Chuck Berry - The Legend

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domingo, 27 de septiembre de 2015

NOSTALGIA

Guerra de banderas en el Ayuntamiento de Barcelona en el Día de la Mercè

Nostalgia
Rifirrafe de banderas en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona, en plenas fiestas de la Mercé. Sentí ese especial tipo de tristeza que se llama nostalgia. El año 2001, Joan Clos, alcalde de esa luminosa ciudad, me pidió que pronunciara el pregón de la Mercé. Soy castellano, di mi discurso en castellano, y me sentí cordialmente acogido en el solemne Salón de Cent, y al salir al balcón acompañado del consistorio. Me temo que hoy no hubiera sido posible ese acto que para mi fue conmovedor. Estoy seguro de que las revueltas aguas volverán a su cauce. Analizo esta posibilidad desde la educación, motor de mi esperanza. ¿Debe la escuela utilizarse para fomentar la identidad nacional? Creo que debe utilizarse sólo para fomentar la responsabilidad nacional, dentro de unos círculos concéntricos de responsabilidades: mi familia, mi ciudad, mi nación, la humanidad. Como pedía el gran Kant, necesitamos sentirnos participantes de una historia universal con base cosmopolita. Las emociones de la pertenencia a un grupo son violentas en los seres humanos. Con frecuencia belicosas. Por eso hemos intentado suavizarlas mediante pertenencias compartidas, compensatorias, no excluyentes. Nadie puede definirse con un adjetivo: español, catalán, francés, católico, protestante, musulmán. Todos somos mestizos.
JOSÉ ANTONIO MARINA

domingo, 9 de noviembre de 2014

ARBITRISTA

El diccionario lo define como: Persona que inventa planes o proyectos disparatados para aliviar la Hacienda pública o remediar males políticos. Como dice Mencker, los arbitristas creen que hay una solución fácil para todo problema humano: clara, plausible y equivocada. Aparecieron en momentos de grave crisis española. Ya Quevedo se burló de los "locos repúblicos y razonadores", y puede hacernos gracia el título de un libro de Jacinto de Alcázar publicado en 1646: Medios políticos para el remedio único y universal de España. Mientras no concreten su programa, Podemos tiene un perfil arbitrista. Pero enfrente tiene un bloque imposibilista, que considera con demasiada ligereza que los cambios son imposibles, y que hay que seguir haciendo lo que se ha hecho siempre. No han aprendido nada de la crisis y por lo tanto aguardarán a que venga otra. En los mentideros políticos sólo se descubre un postureo táctico. Puede ser que el miedo a Podemos aglutine votos en torno al PP. Puede ser que una imagen juvenil haga olvidar la vetustez del PSOE. Acaso IU pueda aprovechar una reactivación de la ilusión de una izquierda radical. Entre el arbitrismo y el imposibilismo el español anda perplejo.
JOSÉ ANTONIO MARINA
(El Mundo, 9/11/2014)

miércoles, 11 de abril de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/ EPÍLOGO: ELOGIO DE LA INTELIGENCIA TRIUNFANTE

