Ray Davies - Americana (2017)

domingo, 19 de febrero de 2017

EL POPULISMO: MANUAL PARA USUARIOS


El populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder. Siempre ha existido, pero en los últimos tiempos ha reaparecido con fuerza, potenciada por Internet y por las frustraciones de sociedades abrumadas por el cambio, la precariedad económica y una amenazante inseguridad ante lo que deparará el futuro.

Una de las sorpresas del populismo es cuán comunes son sus ingredientes, a pesar de que los líderes que lo ejercen y los países donde lo imponen son muy diferentes. El populismo hoy reina en la Rusia de Vladímir Putin y en la América de Donald Trump, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y la Hungría de Viktor Orbán, entre muchos otros. En todos vemos cuatro tácticas principales:

Divide y vencerás. El líder y su gobierno se presentan como los defensores del noble pueblo -el populus- maltratado y atropellado. Los populistas se nutren del "nosotros contra ellos": el pueblo contra la casta, la élite, la oligarquía, el 1% o, en Europa, contra "Bruselas" y en Estados Unidos contra "Washington".

Los populistas más exitosos son virtuosos del arte de exacerbar las divisiones y el conflicto social: entre clases, razas, religiones, regiones, nacionalidades y cualquier otra brecha que pueda ser ensanchada y convertida en indignación y furia política. Los populistas no temen jugar con fuego y avivar el conflicto social; por el contrario, lo necesitan.

Deslegitimar y criminalizar a la oposición. Exagerar la mala situación del país y magnificar los problemas es indispensable. El mensaje central del populista es que todo lo que hicieron los gobiernos anteriores es malo, corrupto e inaceptable. El país necesita urgentemente cambios drásticos y el líder populista promete hacerlos. Y quienes se oponen a sus cambios no son tratados como compatriotas con ideas diferentes, sino como apátridas a quienes hay que borrar del mapa político.

La criminalización de los rivales es una táctica común de populistas y autócratas. Uno de los lemas más populares en los mítines de la campaña de Donald Trump fue "enciérrenla", refiriéndose a la amenaza de encarcelar a Hillary Clinton. En Rusia, Turquía, Egipto o Venezuela estas amenazas contra líderes de la oposición no se quedan en eslóganes.

Denunciar la conspiración internacional. El populismo requiere de enemigos externos. Este es un viejo truco que, tristemente, suele dar dividendos políticos a corto plazo aunque luego acabe en tragedias. El enemigo externo puede ser un país -para el presidente Trump son China o México, por ejemplo- o un grupo. Víktor Orbán, el primer ministro húngaro, ha dicho que "los inmigrantes son violadores, ladrones de empleos y un veneno para la nación" y construyó un muro para mantenerlos fuera. Para Vladímir Putin, Estados Unidos estuvo detrás de las "revoluciones coloradas" que sacudieron a Europa oriental y llegaron a las calles de Moscú en 2011. Putin también denuncia regularmente a la OTAN.

Con frecuencia estos enemigos extranjeros suelen ser presentados como aliados de la oposición doméstica. Por ejemplo, el presidente de Turquía ha explicado que el fallido golpe de Estado en su contra el año pasado fue una conspiración orquestada por Fetulá Gülen, un clérigo musulmán radicado en Estados Unidos que tiene una amplia base de seguidores en Turquía. Según Erdogan, el golpe también contó con el apoyo de militares estadounidenses. Cuando a los populistas las cosas en casa les comienzan a ir mal suelen provocar conflictos internacionales que sirvan de distracción. Este es el gran peligro que significa tener a Donald Trump como jefe supremo de las fuerzas armadas más poderosas que ha conocido la humanidad.

Desprestigiar a periodistas y expertos. "¡Este país está harto de expertos!". Así reaccionó Michael Gove, uno de los líderes del Brexit, ante un informe de varios economistas que documentaron los costos que tendría para Reino Unido la salida de la Unión Europea. Para Donald Trump no importa que el calentamiento global haya sido confirmado por miles de científicos. Él sostiene que es una conspiración de China. El presidente de EE UU también piensa que el autismo es causado por las vacunas y no le importa que esa sea una teoría completamente falsa.

Pero el desdén que tienen los populistas por la ciencia, los datos y los expertos no es nada comparado con el desprecio que sienten por los periodistas. Desprecio que en algunos países conduce a la cárcel, a las palizas y, en ciertos casos, al asesinato. El hecho es que tanto los científicos como los periodistas obtienen datos y documentan situaciones que suelen chocar con la narrativa que les conviene a los populistas. Y cuando eso pasa, nada es mejor que descalificar -o eliminar- al mensajero.

Ninguna de estas tácticas es nueva. Lo sorprendente es su actual renacimiento en un mundo donde se esperaba que la democracia, la educación, la tecnología, las comunicaciones y el progreso social hicieran más difícil su éxito.
MOISÉS NAÍM
El País, 05/02/2017

sábado, 4 de febrero de 2017

DEL PODER JUDICIAL EN LOS ESTADOS UNIDOS (LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA)


"El mundo está en problemas -dice el flamante presidente de los Estados Unidos-, pero lo arreglaré". No, no se moleste, no haga nada, por favor, córtese. El mundo lleva "en problemas" toda su historia, Mr. Trump, pero desde que está usted, el mundo además se ha puesto de los nervios y empieza a estar desquiciado. Claro, usted no conoce la historia (¿qué conoce usted?), y estoy seguro que ni siquiera sabe cómo funciona su país, pero si le queda alguna neurona sana en su menguado cerebro estará empezando a darse cuenta de que esto no es el salvaje Oeste. 
No sé si se ha enterado que un juez federal del Estado de Washington le ha bloqueado (temporalmente, eso sí) el decreto que impide la entrada de refugiados e inmigrantes de siete países musulmanes. Sí, sí se ha enterado, porque, con esa inteligencia que le caracteriza, ha calificado la sentencia como ridícula y dice que se impondrá a la justicia. Lo tiene claro. Si sabe usted leer otra cosa que no sean comics infantiles o playboys, le recomiendo que eche un vistazo a lo que escribía Alexis de Tocqueville hace casi doscientos años. Ha pasado mucho tiempo y el mundo ha cambiado mucho, pero creo que todavía sirve.

