan de campaña, together (juntos), para propugnar la unión después de sembrar la división. El mensaje es nítido: en la campaña se pueden decir unas cosas y luego desde la Casa Blanca convendrá hacer otras. Esto no significa que el cambio sea a mejor o que se vaya a hacer bien las cosas; significa que serán otras, distintas. De cara al mundo, al papel que tiene EEUU en el orden internacional y en la gobernanza global y al conjunto de alianzas y acuerdos internacionales, se supone que también puede cambiar. Si ya ha empezado a hacerlo en su noche electoral, podrá hacerlo luego cuantas veces le convenga. Sus posiciones son volátiles. Incertidumbre sobre incertidumbre, por tanto.

Trump no cambiará porque tenga un programa oculto más moderado. No lo tiene. Por no tener no se le conocen ni ideas ni asesores que las tengan, más allá de las cuatro ideas esquemáticas y eficaces, casi todas ellas radicales e inquietantes, con las que ha armado la retórica de su campaña: expulsar inmigrantes, construir vallas en las fronteras, poner fronteras a la industria y el comercio estadounidense, cuestionar las alianzas y compromisos internacionales, procurar más por los intereses propios y menos por los de los aliados y regresar a un pasado idealizado en el que los Estados Unidos eran grandes y ricos.

Trump cambiará. En primer lugar, porque está en su naturaleza profundamente adaptativa. Y en segundo lugar, porque a pesar de que tenga 70 años y una carrera entera de multimillonario a sus espaldas, su falta de experiencia en gestión política y pública le obligará a aprender en el Despacho Oval; pero mientras aprenda, la ecuación que suma sus ideas escasas, nulas o perversas y su oportunismo desbordante arroja un resultado de mayor incertidumbre todavía sobre su presidencia. Además de desconocido, el camino que emprende se adentra en la oscuridad más absoluta.

Hay algo en lo que no cambiará, que no puede cambiar: su carácter, su capacidad para despreciar, acosar e insultar, ampliamente demostrada durante la campaña, tanto por los medios propios, exhibiéndola en sus mítines y en sus tuits, como por medio de las denuncias de sus adversarios. Podrá reprimirlo o encauzarlo. Pero estará allí, agazapado bajo su tupe teñido de rubio y dispuesto a salir en cualquier momento, cuando sea necesario, como el escorpión con el aguijón de su cola. Un carácter así da mucho juego, como se ha visto en la campaña porque suscita las simpatías de muchos votantes. De quienes comparten parecidas características de su personalidad o de quienes consideran que todo vale para el buen fin de ganar las elecciones, como es el caso de muchos y respetables dirigentes republicanos.

Puede dar juego incluso en las relaciones internacionales, donde encontrará con frecuencia creciente personajes salidos de un molde similar. Rodrigo Duterte, por ejemplo. El bocazas y faltón presidente de Filipinas seguro que se entenderá mejor con Trump que con Obama, que se ponía a tiro de sus insultos intolerables solo con pensar en su elegancia y su correctísima y culta oratoria. En este tipo de carácter reside un fallo de difícil enmienda, que su turbulenta y a veces obscena campaña ha descubierto al mundo entero. Carece de gran número de las llamadas virtudes romanas que se exigía al máximo magistrado del imperio. Solo para mencionar tres de las más imprescindibles y que adornan ostensiblemente al actual presidente Obama: la auctoritas de Trump es escasa, pero su dignitas y gravitas son nulas.

A Trump le falla un valor profundamente apreciado en un mundo tan conservador como el que vivimos y que tiene que ver también con el carácter: la previsibilidad. En su discurso de aceptación de la victoria ha dicho que Estados Unidos procurará por sus intereses en el mundo pero será una potencia benévola, que tratará honestamente a los otros países. Nada sobre el respeto a las alianzas y los compromisos internacionales. Los países socios y amigos de Estados Unidos tienen todos los motivos para la preocupación. Cuanto más socios y amigos, como es el caso de Japón o de Alemania, más preocupación.

Incluso las potencias que mayor provecho van sacar de la inhibición de Estados Unidos en el escenario internacional, como es el caso de China o Rusia, tienen motivos de preocupación en lo que concierne a la estabilidad económica y geopolítica. Pero también es una ventana de oportunidad para quienes desean avanzar sus peones en el tablero global e influir en la creación de un orden internacional en el que cuenten con más y mejores palancas de acción, y todavía más para las fuerzas o países con vocación insurgente.

Obama ha sido el presidente que más se parece al actual mundo multicultural y multipolar. Este nuevo presidente blanco, protestante, anglosajón y xenófobo es el anti-Obama, la reacción al ascenso de los países y clases medias emergentes del antiguo Tercer Mundo. Estos días ha hecho fortuna en las redes una cita famosa de Antonio Gramsci sobre las crisis revolucionarias con la que se quiere explicar el fenómeno de Trump e incluso presentarlo como el momento en que todo va peor antes de que todo vaya mejor: "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos". La frase es de la época de ascenso de los fascismos.

Respecto a la gobernanza y al orden internacionales, estamos ante una página en blanco. Es verdad que todo está por hacer y todo es posible. Es un nuevo comienzo, una época nueva. Hay una revolución que está en marcha, pero es reaccionaria, y va en sentido contrario a las revoluciones democráticas, pues mira hacia el pasado y se propone quitar libertades y derechos. Es una contrarrevolución, en definitiva.
LLUÍS BASSETS, El País, 10/11/2016

viernes, 21 de octubre de 2016

BOB DYLAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016 (y 3)


No estoy muy seguro de cuándo se me ocurrió empezar a componer mis propias canciones. Jamás se me habría ocurrido algo comparable a las letras folk que ya cantaba para expresar mis impresiones sobre el mundo. Supongo que vas entrando poco a poco. No te levantas un buen día y decides que necesitas escribir canciones, sobre todo si ya eres un cantante con un repertorio considerable y cada día aprendes otras nuevas. Siempre se puede presentar una oportunidad de convertir algo que ya existe en algo que aún no había cobrado forma. Eso es quizá el principio. A veces, sólo quieres hacer las cosas a tu manera, averiguar por ti mismo qué hay tras el telón oscuro. No es como si vieras venir las canciones y las invitaras a pasar. No resulta tan fácil. Quieres componer canciones colosales. Quieres hablar sobre las cosas extrañas que te han pasado, que has visto. Tienes que conocer bien algo, comprenderlo, y trascender entonces el lugar común. La precisión escalofriante con que los compositores de antes trataban los temas de sus letras no era una menudencia. A veces, al escuchar una canción, tu mente pegaba un brinco. Percibías cierta analogía con tu manera de ver las cosas. Yo nunca juzgaba una canción como buena o como mala, para mí sólo había distintas clases de canciones buenas. [...] La primera canción de cierta sustancia que escribí estaba inspirada en la figura de Woody Guthrie. [...]