Fragmento de 'La libertad guiando al pueblo' - Eugène Delacroix
La inteligencia fracasada pare dos terribles hijas: la desdicha evitable y la maldad, que añade sin remedio desgracia a la desgracia. Son nuestras dos grandes derrotas, cada cual con copiosas genealogías que he inventariado: fanatismo, insensibilidad, desamor, violencia, rapacidad, odio, afán de poder, miedo. La historia produce una resaca amarga y desolada. ¿Por qué no aprendemos?
[...] ¿Preferiríamos un Kafka feliz a las obras de un Kafka desdichado?
La pregunta puede parecer retórica, pero la planteo muy en serio. Una esquinada idea de la naturaleza humana sobreentiende que la felicidad es pancista y boba, que sólo el sufrimiento es creador. Esta idea ha generado un sistema conceptual entero, que, desde el romanticismo, determina nuestro estilo cultural: "Sé bello y triste" era la consigna. Cundió una fascinación por la enfermedad y la locura, que no se corresponde con la realidad. No hay nada más terrible que la enfermedad ni más monótono que la locura.
[...] La idea de que sólo pueden ser creadores los desgraciados tiene un envés evidente, aunque oculto de puro transparente, donde se lee que la felicidad es embrutecedora, vulgar, burguesa. Y lo mismo habría que decir de la bondad, que se contempla como la sumisión rutinaria, cobarde y boba a una norma. Ya lo dijo el ingenioso transgresor de turno: "El que es bueno es porque no tiene valor para ser otra cosa." Con semejante panorama, cualquier alma refinada querría ser desdichada o perversa.
[...] Triunfa, pues, la idea de que la felicidad es embrutecedora y el mal es creador. Este sistema cuenta con colaboradores insignes. Heidegger defendió que sólo la angustia permitía revelar la verdadera realidad. Sartre añadió que eran el aburrimiento y la náusea los que nos descubrían la verdadera índole del Ser. Un Ser, por supuesto, declarado en ruina, como afirmó gozosamente Vattimo.
¿Y si imagináramos a Nietzsche feliz? ¿Y si hubiera encontrado esa gran salud que buscaba desesperadamente? ¿Y si invirtiéramos el discurso y pensáramos que la actitud privilegiada para ver el mundo es la alegría, la serenidad o el coraje? Elaboraríamos una metafísica de la posibilidad creadora, esforzada pero eufórica. Reconoceríamos que los pesimistas viven bien gracias a los ridiculizados optimistas; que los que se quejan de que esto no tiene arreglo cobran sus pensiones gracias a los que pensaban que lo tenía; y que el escepticismo colabora con la reacción a las primeras de cambio.
[...] El ser humano está hecho para el egoísmo y para el altruismo, para el juego y el rigor, para el placer y la grandeza, para la soledad y la compañía. Tiene un dinamismo centrípeto y un dinamismo centrífugo. Armonizar esos elementos contradictorios exige un gran alarde de la inteligencia. Para designarlo quiero recuperar una palabra de riquísima y universal sabiduría.
Sabiduría es la inteligencia habilitada para la felicidad privada y para la felicidad política, es decir, para la justicia.
En todas las culturas -al menos en las que conozco-, antiguas y modernas, orientales y occidentales, religiosas y laicas, se ha valorado este tipo de inteligencia, que capta los valores, aprende de la experiencia y pone en práctica lo que considera mejor. Sabio no es quien sabe muchas cosas, sino quien actúa sabiamente. Es un modo elegido de ser, un trabajado proyecto de personalidad, el talento para hacer las preguntas adecuadas y buscar las buenas respuestas. Es la poética del vivir.
[...] Prefiero volver a los poetas griegos que cantaron la areté del atleta ganador o del veloz caballo o del gran escultor que llena bellamente el espacio o del gran poeta que llena bellamente el tiempo. Una capacidad se convierte en areté cuando alcanza la excelencia. Admiramos la areté musical de Mozart o de Beethoven o de Schubert. Su talento musical se fue ampliando, profundizando, perfeccionando, gracias a un trabajo minucioso y oculto. Adquirieron la virtud creadora, la potencia de inventar sonoridades nuevas con las notas de siempre.
Los humanos alcanzan su areté básica en la sabiduría, que es la inteligencia aplicada a la creación de una vida buena. Es un modo de ser expansivo, que integra la inteligencia del individuo y la inteligencia del ciudadano. Frente a la torpe, monótona, repetitiva historia de la estupidez -otra equivocación, otro desvarío, otra crueldad, otra matanza, otra batalla, otra obcecación, otra codicia-, tenemos que contar la historia triunfal de la humanidad, es decir de la inteligencia. Esto obliga a despojar de grandeza las acostumbradas narraciones históricas, cuyos argumentos están llenos de ferocidad y ensañamiento. Ya le dije que necesitamos una inversión de la historia, abolir esa glorificación del fracaso, edificar una sensibilidad que reniegue de la estupidez ensalzada y de la torpe connivencia estética con la brutalidad.
La evolución biológica dejó al ser humano en la playa de la historia. Entonces comenzó la gran evolución cultural, la ardua humanización del hombre mismo y de la realidad, cuyo destino es aún incierto. Nietzsche lo dijo con su envidiable contundencia: Somos nicht festgestelltes Tier, un animal no fijado. Una especie indecisa a la búsqueda de su definición. Aún no sabemos si triunfará la sabiduría o la estupidez.
Seré optimista una vez más. La inteligencia es un caudal poderoso y, contra viento y marea, triunfará, a menos que la especie humana se degrade, abandonándose a una felicidad de cerdo o de lobo, a una claudicación que le acompaña siempre como una posibilidad tentadora. Confío en una inteligencia resuelta, inventiva, cuidadosa, poética, ingeniosa, intensa y estimulante. Y espero que alguna vez podamos cantar su éxito con palabras altas y grandes, como las que usa Pablo Neruda:

Me has agregado la fuerza de todos los que viven.
Me has dado la libertad que no tiene el solitario.
Me enseñaste a encender la bondad, como el fuego.
Me hiciste construir sobre la realidad como sobre una roca.
Me hiciste adversario del malvado y muro del frenético.
Me has hecho ver la caridad del mundo y la posibilidad de la alegría.

