The Kinks - The Kinks Are The Village Green Preservation Society, 2018

martes, 18 de octubre de 2016

BOB DYLAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016 (2)


En el pasado, nunca me habían entusiasmado los libros ni los escritores, aunque me gustaban las historias. Historias de Edgar Rice Burroughs, que escribía sobre una África mítica; Luke Short, el de los míticos relatos del Oeste; Julio Verne; H. G. Wells. Eran mis favoritos antes de que descubriese a los cantantes folk. Éstos eran capaces de expresar en unos pocos versos lo mismo que un libro entero. Cuesta determinar qué convierte a un personaje o acontecimiento en material folk. Quizá tenga que ver con el hecho de que sus protagonistas posean un carácter franco, honesto y abierto, así como cierto arrojo, en un sentido abstracto. Al Capone fue un gángster de éxito que llegó a dominar los bajos fondos de Chicago, pero nadie escribía canciones acerca de él. No resulta interesante o heroico en ningún aspecto. Es una figura anodina. Una rémora, un hombre que jamás en su vida se aventuró a solas en la naturaleza. Pasó a la historia como un matón y un chulo que me recuerda a aquella canción de bluegrass, Looking for that Bully of the Town [buscando al matón de la ciudad]. No merece siquiera la reputación de la que goza; para mí no era más que un vampiro despiadado. Al legendario atracador de bancos Pretty Boy Floyd, por el contrario, lo rodea un halo aventurero. Incluso su nombre dice algo. Hay algo vivo y auténtico en el fango que lo envuelve. Nunca llegó a ser el amo de una ciudad, no supo manipular el sistema ni someter a la gente a su voluntad, pero era de carne y hueso, representa a la humanidad en general y nos permite atisbar lo que es el verdadero poder. Al menos antes de que lo pillaran en un lugar dejado de la mano de Dios.

La casa de Ray era muy silenciosa, excepto cuando alguien ponía la radio o escuchaba discos. Salvo en esas ocasiones, imperaba una quietud sepulcral, y yo siempre acababa volviendo a los libros... Hurgaba entre ellos como un arqueólogo. Leí la biografía de Thaddeus Stevens, el republicano radical que vivió a principios del siglo XIX y fue todo un personaje. Natural de Gettysburg, andaba cojo como Byron. Creció pobre, se hizo rico y, desde entonces, abanderó la causa de los débiles y de cualquier otro grupo incapaz de luchar en igualdad de condiciones. Tenía un sentido de humor lúgubre, una lengua venenosa y un odio visceral hacia los arrogantes aristócratas de su época. Se proponía apoderarse de las tierras de la élite esclavista, y una vez dijo de un colega del Congreso que "chapoteaba en su propio cieno". Stevens era antimasónico y se refirió a sus adversarios como "aquellos cuyas bocas hieden a sangre humana". Irrumpió allí, llamó a sus enemigos un "hatajo de reptiles rastreros que rehuían la luz y acechaban desde sus madrigueras". Stevens se hacía difícil de olvidar. Me causó una gran impresión, pues me parecía un personaje inspirador, al igual que Teddy Roosevelt, quizá el presidente con más carácter que haya tenido Estados Unidos en toda su historia. También leí acerca de Teddy: ganadero y azote de criminales, le habría declarado la guerra a California si no lo hubiesen contenido, y mantuvo un severo contencioso con J. P. Morgan, casi un dios a quien pertenecía la mayor parte de Estados Unidos por aquel entonces. Roosevelt lo amedrentó, amenazándolo con meterlo en la cárcel.

Cualquiera de esos tipos, Stevens o Roosevelt, quizá también el propio Morgan, podrían haberse convertido en protagonistas de una canción folk del estilo de Walkin' Boss, The Prisioner's Song, o incluso de Ballad of Charles Guiteau. En realidad esas letras hablan de ellos, aunque quizá no de manera explícita. Hasta algunas de las primeras canciones de rock and roll hablan de ellos, con electricidad y batería incorporadas.

También había libros de arte en los estantes, de Motherwell y del primer Jasper Johns, panfletos impresionistas alemanes, Grünewald, cosas de Adolf von Menzel. Manuales de primeros auxilios que te enseñaban a arreglar una rodilla dislocada, a atender un parto, a llevar a cabo una operación de apendicitis en casa...; cosas que avivaban la imaginación de cualquiera. En aquella habitación había otros objetos llamativos: esbozos de Ferraris y Ducatis trazados con tiza, volúmenes sobre amazonas o sobre el Egipto de los faraones, libros de fotografías de acróbatas circenses, amantes, tumbas. No había grandes librerías cerca de allí, de modo que era poco probable que todos esos libros procedieran de un único sitio. Me encantaban las biografías y leí parte de la de Federico el Grande, quien, además de reinar en Prusia, era compositor, dato que me sorprendió bastante. También miré por encima De la guerra, el libro de Clausewitz. Algunos lo consideraban el principal filósofo de la guerra. A juzgar por su nombre, uno creería que presentaba el mismo aspecto que Hindenburg, pero no es así. En el retrato que aparece en el libro tiene un aire a Robert Burns, el poeta, y a Montgomery Clift, el actor. El libro fue publicado en 1832, y Clausewitz llevaba en el ejército desde los doce años. Sus tropas se componían de profesionales altamente preparados, difícilmente reemplazables, y no de jóvenes que servían sólo unos pocos años. La obra dedica muchas páginas a exponer las tácticas para situarse en una posición estratégica de modo que el otro bando concluya que está en clara desventaja y deponga las armas. En su época había poco que ganar y mucho que perder en una batalla seria. Para Clausewitz, la guerra, o al menos su concepto idealizado de la misma, no consistía en arrojar piedras. Abunda asimismo en la incidencia de factores psicológicos y accidentales como el tiempo y las corrientes de aire en el campo de batalla.