Me había quitado el hábito de pensar en ciclos de canciones cortos y empecé a leer poemas cada vez más largos para ver si era capaz de recordar algo de lo que había leído al principio. Me estuve ejercitando para ello, abandoné costumbres poco recomendables y senté un poco la cabeza. Leí el Don Juan de Lord Byron, intensamente concentrado de principio a fin, y el Kubla Khan de Coleridge. Empecé a atiborrarme el cerebro de toda suerte de poemas profundos. Tenía la impresión de que había estado empujando un vagón vacío durante mucho tiempo y ahora empezaba a rellenarlo, lo que me obligaría a tirar de él con mayor fuerza. Era como si estuviese saliendo de un cenagal. También estaba cambiando en otros sentidos. Ya no daba importancia a cosas que me afectaban antes. No me preocupaban demasiado la gente ni sus motivos. No sentía la necesidad de observar con atención a cada extraño que se presentara. [...]

A los pocos meses de estar en Nueva York yo ya había perdido el ansia de vivir todo lo que En el camino de Kerouac ilustra tan bien. Aquel libro, que había sido la Biblia para mí, ya no lo era. Todavía me encantaba la pulsión dinámica y extrema del fraseo poético estilo bop que fluía de la pluma de Jack, pero ahora Moriarty me parecía un personaje fuera de lugar, sin sentido, que inspiraba idiotez. Iba por la vida dando tumbos como un toro desatado. [...]

Yo nunca había estado en California. Parecía la morada de una clase de gente especial y sofisticada. Sabía que las películas venían de allí y que había un club de folk en Los Ángeles llamado Ash Crove. En el Folklore Center había visto pósters de actuaciones en el Ash Crove y soñaba con tocar allí. Me parecía tan lejano... Nunca pensé que llegaría, pero resultó que no sólo llegué, sino que una vez en California evité completamente el Ash Crove, cuando mis canciones y reputación ya me precedían. Columbia ya había editado mis discos, de modo que fui a tocar al auditorio de Santa Mónica, donde conocí a todos los intérpretes que habían hecho versiones de canciones mías, artistas como The Birds, que grabaron Mr. Tambourine Man; Sonny y Cher, que cantaban All 1 Really Want to Do; The Turtles, que versionaron It Ain't Me, Babe; Glen Campbell, que había sacado Don't Think Twice; y Johnny Rivers, que había grabado Positively 4th Street.
De todas las versiones de mis canciones, la de Johnny Rivers era mi favorita. Estaba claro que veníamos del mismo barrio, conocíamos las mismas citas, procedíamos de la misma familia musical y estábamos hechos de la misma pasta. Cuando escuché su interpretación de Positively 4th Street me gustó más que la mía. La escuché una y otra vez. La mayor parte de las versiones de mis canciones acababan por perder de vista su esencia, pero Rivers captó perfectamente el tono y el sentido de la melodía, incluso hasta el punto de superar el sentimiento con que yo la cantaba. No debería haberme sorprendido, pues Rivers había hecho lo mismo con Maybellene y Memphis de Chuck Berry. Cuando oí a Johnny interpretando mi canción, comprendí enseguida que la vida lo zarandeaba con tanta fuerza como a mí.

Pero todavía me faltaban unos años para llegar al estado más soleado del país. Miré en derredor y vi, por la ventana del fondo, que se avecinaba el crepúsculo. La barandilla de la escalera de incendios estaba recubierta de una espesa capa de hielo. Dirigí la mirada al callejón y luego la paseé de un tejado a otro. Empezaba a nevar otra vez, y la nieve cubría la tierra asfaltada. No parecía realmente que estuviera iniciando una vida nueva. Tampoco es que hubiese retomado una antigua. En todo caso, quería comprender las cosas antes de liberarme de ellas. Necesitaba aprender a abarcarlas, como las ideas. Todo era demasiado grande y complejo para verlo de golpe, como los libros en los estantes y los objetos esparcidos sobre las mesas. Si lograbas formarte una idea general de todo quizá podías condensarlo después en una estrofa o en un solo verso de una canción.
A veces, intuyes que las cosas tienen que cambiar, que van a cambiar, pero únicamente lo sientes -como en la canción de Sam Cooke, Change Is Gonna Come-, sin saberlo con seguridad. Algunos detalles prefiguran lo que está por venir, pero uno no siempre los reconoce. Entonces, pasa algo inmediato que te proyecta a otro mundo, a lo desconocido, y lo entiendes instintivamente. Entonces eres libre. No necesitas hacer preguntas y ya te sabes la música. Cuando eso sucede, uno tiene la impresión de que ocurre deprisa, como un truco de magia, pero no es así. Uno no oye un estampido sordo que anuncia que el momento ya está aquí; uno no abre los ojos de repente y lo ve todo con absoluta nitidez. Se trata de un proceso más lento. Es como si hubieras estado trabajando a la luz del día y de pronto te percatas de que oscurece antes, independientemente de donde estés. Es como un reflejo. Alguien sostiene el espejo en alto y descorre el cerrojo: la puerta se abre de par en par y algo te empuja hacia el interior aunque tu cabeza esté en otro sitio. A veces se necesita la intervención de alguien especial para que te des cuenta. [...]
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A Hard Rain's A-Gonna Fall - Bob Dylan  (The Frewheelin' Bob Dylan, 1963)

Una fuerte lluvia va a caer

¿Dónde estuviste, hijo mío de ojos azules?
¿Dónde estuviste, querido mío?
Tropecé con la falda de doce montañas brumosas,
Caminé y me arrastré por seis sinuosas autopistas,
Anduve en medio de siete bosques desolados,
Estuve frente a doce océanos muertos,
Me adentré diez mil millas en la boca de un cementerio.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿Qué viste, hijo mío de ojos azules?
¿Qué viste, querido mío?
Vi un recién nacido rodeado de lobos salvajes,
Vi una autopista de diamantes que nadie utilizaba,
Vi una rama negra que goteaba sangre,
Vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados,
Vi una escalera blanca cubierta de agua,
Vi diez mil oradores con las lenguas rotas,
Vi pistolas y espadas en manos de niños.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿Qué oíste, hijo mío de ojos azules?
¿Qué oíste, querido mío?
Oí el sonido del trueno que rugió como advertencia,
Oí el estruendo de una ola que pudo ahogar al mundo entero,
Oí a cien tamborileros cuyas manos llameaban,
Oí diez mil susurros que nadie escuchaba,
Oí a un hombre muriendo de hambre, oí a mucha gente riendo,
Oí la canción de un poeta que murió en el arroyo,
Oí el sollozo de un payaso que lloraba en el callejón.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿A quién encontraste, hijo mío de ojos azules?
¿A quién encontraste, querido mío?
Encontré un muchacho junto a un pony muerto,
Encontré un hombre blanco que paseaba un perro negro,
Encontré una mujer joven cuyo cuerpo ardía,
Encontré una muchacha que me dio un arco iris,
Encontré un hombre herido de amor,
Encontré otro hombre herido de odio.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

¿Qué harás ahora, hijo mío de ojos azules?
¿Qué harás ahora, querido mío?
Regreso antes de que la lluvia empiece a caer,
Caminaré hasta las profundidades del más hondo y sombrío bosque,
Donde la gente es mucha, toda con las manos vacías,
Donde las bolas de veneno inundan sus aguas,
Donde el hogar en el valle se confunde con la sucia y húmeda prisión,
Donde el rostro del verdugo está siempre bien oculto,
Donde el hambre es odiosa, donde las almas están olvidadas,
Donde el color es negro y el número nada,
Y lo diré y lo pensaré y lo hablaré y lo respiraré,
Y lo mostraré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo,
Y después me alzaré sobre el océano hasta que empiece a hundirme,
Pero, antes de cantarla, conoceré bien mi canción.
Y es dura, muy dura,
Y es dura la lluvia que va a caer.