QUE ASÍ SEA

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

domingo, 8 de abril de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/ y 6

'Ni más ni menos' - Grabado nº 41 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
9
El mundo actual, desgarrado por un choque de civilizaciones, necesita saber a qué atenerse en este asunto. Las creencias privadas son legítimas mientras no afecten a otras personas. En este caso, deben someterse a las evidencias universales.
[...] Solemos decir que la verdad es la concordancia entre un pensamiento y la realidad, pero esta afirmación tan clara deja muchas cosas en la sombra. Prefiero definir la verdad como la manifestación evidente de un objeto. Le acompaña una certeza subjetiva. El primer principio de una teoría del conocimiento es: "Lo que veo, lo veo." Por ejemplo, que el sol se mueve en el cielo. Por desgracia, ese inexpugnable principio tiene que completarse con otro que le baja los humos: "Toda evidencia puede ser tachada por una evidencia más fuerte." Es decir, la evidencia de que el sol se mueve en el cielo es tachada por una evidencia astronómica que nos dice que es la Tierra la que se mueve alrededor del sol.
Tengo que propinarle una definición: Entiendo por verdad la manifestación evidente de un objeto. [...] Lo que llamamos verdad científica no es más que la teoría mejor corroborada en un momento dado. Ahora, en física, es la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. Mañana, ¿quién sabe? Por el rango de su corroboración tenemos que distinguir las verdades privadas, las verdades privadas colectivas y las verdades universales.
Verdades privadas son aquellas que por su objeto, por la experiencia en que se fundan, por la imposibilidad de universalizar la evidencia, quedan reducidas al mundo de una persona. Es privada también una verdad científica antes de que haya sido demostrada. Son, pues, verdades biográficas, no verdades reales, es decir, intersubjetivas. Por ejemplo, la confianza que tengo en una persona es una verdad privada que se funda en dos evidencias: estoy seguro de mi confianza, y estoy seguro de que la otra persona es de fiar. Esto último puede manifestarse falso en la continuación de la experiencia, es decir, la verdad privada también puede falsarse, empleando el término de Popper. Lo que no se puede hacer es universalizarla, porque la experiencia en que se basa es privada.
La vida va confirmando o rebatiendo una parte importante de nuestras verdades privadas, da igual que se trate de un amor o de una experiencia religiosa.
[...] Verdades privadas colectivas. Con esta expresión contradictoria designo las verdades privadas, es decir, que no pueden universalizarse, pero que son compartidas por una colectividad. Las creencia religiosas pertenecen a este tipo. Son verdades comunes, participadas, pero sólo por un grupo, cuyo consenso fortalece las fes particulares. La comunidad como corroboración social es uno de los grandes mecanismos que aseguran las certezas religiosas, porque producen un espejismo de verdad intersubjetiva.
Son también un eficaz mecanismo para hacer naufragar la inteligencia social.
Verdades universales, intersubjetivas, son aquellas evidencias suficientemente corroboradas, al alcance teórico de todas las personas (las evidencias de la física cuántica están teóricamente al alcance de todos, pero realmente sólo al alcance de los que estudien física), y sometidas a rigurosos criterios de verificación metódicamente precisados por la ciencia a lo largo de la historia, que permiten alcanzar una garantía que va más allá del mero consenso subjetivo. Una teoría no es verdadera porque la admitan los científicos, sino que los científicos la admiten porque la consideran verdadera. La ética puede alcanzar este estado de verificación, aunque por caminos distintos a los que sigue la ciencia. Comienza en una experiencia afectiva, evaluativa, y sigue caminos metodológicamente distintos.
De lo dicho se puede deducir un "principio ético acerca de la verdad":
En todo lo que afecta a las relaciones entre seres humanos, o a asuntos que impliquen a otra persona, una verdad privada -sea individual o colectiva- es de rango inferior a una verdad universal, en caso de que entren en conflicto.

10
Aquí termina esta herborización de fracasos. La consecuencia es clara. Debemos anhelar el triunfo de la inteligencia, porque de ello depende nuestra felicidad privada y nuestra felicidad política. En aquellos asuntos que nos afectan a todos, la inteligencia comunitaria es el último marco de evaluación. Abre el campo de juego donde podremos desplegar nuestra inteligencia personal. Colaborará a nuestro bienestar y a la ampliación de nuestras posibilidades. La justicia -la bondad inteligente y poco sensiblera- aparece inequívocamente como la gran creación de la inteligencia. La maldad es el definitivo fracaso.

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

jueves, 5 de abril de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/5

'¿Si sabrá más el discípulo?' - Grabado nº 37 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
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El triunfo de la inteligencia personal es la felicidad. El triunfo de la inteligencia social es la justicia. Ambas están unidas por parentescos casi olvidados. Hans Kelsen, uno de los grandes juristas del pasado siglo, los describió con claridad: "La búsqueda de la justicia es la eterna búsqueda de la felicidad humana. Es una felicidad que el hombre no puede encontrar por sí mismo, y por ello la busca en la sociedad. La justicia es la felicidad social, garantizada por el orden social." La felicidad política es una condición imprescindible para la felicidad personal. Hemos de realizar nuestros proyectos más íntimos, como el de ser feliz, integrándolos en proyectos compartidos. Sólo los eremitas de todos los tiempos y confesiones han pretendido vivir su intimidad con total autosuficiencia. Han sido atletas de la desvinculación. De esto se desprende un corolario:
Son inteligentes las sociedades justas. Y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad -privada o pública-, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia.

