Eric Clapton - I Still Do (2016)

domingo, 23 de octubre de 2011

SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Atentado de ETA en el cuartel de la Guardia Civil de Vic en 1991. Murieron 10 personas, dos de ellas niñas - Fotografía de Pere Tordera


Como no tendremos más remedio que hablar del asunto una buena temporada, de momento nos quedaremos con la lúcida reflexión de José Antonio Marina publicada hoy en El Mundo:




Síndrome de Estocolmo
Se llama así a la compleja relación emocional que una víctima puede establecer con su verdugo, sobre todo en el momento en que éste afloja un poco la presión. Lo he estudiado, sobre todo, en el caso de las mujeres maltratadas, que interpretan como ejemplo de bondad el que su pareja no las castigue cuando ellas esperaban serlo. El alivio que este hecho produce les hace olvidar que se da dentro de una situación injusta, que es una emoción perversa, porque acaba invirtiendo los papeles: a los ojos de la víctima el cruel se transforma en generoso, el acosador se vuelve benevolente. La gratitud ante una amenaza criminal no cumplida no tiene nada que ver con la gratitud ante una ayuda. Pero nuestros sistemas mentales de evaluación facilitan esa confusión, como saben los psicólogos conductistas. Podemos interpretar como premio la supresión de un castigo. Pero en el terreno ético, político y social, ese mecanismo puede llevarnos a serias equivocaciones. No sería sensato que fuéramos víctimas del síndrome de Estocolmo con respecto a ETA. No ha hecho nada bueno, generoso, justo o benéfico. Simplemente, han dejado de hacer daño, de asesinar, amenazar, angustiar. Su comunicado -que como todos los suyos conviene tomar al pie de la letra, es decir, dice lo que dice y nada más- habla de un "cese". Cesar en la violencia no es un acto bueno, sino la supresión de un acto malo. [José Antonio Marina]

jueves, 6 de octubre de 2011

STEVE JOBS, EL PENÚLTIMO VISIONARIO (1955-2011)

Steve Jobs, cofundador de Apple
Arquitectos, poetas, músicos, escritores... buscaron siempre la inmortalidad a través de sus obras.
Steve Jobs y algunos más nos concedieron esa modesta inmortalidad que consiste en que cuando muramos nuestro rastro quedará en la Red en forma de fotografías, textos o comentarios, al menos por un tiempo. O tal vez para siempre. Inquietante.

Steve Jobs en la Universidad de Stanford