(Traducción de Carlos Álvarez)
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La primera vez que me preguntaron mi nombre en Saint Paul, Mineápolis, instintiva y automáticamente solté: "Bob Dylan".
Ahora, tendría que acostumbrarme a que la gente me llamara Bob. Nunca me habían llamado así antes, y me llevó un tiempo darme por aludido cuando lo hacían. En cuanto a Bobby Zimmerman, lo explicaré una sola vez y podéis comprobarlo. Uno de los primeros presidentes de los San Bernardino Angels, un equipo de béisbol, fue Bobby Zimmerman, que se mató en la carrera de Bass Lake de 1964. Se le desprendió el silenciador de la moto, él giró en redondo para recuperarlo ante el pelotón, que lo atropelló. Murió al instante. Esa persona ya no existe. Se acabó. [...]

Cerré la puerta detrás de mí, salí al pasillo y bajé la escalera en espiral, llegué al vestíbulo con piso de mármol y atravesé el estrecho patio de entrada. Las paredes olían a cloruro. Salí a paso lento por la puerta y crucé la verja hasta la acera. Me pasé una bufanda por la cara y me encaminé hacia la calle Van Dam. En la esquina, pasé ante una carroza tirada por caballos repleta de flores envueltas en plástico, sin conductor a la vista. La ciudad estaba llena de cosas así.
Las canciones folk resonaban en mi cabeza, como siempre. Narran historias ocultas, latentes. Si alguien preguntase qué pasa, le responderían: "Al señor Garfield le han pegado un tiro, yace en el suelo. No hay nada que hacer". Eso es lo que pasa. Nadie necesita preguntar quién era el señor Garfield; todos se limitan a asentir, pues lo saben. Es de lo que habla el país. Todo en el folk es sencillo y cobra sentido de forma admirable a través de las fórmulas.
Nueva York era una ciudad fría, contenida y misteriosa, la capital del mundo. En la Séptima Avenida pasé por delante del edificio donde Walt Whitman había vivido y trabajado. Me detuve por un segundo y lo imaginé escribiendo frenéticamente y entonando la verdadera canción de su alma. También me había parado ante la casa de Poe en la calle Tres para hacer lo mismo: contemplar las ventanas con melancolía. La ciudad era como un bloque sin labrar, anónimo e informe, sin muestras de favoritismo. Todo era siempre nuevo, siempre cambiante. En la calle nunca te topabas con la misma multitud.
Crucé de Hudson a Spring, pasé ante un contenedor de basura lleno de ladrillos y entré en un café. La camarera que me atendió en el mostrador llevaba una blusa ceñida de ante que acentuaba el redondeado contorno de su cuerpo. Tenía el cabello negro azulado cubierto por un pañuelo y penetrantes ojos azules, con las cejas bien perfiladas. Deseé que me pusiera una rosa en el ojal, como decía la vieja canción. Me sirvió una taza de café humeante y me volví hacia la ventana que daba a la calle. La ciudad entera se abría ante mis narices. Tenía una idea muy clara de dónde estaba todo. No había que preocuparse por el futuro. Estaba a la vuelta de la esquina. [...]
Traducción de Miquel Izquierdo
BOB DYLAN

Una biografía

martes, 18 de octubre de 2016

BOB DYLAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016 (2)


En el pasado, nunca me habían entusiasmado los libros ni los escritores, aunque me gustaban las historias. Historias de Edgar Rice Burroughs, que escribía sobre una África mítica; Luke Short, el de los míticos relatos del Oeste; Julio Verne; H. G. Wells. Eran mis favoritos antes de que descubriese a los cantantes folk. Éstos eran capaces de expresar en unos pocos versos lo mismo que un libro entero. Cuesta determinar qué convierte a un personaje o acontecimiento en material folk. Quizá tenga que ver con el hecho de que sus protagonistas posean un carácter franco, honesto y abierto, así como cierto arrojo, en un sentido abstracto. Al Capone fue un gángster de éxito que llegó a dominar los bajos fondos de Chicago, pero nadie escribía canciones acerca de él. No resulta interesante o heroico en ningún aspecto. Es una figura anodina. Una rémora, un hombre que jamás en su vida se aventuró a solas en la naturaleza. Pasó a la historia como un matón y un chulo que me recuerda a aquella canción de bluegrass, Looking for that Bully of the Town [buscando al matón de la ciudad]. No merece siquiera la reputación de la que goza; para mí no era más que un vampiro despiadado. Al legendario atracador de bancos Pretty Boy Floyd, por el contrario, lo rodea un halo aventurero. Incluso su nombre dice algo. Hay algo vivo y auténtico en el fango que lo envuelve. Nunca llegó a ser el amo de una ciudad, no supo manipular el sistema ni someter a la gente a su voluntad, pero era de carne y hueso, representa a la humanidad en general y nos permite atisbar lo que es el verdadero poder. Al menos antes de que lo pillaran en un lugar dejado de la mano de Dios.

La casa de Ray era muy silenciosa, excepto cuando alguien ponía la radio o escuchaba discos. Salvo en esas ocasiones, imperaba una quietud sepulcral, y yo siempre acababa volviendo a los libros... Hurgaba entre ellos como un arqueólogo. Leí la biografía de Thaddeus Stevens, el republicano radical que vivió a principios del siglo XIX y fue todo un personaje. Natural de Gettysburg, andaba cojo como Byron. Creció pobre, se hizo rico y, desde entonces, abanderó la causa de los débiles y de cualquier otro grupo incapaz de luchar en igualdad de condiciones. Tenía un sentido de humor lúgubre, una lengua venenosa y un odio visceral hacia los arrogantes aristócratas de su época. Se proponía apoderarse de las tierras de la élite esclavista, y una vez dijo de un colega del Congreso que "chapoteaba en su propio cieno". Stevens era antimasónico y se refirió a sus adversarios como "aquellos cuyas bocas hieden a sangre humana". Irrumpió allí, llamó a sus enemigos un "hatajo de reptiles rastreros que rehuían la luz y acechaban desde sus madrigueras". Stevens se hacía difícil de olvidar. Me causó una gran impresión, pues me parecía un personaje inspirador, al igual que Teddy Roosevelt, quizá el presidente con más carácter que haya tenido Estados Unidos en toda su historia. También leí acerca de Teddy: ganadero y azote de criminales, le habría declarado la guerra a California si no lo hubiesen contenido, y mantuvo un severo contencioso con J. P. Morgan, casi un dios a quien pertenecía la mayor parte de Estados Unidos por aquel entonces. Roosevelt lo amedrentó, amenazándolo con meterlo en la cárcel.