8
Una condición de la justicia es elegir bien el marco al que adjudica mayor jerarquía. [...] La tensión entre individuo y sociedad es inevitable. El individuo, que acude a la ciudad para aumentar su libertad, vuelve a su casa cargado de deberes, lo que le produce cierta irritación. Creo que los grandes fracasos de la inteligencia social aparecen cuando no resuelve bien esta tensión.
El relativismo extremo arma una trampa social. Se ha extendido la idea de que es un síntoma de progresismo político, y que la equivalencia de todas las opiniones es el fundamento de la democracia, creencia absolutamente imbécil y contradictoria. Si todas las opiniones valen lo mismo, las creencias de los antidemócratas son tan válidas como las de los demócratas. De hecho, los neofascistas europeos se han apuntado al carro posmoderno. Escuche lo que dice Jean-Yves Gallou: "No existe una lógica universal que sea válida para todos los seres racionales. A todo sustrato étnico corresponde una lógica propia, una visión del mundo propia." El relativismo cultural, que tan liberador parecía, acaba en el nazismo.
Noam Chomsky, de cuya ejecutoria democrática y antiimperialista nadie dudará, ha denunciado vigorosamente el carácter reaccionario de esta aparente progresía: "Hoy día, los herederos de los intelectuales de izquierda buscan privar a los trabajadores de los instrumentos de emancipación, informándonos de que el proyecto de los enciclopedistas ha muerto, que debemos abandonar las ilusiones de la ciencia y de la racionalidad, un mensaje que llenará de gozo a los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso."
Todavía son un atentado más grave contra la inteligencia social las creencias desmoralizadoras. Las que niegan la necesidad o la posibilidad de ponernos de acuerdo sobre la idea de justicia. Estamos apresados entre los cuernos de una paradoja alumbrada por la historia de la moral occidental. Hemos puesto como valor supremo la autonomía personal, lo que debilita el poder de las normas universales, una de las cuales es el valor de la autonomía personal. El arroyo ciega la fuente de la que procede. Sófocles lo mostró ya en Antígona. La protagonista hace caso a su conciencia y se enfrenta a las leyes de la ciudad. El coro la increpa llamándola autonomós, que suena a reproche y no a elogio. [...] La objeción de conciencia es una paradoja jurídica. Una ley autoriza a que en ciertos casos se incumpla la ley.
La inteligencia social ha descubierto, pues, el valor de la libertad de conciencia, con lo que convierte a la propia conciencia en máximo tribunal del comportamiento. Esto es verdadero y disparatado, según se mire. Lo único que este derecho protege es la personal búsqueda de la verdad. La protege, ciertamente, pero también la exige.
[...] La libertad de conciencia sólo adquiere su legitimidad total cuando esa conciencia se compromete a buscar la verdad, a escuchar argumentos ajenos, atender a razones, y rendirse valientemente a la evidencia, aunque vaya en su contra. Es decir, a saltar por encima de los muros de su privacidad. Sin esta contrapartida, el derecho a la libertad de conciencia puede convertirse en protector de la obstinación y el fanatismo, grandes derrotas de la inteligencia, como ya hemos visto. [...] Necesitamos recuperar el mensaje de Antonio Machado:
En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad.

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

martes, 3 de abril de 2012

HASTA SIEMPRE, D. ANTONIO

Antonio Mingote, uno de los españoles de quien podemos sentirnos muy orgullosos, ha fallecido hoy a los 93 años. Descanse.

Autocaricatura

Homenaje a Goya - Antonio Mingote
Actualización (8-4-2012):

La línea.
Tal vez les parezca que la línea es una realidad humilde. Para mí es una parábola de la inteligencia humana, que hace con ella cosas maravillosas. En eso consiste crear, en producir algo valioso con muy pocos elementos. Es siempre un plus. Si con más hago menos, no creo: destruyo. Con la línea escribimos y dibujamos. Dos modos de recrear la realidad y comunicarla. Hoy voy a hablar del dibujo, que es una de mis grandes pasiones, porque quiero recordar a mi admirado y querido Antonio Mingote. Hace un par de años tuve la gran suerte de escribir con él una historia de la pintura, que empezaba así: "Una línea puede transformarse en cualquier cosa". Fue un trabajo estimulante y divertido, del que guardo muchas anécdotas. Mingote era muy ingenioso, y esto añade a sus viñetas una cualidad especial. Un dibujo ingenioso encierra una hiperexpresividad fascinante. Funciona como una de esas antiguas cajas de sorpresa, que tenían en su interior un muelle comprimido que al abrir la tapa lanzaba un muñeco. Por eso, el ingenio produce una distensión del ánimo, una cierta euforia. Es un delicioso proyecto de la inteligencia para vivir jugando, al margen del engreimiento, de la violencia, de la seriedad envarada. El humor es siempre tierno, como lo es el epitafio infantil que Antonio escribió para sí mismo: "No lo volveré a hacer más". ¡Qué pena! José Antonio Marina