Ese tipo de cosas ejercía una fascinación morbosa sobre mí. Años atrás, antes de saber que iba a ser cantante y cuando mi mente estaba en pleno desarrollo, llegué a desear ir a la academia militar de West Point. Siempre había imaginado que moriría en alguna batalla heroica, más que en la cama. Quería ser un general con mi propio batallón pero ignoraba cuál era el mejor sistema para acceder a aquel mundo maravilloso. Cuando le pregunté a mi padre cómo podía ingresar en West Point, replicó algo alterado que mi apellido no empezaba con un "De" o un "Von" y que se necesitaban contactos y referencias para entrar allí. Me aconsejó que me centrase en procurar conseguirlos. Mi tío se mostró aún menos dispuesto a ayudarme a cumplir mi sueño. Me dijo: "No te conviene trabajar para el gobierno. Un soldado es un ama de casa, un conejillo de Indias. Para eso mejor vete a trabajar a una mina". [...]

Cuando empecé a montar mis primeros grupos, algún otro cantante al que le hacía falta uno me los solía arrebatar. Aparentemente sucedía cada vez que reunía una banda completa. Yo no entendía por qué, pues ninguno de esos tipos era mejor cantante ni músico que yo. Lo que sí tenían era la puerta abierta a actuaciones en las que había dinero de verdad. Cualquiera que formase parte de un grupo podía tocar en pabellones de parque, concursos de aficionados, parques de atracciones, subastas e inauguraciones de comercios, pero en esos bolos no pagaban nada salvo para cubrir gastos, en el mejor de los casos. En cambio, los otros vocalistas podían actuar en pequeñas convenciones, bodas y aniversarios de boda celebrados en hoteles, actos de los Caballeros de Colón y cosas así... Allí había pasta. La promesa de dinero era lo que siempre alejaba al grupo de mí. Yo le contaba mis penas a mi abuela, que vivía con nosotros y era mi única confidente, y ella me aconsejaba que no lo tomara como algo personal. Intentaba consolarme con frases como: "Hay gente a la que jamás podrás persuadir. Déjalo correr y las cosas se arreglarán". Claro, era fácil decirlo, pero no me hacía sentir mejor. La verdad es que los chicos que me robaban a los músicos tenían vínculos familiares con peces gordos de la cámara de comercio, el ayuntamiento o asociaciones de comerciantes; agrupaciones conectadas a distintos comités en todos los condados. El rollo de los contactos familiares impresionaba a la gente y a mí me dejaba como desnudo.

Esto no era más que un reflejo del problema de fondo: en el mundo algunos disfrutaban de privilegios injustos, mientras que otros se quedaban en la cuneta. ¿Cómo podía uno aspirar a algo si carecía de esos privilegios? Parecía ley de vida, pero, aunque lo fuese, yo no estaba dispuesto a dejarme llevar por el resentimiento ni, como decía la abuela, a tomármelo como algo personal. Los contactos familiares eran legítimos. No podías culpar a nadie por tenerlos.

Al final yo ya daba por sentado que perdería a mi grupo, de modo que cuando sucedía ni siquiera me sorprendía. Siempre volvía a formar otro porque estaba decidido a tocar. Eso suponía una espera tensa y constante, poco reconocimiento y nula seguridad, pero a veces lo único que se necesita es un guiño o asentimiento por parte de una persona inesperada para acabar con el tedio de una existencia confusa. [...]
Traducción de Miquel Izquierdo
BOB DYLAN

Continuará...

Fragmentos de Don't Look Back - D. A. Pennebaker, 1967

3 comentarios:

carlos perrotti dijo...

...Y lo formado que prueba ser Bobby. Tal vez no sea muy feliz la imagen, tal vez pudiera decirlo mejor, pero siempre lo vi como una especie de esponja que absorbió cuanto conocimiento tuvo a su alcance para después salpicar alrededor...

Juan Nadie dijo...

La imagen es perfecta, una esponja que absorbe todo lo que hay alrededor y lo devuelve reciclado.

Veremos si decide ir a recoger el Nobel. De momento la Academia Sueca ya ha desistido de ponerse en contacto con él, se ha tirado cuatro días llamándole sin respuesta, se ha hecho "el sueco", como decimos por aquí.

carlos perrotti dijo...

Tú lo has dicho, genio y figura. Y le gusta serlo.