Cualquiera de esos tipos, Stevens o Roosevelt, quizá también el propio Morgan, podrían haberse convertido en protagonistas de una canción folk del estilo de Walkin' Boss, The Prisioner's Song, o incluso de Ballad of Charles Guiteau. En realidad esas letras hablan de ellos, aunque quizá no de manera explícita. Hasta algunas de las primeras canciones de rock and roll hablan de ellos, con electricidad y batería incorporadas.

También había libros de arte en los estantes, de Motherwell y del primer Jasper Johns, panfletos impresionistas alemanes, Grünewald, cosas de Adolf von Menzel. Manuales de primeros auxilios que te enseñaban a arreglar una rodilla dislocada, a atender un parto, a llevar a cabo una operación de apendicitis en casa...; cosas que avivaban la imaginación de cualquiera. En aquella habitación había otros objetos llamativos: esbozos de Ferraris y Ducatis trazados con tiza, volúmenes sobre amazonas o sobre el Egipto de los faraones, libros de fotografías de acróbatas circenses, amantes, tumbas. No había grandes librerías cerca de allí, de modo que era poco probable que todos esos libros procedieran de un único sitio. Me encantaban las biografías y leí parte de la de Federico el Grande, quien, además de reinar en Prusia, era compositor, dato que me sorprendió bastante. También miré por encima De la guerra, el libro de Clausewitz. Algunos lo consideraban el principal filósofo de la guerra. A juzgar por su nombre, uno creería que presentaba el mismo aspecto que Hindenburg, pero no es así. En el retrato que aparece en el libro tiene un aire a Robert Burns, el poeta, y a Montgomery Clift, el actor. El libro fue publicado en 1832, y Clausewitz llevaba en el ejército desde los doce años. Sus tropas se componían de profesionales altamente preparados, difícilmente reemplazables, y no de jóvenes que servían sólo unos pocos años. La obra dedica muchas páginas a exponer las tácticas para situarse en una posición estratégica de modo que el otro bando concluya que está en clara desventaja y deponga las armas. En su época había poco que ganar y mucho que perder en una batalla seria. Para Clausewitz, la guerra, o al menos su concepto idealizado de la misma, no consistía en arrojar piedras. Abunda asimismo en la incidencia de factores psicológicos y accidentales como el tiempo y las corrientes de aire en el campo de batalla.

Ese tipo de cosas ejercía una fascinación morbosa sobre mí. Años atrás, antes de saber que iba a ser cantante y cuando mi mente estaba en pleno desarrollo, llegué a desear ir a la academia militar de West Point. Siempre había imaginado que moriría en alguna batalla heroica, más que en la cama. Quería ser un general con mi propio batallón pero ignoraba cuál era el mejor sistema para acceder a aquel mundo maravilloso. Cuando le pregunté a mi padre cómo podía ingresar en West Point, replicó algo alterado que mi apellido no empezaba con un "De" o un "Von" y que se necesitaban contactos y referencias para entrar allí. Me aconsejó que me centrase en procurar conseguirlos. Mi tío se mostró aún menos dispuesto a ayudarme a cumplir mi sueño. Me dijo: "No te conviene trabajar para el gobierno. Un soldado es un ama de casa, un conejillo de Indias. Para eso mejor vete a trabajar a una mina". [...]

Cuando empecé a montar mis primeros grupos, algún otro cantante al que le hacía falta uno me los solía arrebatar. Aparentemente sucedía cada vez que reunía una banda completa. Yo no entendía por qué, pues ninguno de esos tipos era mejor cantante ni músico que yo. Lo que sí tenían era la puerta abierta a actuaciones en las que había dinero de verdad. Cualquiera que formase parte de un grupo podía tocar en pabellones de parque, concursos de aficionados, parques de atracciones, subastas e inauguraciones de comercios, pero en esos bolos no pagaban nada salvo para cubrir gastos, en el mejor de los casos. En cambio, los otros vocalistas podían actuar en pequeñas convenciones, bodas y aniversarios de boda celebrados en hoteles, actos de los Caballeros de Colón y cosas así... Allí había pasta. La promesa de dinero era lo que siempre alejaba al grupo de mí. Yo le contaba mis penas a mi abuela, que vivía con nosotros y era mi única confidente, y ella me aconsejaba que no lo tomara como algo personal. Intentaba consolarme con frases como: "Hay gente a la que jamás podrás persuadir. Déjalo correr y las cosas se arreglarán". Claro, era fácil decirlo, pero no me hacía sentir mejor. La verdad es que los chicos que me robaban a los músicos tenían vínculos familiares con peces gordos de la cámara de comercio, el ayuntamiento o asociaciones de comerciantes; agrupaciones conectadas a distintos comités en todos los condados. El rollo de los contactos familiares impresionaba a la gente y a mí me dejaba como desnudo.

Esto no era más que un reflejo del problema de fondo: en el mundo algunos disfrutaban de privilegios injustos, mientras que otros se quedaban en la cuneta. ¿Cómo podía uno aspirar a algo si carecía de esos privilegios? Parecía ley de vida, pero, aunque lo fuese, yo no estaba dispuesto a dejarme llevar por el resentimiento ni, como decía la abuela, a tomármelo como algo personal. Los contactos familiares eran legítimos. No podías culpar a nadie por tenerlos.

Al final yo ya daba por sentado que perdería a mi grupo, de modo que cuando sucedía ni siquiera me sorprendía. Siempre volvía a formar otro porque estaba decidido a tocar. Eso suponía una espera tensa y constante, poco reconocimiento y nula seguridad, pero a veces lo único que se necesita es un guiño o asentimiento por parte de una persona inesperada para acabar con el tedio de una existencia confusa. [...]
Traducción de Miquel Izquierdo
BOB DYLAN

Continuará...

Fragmentos de Don't Look Back - D. A. Pennebaker, 1967

sábado, 15 de octubre de 2016

BOB DYLAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016 (1)


Se han dicho tantas cosas, se ha escrito tanto sobre Bob Dylan, que cualquier cosa que se añada sonará superflua.
Dejemos, pues, que sea el propio Dylan quien nos cuente lo que quiera.