lunes, 2 de abril de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/4

'El sueño de la razón produce monstruos' - Grabado nº 43 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
6
Fracasos operativos. La inteligencia social puede equivocarse en las metas. Por ejemplo, cuando crea mitologías a las que sacrifica los derechos individuales, la felicidad del ciudadano. La gloria nacional ha sido una de ellas. Colbert, ministro de Luis XIV, organizó eficazmente la economía francesa, pero su meta no era la prosperidad de los franceses, sino la financiación de las guerras expansivas del rey. Henri Guillermin, en su requisitoria contra Napoleón, escribe: "Necesitaba deslumbrar a la plebe republicana, a la que había reducido al silencio, con la gloire. No sólo a corto plazo, sino constantemente. Era un buen procedimiento para que pensara en otra cosa y no en su situación real." Cuando la Nación, la Raza, el Partido, la Iglesia, el Bien común, como abstracción, se yerguen como marco supremo, se agazapan tras unas mayúsculas amedrentadoras, acaban destruyendo a los ciudadanos.
Las sociedades pueden proponerse metas contradictorias. El régimen soviético intentó hacer compatible la estatalización de la economía con su eficacia. No era posible. Los mecanismos del mercado permiten un mejor aprovechamiento de la información y una asignación de recursos más productivos.
Un fracaso en los sistemas ejecutivos puede darse por exceso o por defecto. El exceso es la tiranía, que en ocasiones es aceptada gustosamente por la sociedad, lo que supone un fracaso de su inteligencia. El miedo, por ejemplo, impulsa a esa abdicación de la libertad. El defecto es la anarquía, cuando quiebran todos los sistemas de control. Suele llevar a la tiranía por compensación. Herodoto cuenta que cuando moría el emperador de Persia se suspendían durante cinco días todas las leyes. Los desmanes sufridos durante ese paréntesis anárquico hacían que el pueblo anhelase la llegada de un nuevo emperador.
[...] La convivencia humana ha planteado siempre problemas enconados que cada cultura ha intentado resolver a su manera. El valor de la vida, la propiedad de los bienes y su distribución, la sexualidad, la familia y la educación de los hijos, la organización del poder político, el trato a los débiles, ancianos o enfermos, el comportamiento con los extranjeros y la relación con los dioses han sido, son y probablemente serán los fundamentales.
[...] Una cosa es terminar un problema y otra resolverlo. Un pleito por un prado se termina cuando uno de los contendientes saca una escopeta y mata al otro. Se ha terminado, pero no se ha resuelto. Lo de "muerto el perro se acabó la rabia" no vale ni para los perros. Lo importante es que desaparezca el bacilo de la rabia. Un problema sólo se resuelve cuando se termina dejando a salvo los valores para la convivencia. De lo contrario retoñará. El escritor israelita Amos Oz transcribe una conversación con un compatriota defensor de una política de fuerza. La tesis de este halcón es que para conseguir la deseada paz hay que destrozar al enemigo, como sea, incluso con armas nucleares, y que postergarlo sólo servirá para aumentar el sufrimiento:

Estoy dispuesto a cumplir voluntariamente el trabajo sucio para el pueblo de Israel, a matar a los árabes que haga falta, a expulsarlos, perseguirlos, quemarlos, hacernos odiosos... Hoy ya podríamos tener todo esto detrás de nosotros, podríamos ser un pueblo normal con valores vegetarianos... y con un pasado levemente criminal: como todos. Como los ingleses y los franceses y los alemanes y los estadounidenses, que ya han olvidado lo que hicieron a los indios, a los australianos, que han aniquilado a casi todos los aborígenes, ¿quién no? ¿Qué tiene de malo ser un pueblo civilizado, respetable, con un pasado ligeramente criminal? Eso ocurre hasta en las mejores familias.

Tiene razón al decir que ésta ha sido la política aplicada a lo largo de la historia. En cada momento se terminó con el problema, pero no se solucionó nunca. Por eso la historia humana continúa siendo el libro de cuentas de un matadero, como siempre ha sido; este empecinamiento es un cruel fracaso de la inteligencia.

