Esta mañana fui a la farmacia a comprar unas aspirinas porque me dolía la cabeza. Al final no compré las aspirinas, pero sí unas curiosas píldoras cuya caja rezaba: "Pastillas contra el dolor ajeno". Me las llevé, claro. Y, oiga, aunque mi dolor era bastante propio, se me quitó enseguida. Además estaban buenas. Es que no eran más que caramelos de eucalipto...