FRAGMENTOS DE "CRÓNICAS" - BOB DYLAN, 2004

2. LA TIERRA PERDIDA

Me incorporé en la cama y miré en derredor. La cama era en realidad un sofá del salón. El radiador de hierro emitía ondas de calor. Sobre el hogar, me miraba el retrato enmarcado de un colono con peluca. Junto al sofá había un armario de madera sobre columnas acanaladas, y cerca de éste, una mesa oval con cajones redondeados, una silla en forma de carretilla y un pequeño escritorio revestido con madera de palisandro con cajones que se abrían hacia abajo. También había un asiento posterior de coche tapizado y con muelles que hacía las veces de diván, un sillón bajo de respaldo semi ovalado y brazos en voluta, una espesa alfombra francesa en el suelo, una luz plateada que se colaba por entre las persianas y tablones pintados que hacían resaltar los contornos del techo.

La estancia olía a ginebra y tónica. El apartamento estaba en el piso superior de un edificio sin ascensor de estilo neoclásico cercano a la calle Vestry, por debajo de Canal y próximo al río Hudson. En la misma manzana estaba Bull's Head, una bodega en la que en su día solía beber John Wilkes Booth, el Bruto americano. Estuve allí una vez y vi su espectro en el espejo; un espíritu ominoso. Paul Clayton, un cantante folk amigo de Van Ronk, un tipo afable, triste y melancólico que probablemente había sacado unos treinta discos pero era completamente desconocido para el público estadounidense -un intelectual, estudioso y romántico con un saber enciclopédico sobre el mundo de las baladas-, me había presentado a Ray Gooch y Chloe Kiel, los ocupantes de la casa. Me acerqué a la ventana y dirigí la vista a las calles blancas, grises, y luego hacia el río. El aire era de un frío cortante, siempre bajo cero, pero el fuego en mi mente, una veleta que giraba sin cesar, no se extinguía. Era media tarde, y Ray y Chloe habían salido.

Ray venía de Virginia y tenía unos diez años más que yo. Me recordaba a un lobo viejo, demacrado y herido en batalla. Entre sus ascendientes había obispos, generales e incluso un gobernador colonial. Era un inconformista, contrario a la integración de los negros, un nacionalista sureño. Él y Chloe vivían allí como a escondidas. Ray parecía un tipo salido de una de las canciones que yo cantaba, alguien con muchas vivencias y aventuras amorosas a sus espaldas; se había movido y conocía muy bien el país y su situación. Aunque ya existía una corriente subterránea de agitación que en pocos años convulsionaría las ciudades americanas, a Ray todo aquello le interesaba poco; decía que la auténtica acción estaba "en el Congo".

Chloe tenía el cabello rojizo con tonos dorados, ojos color de avellana, una sonrisa ilegible, rostro de muñeca, un cuerpo que lo superaba, las uñas pintadas de negro. Trabajaba como encargada del guardarropa en Egyptian Gardens, un local con bailarinas del vientre en la Octava Avenida, y también posaba como modelo para la revista Cavalier. "Siempre he trabajado", decía. Vivían como marido y mujer, o como hermanos o primos; era difícil saberlo, pues sencillamente vivían allí, juntos. Chloe tenía una visión primaria del mundo, siempre decía cosas incoherentes que cobraban sentido de manera críptica. Cierta vez me aconsejó que me aplicara sombra de ojos porque protegía contra el mal de ojo. Cuando le pregunté quién querría echarme mal de ojo, me contestó: "Perico de los Palotes". Según ella, Drácula gobernaba el mundo y era el hijo de Gutenberg, el tipo que inventó la imprenta.

Por mi condición de heredero de la cultura de los años cuarenta y cincuenta, ese tipo de charla no me importunaba. Gutenberg también era un individuo que podría haber salido de una canción folk. A efectos prácticos, la cultura de los cincuenta era como un juez en sus últimos días en activo. Estaba a punto de retirarse. Antes de que pasaran diez años, lucharía por resurgir y acabaría desplomándose. Las canciones folk estaban tan incrustadas en mi mente como una religión, así que no importaba. La canción folk trascendía la cultura inmediata.

Antes de trasladarme a mi propia casa, me alojé prácticamente por todo el Village. En algunos lugares sólo me quedaba una noche o dos; en otros, varias semanas o más. Residí durante mucho tiempo en casa de Van Ronk. Y probablemente pasé en la calle Vestry, entrando y saliendo, más tiempo que en ningún otro sitio. Me gustaba estar en casa de Ray y Chloe. Me sentía a gusto. Ray era de buena familia; incluso había estudiado en la academia militar de Camden, en Carolina del Sur, que abandonó, movido por "una aversión declarada y total". También había sido "expulsado con gratitud" del Divinity School de Wake Forest, una universidad religiosa. Podía recitar de memoria parte del Don Juan de Byron, así como algunos hermosos versos de Evangeline, el poema de Longfellow. Era empleado de una fábrica de herramientas y troqueles de Brooklyn, pero antes de eso pasó una época a la deriva, había trabajado en una planta de Studebaker en South Bend y también en un matadero de Omaha. Una vez le pregunté cómo era aquello.
"¿Has oído hablar de Auschwitz?". Claro, ¿ quién no? Era uno de los campos de exterminio nazis en Europa, y Adolf Eichmann, jefe de la sección de "asuntos judíos" de la Gestapo, había sido procesado recientemente en Jerusalén. Consiguió escapar tras la guerra, y los israelíes lo habían capturado en una parada de autobús en Argentina. Su juicio levantó un gran revuelo. En el estrado, Eichmann declaró que él se había limitado a cumplir órdenes, pero los fiscales no tuvieron problema en demostrar que llevó a cabo su misión con entusiasmo y celo monstruosos. Se le había declarado culpable, y ahora estaba pendiente de sentencia. Se hablaba mucho de salvarle la vida, incluso de mandarlo de regreso a Argentina, pero habría sido una locura. Aun si lo liberaban, no habría durado una hora. El Estado de Israel se reservaba el derecho de actuar como heredero y albacea de todos los que habían perecido en la solución final. El proceso era un recordatorio al mundo entero de lo que condujo a la fundación del Estado de Israel.

Yo nací en la primavera de 1941. La Segunda Guerra Mundial ya asolaba Europa, y Estados Unidos pronto intervendría en ella. El mundo estaba saltando en mil pedazos, y el caos recibía a los recién llegados con un puñetazo en la cara. Si estabas vivo, aunque hubieses nacido hacía poco, notabas en el ambiente que el viejo mundo estaba desapareciendo para ceder el paso al nuevo. Era como retrasar el reloj hasta el momento en que a. C. se convirtió en d. C. Todos los que nacimos por aquel entonces formábamos parte de ambos mundos. Hitler, Churchill, Mussolini, Stalin, Roosevelt, figuras imponentes que el mundo no volvería a dar, hombres que confiaban en su propia determinación, para bien o para mal, todos preparados para actuar a solas, sin buscar la aprobación de nadie, indiferentes a la riqueza y al amor, tenían en sus manos el destino de la humanidad y estaban reduciendo el mundo a cenizas. De la estirpe de Alejandro, Julio César, Gengis Kan, Carlomagno y Napoleón, se repartieron la tierra como una cena suculenta. Da igual si se peinaban con la raya en medio o iban tocados con casco vikingo; nadie se interpondría en su camino ni les plantaría cara: eran bárbaros despiadados que estaban asolando la tierra y perfilando el mapa a martillazos. [...]