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

sábado, 24 de marzo de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/3

'El sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega' - Grabado nº 2 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
5
Fracasos afectivos. Las sociedades fomentan estilos afectivos diferentes, por ello hay culturas pacíficas y culturas belicosas, culturas egoístas y culturas solidarias. En Sexo y temperamento, Margaret Mead muestra dos modelos de afectividad social. Los arapesh son un pueblo cooperador y amistoso. Trabajan juntos, todos para todos. El beneficio propio parece detestable. [...] Se caza para mandar la comida a otro. "El hombre que come lo que él mismo caza, aunque sea un pajarillo que no dé para más de un bocado, es el más bajo de la comunidad, y está tan lejos de todo límite moral que ni se intenta razonar con él."
Para los arapesh el mundo es un jardín que hay que cultivar. [...] El deber de todos los miembros de la tribu es hacer lo necesario para que los niños y el ñame crezcan. Cultivo de los niños, cultura del ñame, o al revés. [...] Los niños pasan temporadas en casa de sus familiares, para que se acostumbren a pensar que el mundo está lleno de parientes.
A ciento sesenta kilómetros de los pacíficos arapesh viven los mundugumor, que han creado una cultura áspera, incómoda, malhumorada. Todo parece fastidiarles, lo que no es de extrañar, porque su organización fomenta un estado de cabreo perpetuo. La relación con el sexo opuesto y la organización familiar están cuidadosamente diseñadas para provocar irremediables conflictos. La estructura básica de parentesco se llama rope y es una máquina perfecta de intrigas y odios. El padre y la madre encabezan familias distintas. El rope del padre está compuesto por sus hijas, sus nietos, sus bisnietas, sus tataranietos, es decir, una generación femenina y otra masculina. El rope materno está contrapeado. Ambas familias se odian, no por casualidad, sino por los ritos de casamiento. Los mundugumor cambian una novia por una hermana, por lo que los hijos consideran a su padre un rival peligroso, que puede cambiar a sus hijas por unas esposas más jóvenes para él. En reciprocidad, los hijos son también un peligro para el padre, que ve su crecimiento como el crecimiento de unos enemigos. En cada choza mundugumor hay una esposa enfadada y unos hijos agresivos, listos para reclamar sus derechos y mantener en contra del padre sus pretensiones sobre las hijas, única moneda para comprar una novia. No es de extrañar que la noticia de un embarazo se reciba con disgusto. El padre sólo quiere hijas para ampliar su rope. La madre quiere hijos, por lo mismo. La educación de los niños es una minuciosa preparación para este mundo sin amor. No hay lugar para la tranquilidad o la alegría. Todos los mundugumor saben que por una u otra razón tendrán que pelear con su padre, con sus propios hermanos, con la familia de su mujer, con la propia mujer. Las niñas ya saben que serán el origen de las peleas. Ése será su dudoso privilegio.
Los estilos afectivos sociales condicionan la vida del individuo, ampliándola o disminuyéndola. El odio, la agresividad, la envidia, la impotencia, la soberbia, extravían a las sociedades. [...] Las sociedades pueden encanallarse cuando se encierran en un hedonismo complaciente, y carecen de tres sentimientos básicos: compasión, respeto y admiración. Compadecer es sentirse afectado por el dolor de los demás, y es la base del comportamiento moral. Considerar la compasión como un sentimiento paternalista y humillante es una gigantesca corrupción afectiva. Cada vez que se grita "No quiero compasión, sino justicia" se está olvidando que ha sido precisamente la compasión la que ha abierto el camino a la justicia. Respeto es el sentimiento adecuado ante lo valioso. Se trata de un sentimiento activo, que se prolonga en una acción de cuidado, protección y ayuda. Es, sobre todo, el sentimiento que capta y aprecia la dignidad del ser humano. Cuando desaparece se cae en la trivialización y en la tiranía del quemasdá. Por último, la admiración es la valoración de la excelencia. Un igualitarismo mal entendido nos impide apreciar a los demás. "Nadie es más que nadie" es una afirmación estúpida por degradante. No es lo mismo el hombre que ayuda a los demás que el hombre que los tortura. No es lo mismo Hitler que Mandela. La carencia de admiración es un encanallamiento. Tenía razón Rousseau cuando se quejaba en una carta a D'Alembert: "Hoy, señor, no somos ya lo suficientemente grandes para saberos admirar."

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

jueves, 22 de marzo de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/2

'Correción' - Grabado nº 46 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
4
Fracasos cognitivos. La inteligencia fracasa cognitivamente cuando mantiene creencias blindadas. Los prejuicios, la superstición, el dogmatismo y el fanatismo son fenómenos sociales antes que personales. Hay culturas que los fomentan y protegen. La intolerancia religiosa repite una y otra vez los mismos comportamientos. El débil reclama la libertad que le protege del tirano, pero si llega a ser poderoso se olvida de lo que antes pedía. Los cristianos, perseguidos cruelmente por el Sanedrín y por el Imperio, reclamaron tolerancia. A principios del siglo III, Tertuliano escribe: "Tanto por la ley humana como por la natural, cada uno es libre de adorar a quien quiera. La religión de un individuo no beneficia ni perjudica a nadie más que a él. Es contrario a la naturaleza de la religión imponerla por la fuerza." Pero en el año 313 Constantino reconoce legalmente a los cristianos, y un siglo después la Iglesia, contaminada por el poder, había admitido la persecución de los heterodoxos. Los emperadores romanos prohibieron el paganismo. Entonces cambiaron las tornas y a finales del siglo IV eran los paganos ilustres los que defendían la libertad de culto contra los que la defendían un siglo antes.. "Uno itinere non potest perveniri ad tam grande secretum". "¡No hay un solo camino!", exclamó Símaco en el senado romano en el año 384, "por el que los hombres puedan llegar al fondo de un misterio tan grande!" Pero ya habían perdido la vez.
[...] Lo mismo sucedió en el mundo musulmán. Aún se mantiene abierta la lucha entre chiíes y sunitas, y en algunos países, como Sudán, desde el gobierno musulmán se lleva a cabo una guerra de exterminio contra los cristianos. Todos estos sucesos son terribles fracasos de la inteligencia, encerrada en un fanatismo que, incapaz de aprender de la experiencia, repite una y otra vez las mismas brutalidades.
Podría escribir una historia de las culturas intoxicadas que recogiera las creencias falsas que han servido para legitimar situaciones injustas. Por ejemplo, la diferencia radical de los seres humanos, la radical separación de castas que todavía perdura en regiones de la India, la discriminación por razón de sexo o de raza. Ni siquiera Aristóteles, el gran educador ético de Europa, se libró de este tipo de creencias, pues afirmó que la esclavitud pertenecía al orden natural:

La naturaleza quiere incluso hacer diferentes los cuerpos de los esclavos y los de los libres; unos, fuertes para los trabajos necesarios; otros, erguidos e inútiles para tales menesteres, pero útiles para la vida política (Política, 1254b).

