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domingo, 8 de abril de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/ y 6

'Ni más ni menos' - Grabado nº 41 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
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El mundo actual, desgarrado por un choque de civilizaciones, necesita saber a qué atenerse en este asunto. Las creencias privadas son legítimas mientras no afecten a otras personas. En este caso, deben someterse a las evidencias universales.
[...] Solemos decir que la verdad es la concordancia entre un pensamiento y la realidad, pero esta afirmación tan clara deja muchas cosas en la sombra. Prefiero definir la verdad como la manifestación evidente de un objeto. Le acompaña una certeza subjetiva. El primer principio de una teoría del conocimiento es: "Lo que veo, lo veo." Por ejemplo, que el sol se mueve en el cielo. Por desgracia, ese inexpugnable principio tiene que completarse con otro que le baja los humos: "Toda evidencia puede ser tachada por una evidencia más fuerte." Es decir, la evidencia de que el sol se mueve en el cielo es tachada por una evidencia astronómica que nos dice que es la Tierra la que se mueve alrededor del sol.
Tengo que propinarle una definición: Entiendo por verdad la manifestación evidente de un objeto. [...] Lo que llamamos verdad científica no es más que la teoría mejor corroborada en un momento dado. Ahora, en física, es la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. Mañana, ¿quién sabe? Por el rango de su corroboración tenemos que distinguir las verdades privadas, las verdades privadas colectivas y las verdades universales.
Verdades privadas son aquellas que por su objeto, por la experiencia en que se fundan, por la imposibilidad de universalizar la evidencia, quedan reducidas al mundo de una persona. Es privada también una verdad científica antes de que haya sido demostrada. Son, pues, verdades biográficas, no verdades reales, es decir, intersubjetivas. Por ejemplo, la confianza que tengo en una persona es una verdad privada que se funda en dos evidencias: estoy seguro de mi confianza, y estoy seguro de que la otra persona es de fiar. Esto último puede manifestarse falso en la continuación de la experiencia, es decir, la verdad privada también puede falsarse, empleando el término de Popper. Lo que no se puede hacer es universalizarla, porque la experiencia en que se basa es privada.
La vida va confirmando o rebatiendo una parte importante de nuestras verdades privadas, da igual que se trate de un amor o de una experiencia religiosa.
[...] Verdades privadas colectivas. Con esta expresión contradictoria designo las verdades privadas, es decir, que no pueden universalizarse, pero que son compartidas por una colectividad. Las creencia religiosas pertenecen a este tipo. Son verdades comunes, participadas, pero sólo por un grupo, cuyo consenso fortalece las fes particulares. La comunidad como corroboración social es uno de los grandes mecanismos que aseguran las certezas religiosas, porque producen un espejismo de verdad intersubjetiva.
Son también un eficaz mecanismo para hacer naufragar la inteligencia social.
Verdades universales, intersubjetivas, son aquellas evidencias suficientemente corroboradas, al alcance teórico de todas las personas (las evidencias de la física cuántica están teóricamente al alcance de todos, pero realmente sólo al alcance de los que estudien física), y sometidas a rigurosos criterios de verificación metódicamente precisados por la ciencia a lo largo de la historia, que permiten alcanzar una garantía que va más allá del mero consenso subjetivo. Una teoría no es verdadera porque la admitan los científicos, sino que los científicos la admiten porque la consideran verdadera. La ética puede alcanzar este estado de verificación, aunque por caminos distintos a los que sigue la ciencia. Comienza en una experiencia afectiva, evaluativa, y sigue caminos metodológicamente distintos.
De lo dicho se puede deducir un "principio ético acerca de la verdad":
En todo lo que afecta a las relaciones entre seres humanos, o a asuntos que impliquen a otra persona, una verdad privada -sea individual o colectiva- es de rango inferior a una verdad universal, en caso de que entren en conflicto.

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Aquí termina esta herborización de fracasos. La consecuencia es clara. Debemos anhelar el triunfo de la inteligencia, porque de ello depende nuestra felicidad privada y nuestra felicidad política. En aquellos asuntos que nos afectan a todos, la inteligencia comunitaria es el último marco de evaluación. Abre el campo de juego donde podremos desplegar nuestra inteligencia personal. Colaborará a nuestro bienestar y a la ampliación de nuestras posibilidades. La justicia -la bondad inteligente y poco sensiblera- aparece inequívocamente como la gran creación de la inteligencia. La maldad es el definitivo fracaso.

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

4 comentarios:

Gatopardo dijo...

La justicia -la bondad inteligente y poco sensiblera- aparece inequívocamente como la gran creación de la inteligencia. La maldad es el definitivo fracaso

Cierto, para ser bueno hace falta ser inteligente, y el que no lo entienda asi,...es malo

Juan Nadie dijo...

Qué peligrosos son los tontos orgullosos de su tontería.

marian dijo...

Desde luego, no hay nada peor que un tonto con iniciativa.

Y para ser inteligente hay que ser bueno también, sin olvidar ese puntito de experiencia que te da la vida para no pasar por tontos, a pesar de ser buenos y hasta a veces...inteligentes.

finchu dijo...

Yo pienso que una sociedad inteligente es una sociedad estructurada, con organizaciones cívicas fuertes, capaces de decidir su destino.
Muy lejos como véis de este sistema bicagalera.