En 1951 yo iba a la escuela primaria. Una de las cosas que nos enseñaban era a escondernos y buscar refugio bajo nuestros pupitres cuando sonaban las alarmas antiaéreas porque los rusos podían bombardearnos. También nos decían que podían saltar sobre la ciudad en paracaídas en cualquier momento. Eran los mismos rusos en cuyo bando habían luchado mis tíos pocos años antes. Ahora se habían convertido en monstruos que iban a degollarnos y a quemarnos vivos. Resultaba curioso. Un ambiente de temor constante acaba por arrebatarle el espíritu infantil a quien se cría en él. Una cosa es asustarse cuando a uno lo apuntan con una pistola, y otra muy distinta temer algo que no es del todo real. Sin embargo, mucha gente se tomaba en serio la amenaza, y al final uno se contagiaba. Era fácil caer víctima de su extravagante fantasía.
En la escuela tenía los mismos profesores que había tenido mi madre. Habían sido jóvenes en la época de ella y eran ya mayores en la mía. En la clase de historia de Estados Unidos nos enseñaban que los comunistas no podrían destruir América únicamente con armas o bombas, sino que tendrían que destruir también la Constitución, el documento sobre el que se había fundado este país. No es que eso cambiara gran cosa. Cuando se disparaban las sirenas, tenías que acurrucarte de todas maneras bajo el pupitre, boca abajo, sin mover un dedo y sin hacer el menor ruido. Como si eso pudiera salvarte de las bombas. La amenaza de aniquilación era algo aterrador. No sabíamos qué les habíamos hecho para que se enfadaran tanto. Nos aseguraban que los rojos, sedientos de sangre, rondaban por todas partes. ¿Dónde estaban mis tíos, los defensores del país? Pues ocupados tratando de salir adelante, trabajando, ganando todo el dinero que podían y esforzándose por estirarlo. ¿Cómo iban a saber lo que sucedía en las escuelas, el miedo que se inculcaba a los alumnos?

Ahora todo aquello se había acabado. Yo estaba en Nueva York, con o sin comunistas. Probablemente había muchos por allí. Y cantidad de fascistas también. El lugar estaba lleno de aspirantes a dictadores de izquierdas y de derechas, radicales de todo pelaje. Se decía que la Segunda Guerra Mundial había supuesto el principio del fin de la era de la Ilustración, pero a mí no me lo parecía. Yo seguía inmerso en ella. De algún modo, los recuerdos y sensaciones de todo aquello permanecían vivos en mi cabeza. Había leído a esa gente -VoItaire, Rousseau, John Locke, Montesquieu, Lutero; visionarios, revolucionarios... Era como si los conociera, como si hubieran estado viviendo en mi patio trasero. [...]

Estaba familiarizado con el paso de los trenes desde mi primera infancia, por lo que verlos y oírlos siempre me infundía una sensación de seguridad. Los grandes furgones, los vagones que transportaban mineral de hierro, los trenes de mercancías o de viajeros, los coches cama. En mi ciudad natal no podía uno ir a ninguna parte sin tener que parar en un paso a nivel y esperar a que pasaran los largos trenes. Las vías cruzaban los caminos y corrían también paralelas a ellos. El sonido de los trenes a lo lejos me hacía sentir más o menos como en casa, como si no me faltara nada, como si me hallara en un lugar tranquilo, libre de amenazas importantes, como si todo encajara. [...]

El día de San Valentín, fiesta de los enamorados, había llegado y se había ido sin que me diera cuenta. No tenía tiempo para el amor. Me alejé de la ventana, a través de la cual brillaba el sol invernal, crucé el salón, me acerqué al hornillo y me preparé una taza de chocolate caliente que me serví y encendí el transistor.
Me gustaba pasar de una emisora a otra para ver qué pescaba. Al igual que los trenes y las campanas, la radio formaba parte de la banda sonora de mi vida. Estuve moviendo el dial arriba y abajo hasta que la potente voz de Roy Orbison salió de los pequeños altavoces. Running Scared, su nueva canción, atronó el salón. Últimamente, me interesaba escuchar canciones con connotaciones folk. Ya había oído algunas en el pasado: Big Bad John, Michael Row the Boat Ashore, A Hundred Pounds of Clay. Brook Benton había convertido Boll Weevil en un éxito del momento. The Kingston Trio y Brothers Four conseguían que les dedicaran bastante tiempo en antena. Me gustaba The Kingston Trio. Pese a su estilo pulido y universitario, me agradaba la mayor parte de su material, canciones como Getaway John, Rememeber the Alamo, y Long Black Rifle. Siempre acababa por abrirse camino alguna canción de tinte folk. Endless Sleep, el tema de Jodie Reynolds que había pegado fuerte antes, era folk hasta en carácter. Orbison, no obstante trascendía todos los géneros; folk, country, rock and roll, lo que fuera. Su material mezclaba todos los estilos e incluso algunos que no se habían inventado siquiera. Podía adoptar un tono agresivo y perverso en un verso y luego cantar con voz de falsete a lo Frankie Valli en el siguiente. Con Roy no sabías si estabas escuchando ópera o a una banda de mariachis. Te mantenía alerta. Todo en él era muy visceral. Sonaba como si cantara desde la cima del monte Olimpo y realmente se lo creyera. Una de sus primeras canciones, Ooby Dooby, se había hecho bastante popular mucho antes, pero la nueva no tenía nada que ver. [...] Interpretaba ahora sus composiciones aprovechando su extensión vocal de tres o cuatro octavas que te daba ganas de arrojarte en coche por un acantilado. Cantaba como un criminal profesional. Por lo general, empezaba en un tono grave, casi inaudible, y se mantenía allí hasta que, de pronto, se entregaba al histrionismo. Tenía una voz capaz de sacudir un cadáver y dejarte musitando algo como: "Tío, no me lo puedo creer". Había canciones dentro de sus canciones. Pasaban del modo menor al mayor sin lógica alguna. [...] Aparte quizá de George Jones, tampoco me gustaba la música country. [...]

Elvis Presley. Ya nadie lo escuchaba. Habían pasado años desde su irrupción en el panorama musical con su estilo novedoso que elevaba las canciones a otra órbita. Yo seguía poniendo la radio, más por hábito inconsciente que por otra cosa. Tristemente, todo lo que oía no era más que un tazón de leche caliente con azúcar sin un ápice del espíritu de la época, a lo doctor Jekyll y mister Hyde. Las ideologías callejeras de On the Road, Howl y Gasoline que empezaban a marcar un nuevo tipo de experiencia vital no estaban allí, pero ¿cómo iban a estarlo? Los discos de 45 revoluciones por minuto no daban para tanto.