6. Del poder judicial en los Estados Unidos 
y de su acción sobre la sociedad política

[...] Lo que más trabajo le cuesta comprender a un extranjero en los Estados Unidos es la organización judicial. No hay, por así decirlo, acontecimiento político en la que no oiga invocar la autoridad del juez, deduciendo de ello, naturalmente, que en los Estados Unidos el juez es una de la primeras fuerzas políticas. Cuando pasa luego a examinar la constitución de los tribunales, no descubre en ellos, a primera vista, más que atribuciones y formas judiciales. A sus ojos sólo de forma casual el magistrado parece intervenir en los asuntos públicos; pero esta misma casualidad se repite a diario. [...]

La primera característica del poder judicial en todos los pueblos es su función de árbitro. Para que tenga lugar una acción por parte de los tribunales, es preciso que se produzca una protesta. [...] En tanto que una ley no origine oposición, el poder judicial no se ocupa de ella. Existe, pero no la contempla. [...]

La segunda característica del poder judicial es la de pronunciarse sobre casos particulares, y no sobre principios generales. [...]

La tercera característica del poder judicial es la de no poder actuar más que cuando es requerido o, según la expresión legal, cuando se apela a él. [...] Por naturaleza, el poder judicial carece de movimiento propio; hay que impulsarlo para que se mueva. [...] El poder judicial violaría en cierto modo su naturaleza pasiva si tomara por sí mismo la iniciativa y se convirtiera en censor de las leyes.

Los norteamericanos han conservado estos tres rasgos distintivos del poder judicial. El juez norteamericano sólo puede pronunciar sentencia cuando hay litigio; no interviene sino en casos particulares, y para actuar debe siempre esperar a que se le someta una causa.
El juez americano se parece en todo, pues, a los magistrados de otras naciones. Pero está revestido de un inmenso poder político.
¿Cuál es la razón? El juez se mueve en el mismo círculo y se vale de los mismos medios que los otros jueces. ¿Por qué, pues, posee un poder de que éstos carecen?
Este solo hecho es la caussa: los americanos han reconocido a los jueces el derecho de fundamentar sus decisiones en la Constitución más que en las leyes. En otros términos, se les permite la no aplicación de las leyes que les parezcan inconstitucionales. [...]

Una Constitución americana no se considera inmutable, como en Francia [...] Conforma una obra aparte que, representando la voluntad de todo el pueblo, obliga lo mismo a los legisladores que a los simples ciudadanos, pero que puede ser alterada por voluntad del pueblo, según las formas ya establecidas y en los casos previstos.
Así pues, en América la Constitución puede variar, pero es el origen de todos los poderes tal como existe. La fuerza predominante sólo en ella radica. [...]

En los Estados Unidos la Constitución está por encima tanto de los legisladores como de los simples ciudadanos. Es, pues, la primera de las leyes, por lo que ninguna ley puede modificarla. [...]

Cuando ante los tribunales de los Estados Unidos se invoca una ley que el juez estima contraria a la Constitución, puede, por tanto, negarse a aplicarla. Éste es el único poder privativo del magistrado norteamericano, pero de él dimana una gran influencia política.
En efecto, existen pocas leyes de naturaleza tal que escapen largo tiempo al análisis judicial, ya que son escasísimas las que no lesionan algún interés particular que los litigantes no puedan o no deban invocar ante los tribunales.
Ahora bien, en el momento en que el juez rehúse aplicar una ley en un proceso, esta ley pierde automáticamente parte de su fuerza moral. Aquellos a quienes ha lesionado quedan advertidos de que existe un medio de sustraerse a la obligación de acatarla: los procesos se multiplican y la ley cae en desuso.. Sucede entonces una de estas dos cosas: o el pueblo cambia su Constitución, o la legislatura anula su ley.
Los americanos han conferido, pues, a sus tribunales un inmenso poder político, pero al obligarles a no atacar a las leyes sino por medios judiciales han reducido grandemente los peligros de ese poder. [...]

Además, se comprende sin dificultad que al hacer que sea el interés particular el que provoque la censura de las leyes uniendo íntimamente el proceso hecho a la ley con el proceso hecho a un hombre, se garantiza que la legislación no será atacada a la ligera. Con este sistema no queda expuesta a las continuas agresiones de los partidos. Al señalar las faltas del legislador, se responde a una necesidad real; se parte de un hecho positivo y tangible, ya que sirve de base a un proceso.
Pienso si esta manera de obrar de los tribunales norteamericanos, a la vez que la más favorable para el orden público, no será también la más favorable para la libertad. [...]

Pero el juez americano ha sido arrastrado a la fuerza al terreno político. No juzga la ley más que por estar obligado a juzgar un proceso, y no puede abstenerse de enjuiciar en el proceso. La cuestión política que debe resolver está ligada al interés de los litigantes, y no podría negarse a zanjarla sin cometer una injusticia. [...]

Encerrado en sus límites, el poder concedido a los tribunales americanos para pronunciarse sobre la inconstitucionalidad de las leyes constituye todavía una de las más poderosas barreras jamás levantadas contra la tiranía de las asambleas políticas.
Traducción de Dolores Sánchez de Aleu
ALEXIS DE TOCQUEVILLE
('La democracia en América', 1835-1840)