[...] La intolerancia es siempre un fracaso de la inteligencia, lo que no significa, sin embargo, que la tolerancia sea siempre un triunfo.
[...] La idea de libertad determina también la inteligencia de una sociedad. El gran Montesquieu dice en el libro XI, 2 de El espíritu de las leyes, refiriéndose a los moscovitas de la época de Pedro el Grande, que "por mucho tiempo han creído que la libertad consistía en el uso de llevar la barba larga". Tal vez no hayamos progresado mucho. ¿Qué lugar debe ocupar la libertad en la jerarquía de valores? La glorificación de la libertad es una creación de Occidente. Otras culturas consideran más importantes otros valores como la paz, la concordia, la obediencia a la ley. En Occidente ha prevalecido últimamente una creencia acerca de la libertad que augura muchos fracasos sociales, y que podría enunciarse así: Sólo es libre la acción espontánea. Es difícil negarse a esta evidencia, que, sin embargo, encierra una contradicción insostenible. Afirma una idea de libertad que anula la libertad. En efecto, si el comportamiento no es espontáneo, es coaccionado. El superego, la educación, las normas, el qué dirán o la moral del grupo dirigen y anulan la libertad. El sujeto, por lo tanto, no es libre. Pero ocurre que si actúa espontáneamente, tampoco lo es, porque la espontaneidad es mera pulsión. Lo que llamamos naturalidad no es más que el determinismo de la naturaleza. La paradoja nos ha cazado: si quiero ser libre, no puedo ser espontáneo, ni dejar de serlo. Esta falsa idea de libertad lleva a la conclusión de que sólo se es libre si se está absolutamente desvinculado de todo. Y esto es la negación de la inteligencia comunitaria. Su fracaso.

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

sábado, 17 de marzo de 2012

SOCIEDADES INTELIGENTES Y SOCIEDADES ESTÚPIDAS/1

'Asta su abuelo' - Grabado nº 39 de 'Los Caprichos' de Francisco de Goya
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[...] La sociedad española dieciochesca que gritaba "Vivan las cadenas", la sociedad francesa que aplaudió la furia bélica y codiciosa de Napoleón, la sociedad alemana qie aclamó a Hitler y se dejó contagiar de sus desvaríos, y la sociedad industrial avanzada que está construyendo una economía que esquilma irreversiblemente la naturaleza o que impone un sistema que hace incompatible la vida laboral y la vida familiar o una globalización que aumenta la brecha entre países pobres y ricos, son ejemplos de fracasos de la inteligencia compartida.
[...] Una organización inteligente es la que permite desarrollar y aprovechar los talentos individuales mediante una interacción estimulante y fructífera. Comienza a hablarse de "capital intelectual" como de uno de los grandes activos económicos, más aún, como la única riqueza verdadera.
[...] El criterio es siempre el mismo. Las agrupaciones inteligentes captan mejor la información, es decir, se ajustan mejor a la realidad, perciben antes los problemas, inventan soluciones eficaces y las ponen en práctica. Así pues, junto a la inteligencia personal (que puede usarse privada o públicamente) encontramos una inteligencia social, que también tiene sus fracasos y sus éxitos.

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[...] Hay un tejemaneje interminable entre personajes distinguidos, personas pasivas, grupos revolucionarios, grupos rutinarios, ocurrencias individuales, ocurrencias colectivas, que configuran una creación mancomunada que depende de la colectividad pero que es independiente de cada uno de los miembros de la colectividad. Reflexione usted sobre cómo se instaura una moda. Hay personajes influyentes -los creadores de tendencias, los medios de comunicación, los persuasores de todo tipo-, pero en último término la moda se basa en un determinado pero copioso número de decisiones más o menos libres.
Nadie puede, por ejemplo, introducir una palabra en el lenguaje. A lo sumo puede inventar un término y proponer su uso, pero que se generalice depende de los demás.
[...] La interacción de sujetos inteligentes produce un tipo nuevo de inteligencia -la inteligencia comunitaria o social- que produce sus propias creaciones: el lenguaje, las morales, las costumbres, las instituciones. No existe un espíritu de los pueblos o cosa semejante, sino un tupido tejer de agujas múltiples. Los intercambios recurrentes, copiosos, indefinidos producen pautas estables. Hay un minucioso trabajo de invención, reflexión, crítica, reelaboración, contrastación, puesta a prueba, proselitismo, iteración, rechazo, vuelta atrás, utopías, reivindicaciones, condenas, inquisiciones, librepensadores, científicos, estúpidos, santos, malvados, gentes del común, víctimas, verdugos, que sufriendo bandazos con frecuencia sangrientos, gracias a la inclemente pedagogía del escarmiento y a la gloriosa del placer y la alegría, produce una consistente segunda realidad.