Yo ansiaba grabar un disco, pero no sencillos, el tipo de canciones que pinchaban en la radio. Los cantantes de folk, los artistas de jazz y los intérpretes de música clásica hacían LP, discos de larga duración con cantidad de canciones sobre el vinilo, y con ello forjaban identidades e inclinaban la balanza, ofrecían un cuadro más extenso. Los LP eran como la fuerza de gravedad. Tenían tapas, delante y detrás, que podías contemplar durante horas. A su lado, los discos de 45 revoluciones parecían insustanciales e incompletos. Se amontonaban en pilas y presentaban un aspecto intrascendente. En cualquier caso, en mi repertorio no había canciones aptas para la radio comercial. Las letras sobre contrabandistas depravados, madres que ahogan a sus propios hijos, Cadillacs que consumen cuatro litros cada ocho kilómetros, inundaciones, incendios en sedes de sindicatos o las tinieblas y cadáveres en el fondo del río no eran para radioyentes típicos. No había nada plácido en las canciones que yo interpretaba. No eran pegadizas ni melifluas. No transcurrían de principio a fin sin sobresaltos. Se puede decir que no eran comerciales. Además, mi estilo, demasiado errático, no era fácil de encasillar para la radio, y yo atribuía a mis canciones una importancia mayor que la de un mero pasatiempo. Las consideraba mi preceptor y guía hacia una conciencia alterada de la realidad, hacia otra república, una república liberada. Treinta años más tarde, Greil Marcus, el historiador de la música, la llamaría "la república invisible". En cualquier caso, no es que yo fuera contrario a la cultura popular ni nada parecido, y tampoco tenía afán de agitar conciencias. Lo que ocurría es que para mí la cultura mayoritaria era relamida, un engaño. Me recordaba a la capa lisa de escarcha que recubría la calle y que te obligaba a usar un calzado incómodo para caminar por ella. [...]

Apagué la radio, atravesé la sala, vacilé por un instante y puse el televisor en blanco y negro. Estaban dando la serie del Oeste Wagon Train. Las imágenes parecían centellear desde un país lejano. También lo apagué y me fui a otra habitación, una sin ventanas con la puerta pintada; una caverna oscura con una biblioteca hasta el techo. Encendí la luz. La presencia abrumadora de la literatura que se respiraba en ese cuarto te empujaba de forma implacable a abandonar tu pasión por la idiotez. Las referencias culturales con las que había crecido me habían dejado el cerebro tiznado de hollín. Brando, James Dean, Milton Berle, Marilyn Monroe, Lucy, Earl Warren y Jruschov; Castro, Little Rock y Peyton Place; Tennessee Williams y Joe DiMaggio; J. Edgar Hoover y Westinghouse; los Nelson, los hoteles Holiday Inn y los Chevrolets; Mickey Spillane y Joe McCarthy; Levittown.
En aquel cuarto todo eso quedaba reducido a una broma. Allí había de todo, volúmenes sobre tipografía, epigrafía, filosofía, ideologías políticas. Material que hacía que te saltaran los ojos de las órbitas. Libros como El libro de los mártires, de Juan Foxe, Los doce césares, los discursos de Tácito y las epístolas a Bruto. El estado ideal de la democracia, de Pericles, El general ateniense, de Tucídides, un relato que producía escalofríos. Escrito cuatrocientos años antes de Cristo, sostiene que la naturaleza humana es siempre enemiga de los valores superiores. Tucídides muestra cómo ha cambiado el significado de las palabras hasta sus días, y de qué modo las acciones y las opiniones pueden dar un giro de ciento ochenta grados en un abrir y cerrar de ojos. Me daba la impresión de que nada había cambiado de su época a la mía.
Había novelas de Gógol y Balzac, Maupassant, Hugo y Dickens. Normalmente, abría algún libro por la mitad, leía unas pocas páginas y si me gustaba empezaba por el principio. Materia Medica (causas y curas para las enfermedades) era muy bueno. Buscaba llenar con aquellas lecturas las lagunas que había en mi educación. A veces abría un libro y encontraba una nota garabateada a mano, como en El príncipe de Maquiavelo, donde alguien había escrito: "El espíritu del buscavidas". "El hombre cosmopolita", podía leerse en la cubierta del Infierno de Dante. Los libros no estaban dispuestos según un orden particular ni por temas. El contrato social de Rousseau estaba junto a la Tentación de san Antonio, y Las Metamorfosis de Ovidio, espeluznante cuento de terror, junto a la autobiografía de Davy Crockett. Hileras interminables de libros: el de Sófocles sobre la naturaleza y la función de los dioses, que explica por qué existen dos sexos únicamente. Alejandro Magno marcha sobre Persia; cuando la conquista, a fin de mantenerla bajo su dominio, anima a todos sus hombres a casarse con lugareñas. Gracias a eso, jamás tuvo problemas con la población, ni se vio obligado a aplastar revueltas u otras cosas por el estilo. Alejandro sabía cómo hacerse con el control absoluto. También estaba la biografía de Simón Bolívar. Me apetecía devorar todos esos libros, pero para ello tendría que haber estado recluido en un asilo o algo parecido. Leí parte de El ruido y la furia; no lo pillé del todo, pero Faulkner tenía fuerza. Eché un vistazo al libro de Alberto Magno, el tipo que mezclaba teorías científicas con teología. Comparado con Tucídides, era una lectura ligera. Me imaginaba a Magno como un tipo con insomnio que escribía sus cosas bien entrada la noche con la ropa adherida a un cuerpo húmedo y pegajoso. Muchos de esos libros eran demasiado voluminosos para resultar manejables, como zapatos gigantes para gente con pies enormes. Leí sobre todo los de poesía. Byron y Shelley y Longfellow y Poe. Memoricé el poema de Poe The Bells y busqué un acompañamiento para él con la guitarra. Había un libro sobre Joseph Smith, el auténtico profeta americano que se identifica a sí mismo con el Enoch bíblico y dice que Adán es el primer hombre-dios. Todo eso también palidece en comparación con Tucídides. Aquellos libros parecían sacudir el cuarto de manera nauseabunda y enérgica. Las palabras de La vita solitaria de Leopardi se me antojaban salidas del tronco de un árbol, sentimientos desolados e infrangibles.

Había un libro de Sigmund Freud, el rey del subconsciente, llamado Más allá del principio del placer. Lo estaba hojeando cuando Ray entró, lo vio y comentó: "Los mejores en ese campo trabajan para agencias de publicidad. Venden humo". Repuse el libro en el estante y ya no lo volví a agarrar. Pero leí una biografía de Robert E. Lee. Su padre, que había salido desfigurado de un altercado (le habían echado lejía en los ojos) abandonó a su familia para irse a las Antillas. Robert E. Lee había crecido sin padre, pero se acabó convirtiendo en alguien. No sólo eso, sino que fue únicamente su palabra lo que impidió que Estados Unidos entrara en una guerra de guerrillas que probablemente habría durado hasta hoy. Los libros eran algo fantástico. Sin duda. Leía muchos pasajes en voz alta, degustando el sonido de las palabras, el lenguaje. Recuerdo el poema de protesta de Milton De la última matanza del Piamonte, unos versos políticos acerca del asesinato de inocentes por obra del duque de Saboya, en Italia. Eran como letras de canciones folk, incluso más elegantes.

Todas las obras rusas que había en aquella biblioteca tenían una presencia especialmente tenebrosa. Estaban los poemas políticos de Pushkin, considerado un revolucionario. Murió en un duelo en 1837. Había un libro del conde León Tolstoi, cuya finca -la hacienda familiar, donde educaba a los campesinos- yo visitaría unos veinte años más tarde. Se encontraba a las afueras de Moscú, y fue donde se instaló en los últimos días de su vida, renegando de sus escritos y rechazando toda forma de guerra. Cierto día, con ochenta y dos años, dejó una nota a la familia pidiéndoles que lo dejaran en paz y se adentró en los bosques nevados. Unos días después hallaron su cadáver. Había muerto de neumonía. El guía turístico me dejó montar en su bicicleta. También Dostoievski había llevado una vida dura y sombría. El zar lo envió a un campo de prisioneros en Siberia en 1849. Se le acusaba de escribir propaganda socialista. Finalmente, se le concedió el perdón y escribió para mantener alejados a sus acreedores. A principios de los años setenta, yo hacía exactamente lo mismo. [...]
Traducción de Miquel Izquierdo
BOB DYLAN

Continuará...

Thunder On The Mountain, 2006

Thunder On The Mountain

Thunder on the mountain, fires on the moon
There's a ruckus in the alley and the sun will be here soon
Today's the day, gonna grab my trombone and blow
Well, there's hot stuff here and it's everywhere I go

I was thinkin' 'bout Alicia Keys, couldn't keep from crying
When she was born in Hell's Kitchen, I was living down the line
I'm wondering where in the world Alicia Keys could be
I been looking for her even clear through Tennessee

Feel like my soul is beginning to expand
Look into my heart and you will sort of understand
You brought me here, now you're trying to run me away
The writing's on the wall, come read it, come see what it say

Thunder on the mountain, rolling like a drum
Gonna sleep over there, that's where the music coming from
I don't need any guide, I already know the way
Remember this, I'm your servant both night and day

The pistols are poppin' and the power is down
I'd like to try somethin' but I'm so far from town
The sun keeps shinin' and the North Wind keeps picking up speed
Gonna forget about myself for a while, gonna go out and see what others need

I've been sitting down studying the art of love
I think it will fit me like a glove
I want some real good woman to do just what I say
Everybody got to wonder what's the matter with this cruel world today

Thunder on the mountain rolling to the ground
Gonna get up in the morning walk the hard road down
Some sweet day I'll stand beside my king
I wouldn't betray your love or any other thing

Gonna raise me an army, some tough sons of bitches
I'll recruit my army from the orphanages
I been to St. Herman's church and I've said my religious vows
I've sucked the milk out of a thousand cows

I got the pork chops, she got the pie
She ain't no angel and neither am I
Shame on your greed, shame on your wicked schemes
I'll say this, I don't give a damn about your dreams

Thunder on the mountain heavy as can be
Mean old twister bearing down on me
All the ladies of Washington scrambling to get out of town
Looks like something bad gonna happen, better roll your airplane down

Everybody's going and I want to go too
Don't wanna take a chance with somebody new
I did all I could and I did it right there and then
I've already confessed, no need to confess again

Gonna make a lot of money, gonna go up north
I'll plant and I'll harvest what the earth brings forth
The hammer's on the table, the pitchfork's on the shelf
For the love of God, you ought to take pity on yourself


Trueno en la montaña

Trueno en la montaña, y hay fuegos en la luna 
El jaleo en el callejón y el sol estarán aquí pronto 
Hoy es el día, tengo que agarrar mi trombón y tocar 
Bueno, esto es muy popular y voy a todas partes 

Estaba pensando en Alicia Keys, no pude evitar llorar 
Cuando ella nació en Hell's Kitchen, yo estaba viviendo al límite 
Me pregunto en qué parte del mundo estará Alicia Keys 
He estado buscándola hasta en Tennessee 

Me siento como si alma comenzara a expandirse 
Mira en mi corazón y en cierto modo entenderás 
Tú me trajiste aquí, ahora estás intentando echarme 
La escritura en la pared, ven a leerla, ven a ver qué dice 

Trueno en la montaña, retumbando como un tambor 
Tengo que dormir por allí, es de donde viene la música 
No necesito ningún guía, ya sé el camino 
Recuerda esto, soy tu servidor día y noche 

Las pistolas están sonando y la potencia está bajando 
Quiero probar algo pero estoy tan lejos de la ciudad 
El sol sigue brillando y el viento del norte sigue ganando velocidad 
Tengo que olvidarme de mí mismo por un tiempo 
Tengo que salir y ver lo que otros necesitan 

He estado sentado estudiando el arte de amar 
Creo que me vendrá como anillo al dedo 
Quiero una buena mujer para hacer lo que digo 
Todos tienen que preguntarse qué es lo que pasa con este mundo cruel de hoy 

Trueno en la montaña rodando hacia el suelo 
Tengo que levantarme por la mañana y andar el duro camino 
Algún dulce día estaré junto a mi rey 
No traicionaría tu amor o cualquier otra cosa 

Tengo que alzar un ejército, unos duros hijos de perra 
Reclutaré mi ejército de los orfanatos 
He estado en la iglesia de St. Herman, hice mis juramentos religiosos 
Me he tomado la leche de mil vacas 

Tengo las chuletas de cerdo, ella tiene el pastel 
Ella no es ningún ángel y yo tampoco 
Qué verguenza tu avaricia, qué verguenza tus malvados planes 
Diré esto, me importan un comino tus sueños 

Trueño en la montaña tan pesado como es posible 
El malo y viejo tornado echándose encima de mí 
Todas las damas de Washington tirándose de los pelos por salir de la ciudad 
Parece que algo malo va a suceder, será mejor que pongas en movimiento tu avión 

Todos van y yo quiero ir también 
No quiero tener otra oportunidad con alguien nuevo 
Hice todo lo que pude, lo hice justo entonces y después 
Ya me he confesado, no necesito confesar otra vez 

Tengo que hacer mucho dinero, tengo que ir hacia el norte 
Sembraré y cosecharé lo que la tierra produzca 
El martillo está en la mesa, la horquilla está en el estante 
Por el amor de Dios, deberías apiadarte de ti mismo

lunes, 5 de septiembre de 2016

EL UNIVERSO A ESCALA


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sábado, 28 de mayo de 2016

EL GRAN MISTERIO DE LAS MATEMÁTICAS. EL LENGUAJE DEL UNIVERSO