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¿Cómo sabemos que fracasa una sociedad?
[...] Una sociedad de personas poco inteligentes, torpes, ignorantes, perezosas o sin capacidad crítica, no puede superar ningún test de inteligencia social. Pero tampoco podría hacerlo una sociedad compuesta sólo de genios egoístas o violentos.
[...] No es lo mismo una comunidad dialogante que una comunidad perpetuamente en gresca, una ciudad generosa que una ciudad mezquina. Por último, el mal gobierno puede despeñar a una sociedad por el abismo de la estupidez, lo cual es siempre trágico, porque pagan inocentes los desmanes del poderoso. Todavía parece increíble lo que hizo Hitler con Alemania, Stalin con Rusia, Pol Pot con Camboya y, podríamos añadir, Alejandro Magno con Macedonia, Calígula con Roma, Napoleón con Francia, los papas del renacimiento con la Iglesia, etcétera, etcétera, etcétera.
[...] En las culturas arcaicas, la ciudad estaba por encima del ciudadano, al que exigía una sumisión ilimitada. La idea llega hasta el Estado totalitario del siglo pasado, que aceptado como fuente dispensadora de todos los derechos del individuo, podía arrebatárselos cuando quisiera. "El Estado lo es todo; el individuo, nada" es una aclamada máxima fascista. La inteligencia social fue rebelándose contra esta tiranía, defendiendo los derechos individuales previos al Estado, desintoxicándose de la sumisión. Apareció así la idea de la dignidad inviolable del individuo. Un logro tardío.
[...] Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas.
[...] No es verdad que la mayoría tenga siempre razón ni que el pueblo no se equivoque nunca, como un discurso políticamente correcto dice con notoria frivolidad. Una sociedad resentida o envidiosa o fanática o racista puede equivocarse colectivamente, y, por el contrario, un hombre solo puede tener razón frente al mundo entero. Por eso, al hablar de éxito o fracaso de la inteligencia colectiva necesitamos apelar a algún criterio de evaluación. Le propongo el siguiente: Debemos conceder a la inteligencia social la máxima jerarquía cuando proponga formas de vida que un sujeto ilustrado y virtuoso, en pleno uso público de su inteligencia, tras aprovechar críticamente la información disponible, considera buenas. [...] No sonría al leer mi referencia a la virtud. ¿Qué otra cosa pedimos a un juez para poder confiar en él? La imparcialidad, la objetividad, el estudio minucioso de las circunstancias, la equidad, son virtudes, es decir, hábitos que perfeccionan el juicio.
[...] He dicho muchas veces que la Historia es el banco de pruebas de los sistemas normativos. Muchas creencias que fueron mayoritariamente aceptadas en su época acabaron siendo rechazadas tras una larga y con frecuencia terrible experiencia. Tenemos una sabiduría de escaldados. Podría multiplicar los ejemplos: la esclavitud, la discriminación de la mujer o de los negros, la ignorancia de los derechos de los niños, el carácter sagrado de los reyes, los estados confesionales y teocráticos, el proceso de inmunización a que se acogen los dogmatismos religiosos, la supremacía de la raza, el uso de la tortura como procedimiento judicial legítimo, y muchos otros. La vigencia de estas creencias disparatadas, erróneas o perversas es un gran fracaso de la inteligencia social.

Fragmentos de La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina.

domingo, 23 de octubre de 2011

SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Atentado de ETA en el cuartel de la Guardia Civil de Vic en 1991. Murieron 10 personas, dos de ellas niñas - Fotografía de Pere Tordera


Como no tendremos más remedio que hablar del asunto una buena temporada, de momento nos quedaremos con la lúcida reflexión de José Antonio Marina publicada hoy en El Mundo:




Síndrome de Estocolmo
Se llama así a la compleja relación emocional que una víctima puede establecer con su verdugo, sobre todo en el momento en que éste afloja un poco la presión. Lo he estudiado, sobre todo, en el caso de las mujeres maltratadas, que interpretan como ejemplo de bondad el que su pareja no las castigue cuando ellas esperaban serlo. El alivio que este hecho produce les hace olvidar que se da dentro de una situación injusta, que es una emoción perversa, porque acaba invirtiendo los papeles: a los ojos de la víctima el cruel se transforma en generoso, el acosador se vuelve benevolente. La gratitud ante una amenaza criminal no cumplida no tiene nada que ver con la gratitud ante una ayuda. Pero nuestros sistemas mentales de evaluación facilitan esa confusión, como saben los psicólogos conductistas. Podemos interpretar como premio la supresión de un castigo. Pero en el terreno ético, político y social, ese mecanismo puede llevarnos a serias equivocaciones. No sería sensato que fuéramos víctimas del síndrome de Estocolmo con respecto a ETA. No ha hecho nada bueno, generoso, justo o benéfico. Simplemente, han dejado de hacer daño, de asesinar, amenazar, angustiar. Su comunicado -que como todos los suyos conviene tomar al pie de la letra, es decir, dice lo que dice y nada más- habla de un "cese". Cesar en la violencia no es un acto bueno, sino la supresión de un acto malo. [José Antonio Marina]